¿De quién es el Amazonas? La pelea que golpea a la Argentina

Inés Capdevila

Si el Amazonas produce el 20% del oxígeno que consume la humanidad y contiene el 10% de la biodiversidad del planeta, entonces, ¿es patrimonio del mundo o de Brasil? Para la geografía, es una parte constitutiva de Brasil. Para Emmanuel Macron, es un área esencial para el bienestar y la supervivencia global.

"Se incendia nuestra casa", dijo anteayer el presidente de Francia y provocó la furia soberanista de Jair Bolsonaro, bastante más de lo que lo hicieron los propios incendios en el corazón de su país.

Algo de razón comparten el desafío francés y el fastidio brasileño: la Amazonia está en su gran mayoría dentro de las fronteras brasileñas: son 5,5 de los más de 7 millones de kilómetros cuadrados de extensión. Pero el avance del calentamiento global está, en parte, sujeta a la salud de esa selva.

Su vegetación libera oxígeno y absorbe dióxido de carbono, uno de los grandes contaminantes de la atmósfera. La de todos, no solo la de los brasileños. Entonces, de nuevo: ¿de quién es la naturaleza?

Con los incendios, el proceso es inverso; el fuego arrasa con el verde y, por lo tanto, con la fuente de oxígeno y genera humo lleno de dióxido. Esas partículas tan dañinas tocarán ya hoy nuestro país. Pero la pelea y el dilema sobre el patrimonio amazónico llegaron unas horas antes a la Argentina para golpearla en su economía y su política.

Esta semana Macron fue el primer líder global en hacerse eco de la increíble movilización pública por la Amazonia en todo el mundo. Al hacerlo, no encontró mejor manera de acorralar a Bolsonaro que con una amenaza que convierte a la Argentina y a su presidente, Mauricio Macri, en protagonistas involuntarios de una pelea con impacto directo en su economía y su política.

El anuncio de que Francia bloqueará el acuerdo UE-Mercosur hasta que Bolsonaro rectifique su estrategia ambiental es una señal de que el cambio climático es un asunto tan importante para la geopolítica como la guerra comercial y, además, un conflicto que ignora las fronteras y obliga a los gobiernos, entre ellos, el argentino, a replantear sus políticas.

Ese conflicto tiene cuatro protagonistas, el primero es el principal y más determinante para el futuro:

El Amazonia

La mayor selva tropical del mundo es tan rica en biodiversidad y oxígeno para la humanidad como apetecible para el negocio agrícola, ganadero y maderero.

Ya en los 90 la tala se transformó en una práctica indiscriminada para despejar el camino de los agronegocios. En 2004, una política conservacionista más estricta abrió un período de reducción del desmonte. Pero con la desaceleración económica y posterior recesión, la tala volvió a intensificarse para dar más volumen a la ganadería y la agricultura, sectores que buscaron sostener el repunte.

Con la llegada de Bolsonaro, decidido a usar el Amazonia como puntal del desarrollo económico pese al daño ambiental, los controles se relajaron y deforestación se descontroló. En lo que va de 2019, el desmonte creció un 38% respecto de 2018 y hubo un 80% más de focos de incendios, lo que derivó en el mayor nivel de emisión de dióxido desde 2010.

La contaminación al rojo vivo, pese a que, durante la negociación del acuerdo Mercosur-UE, la poderosa ministra de Agricultura de Brasil, Tereza Cristina, prometió a los funcionarios de Bruselas, sin que se le moviera un pelo, que su país se comprometía a respetar las máximas normas de protección ambiental. Como si eso no fuera poco, el propio presidente Bolsonaro, alentado por Macri, le dijo a Macron en la cumbre del G20, en Osaka, hace casi dos meses, que cumpliría con esas normas.

Jair Bolsonaro

Tereza Cristina es una de las ministras clave del gobierno de Bolsonaro, no sólo por la cartera que maneja sino por el sector del que proviene: la determinante bancada ruralista del Congreso.

"Biblia, bala y buey" es uno de los lemas preferidos del presidente brasileño. Y no es para menos, esa es la coalición electoral que le permitió convertirse en jefe de Estado: los evangelistas, los ultraconservadores de mano dura y los miembros del agronegocio. Ellos y sus seguidores le dieron sus votos en 2018 y hoy también le dan su respaldo en la cruzada oficialista por la reforma previsional en el Parlamento. El trueque con los ruralistas fue votos a cambio de normas ambientales hiperflexibles o casi inexistentes.

Además de la necesidad electoral, hay detrás de la negligencia y desinterés de Bolsonaro, una cuestión de convicciones (negativas). Como su admirado Donald Trump, el mandatario simplemente no cree que exista el cambio climático y, en caso de que sí algo hubiese, nada tiene que ver con el impacto de la actividad humana después de la revolución industrial.

Ese rechazo de la evidencia científica encuentra alimento en una teoría conspirativa que atrae a los seguidores de Bolsonaro, comenzó en la dictadura brasileña y dice: otros países quieren quedarse con la Amazonia y sus recursos, por eso queman la selva.

Cálculo político, convicción, teorías, todo suma en Bolsonaro para olvidarse de la naturaleza y para alarmar al tercer protagonista de esta pelea, Macron. También, su vehemencia ideológica.

Emmanuel Macron

Ni en París ni en Bruselas cayeron bien las insistentes amenazas de Bolsonaro de dejar el Mercosur si Alberto Fernández y Cristina Kirchner llegan al poder en la Argentina. Firmar un acuerdo comercial con un bloque capaz de desintegrarse solo por un resultado electoral no está en el ADN de Bruselas.

Al presidente francés también le vino bien la tragedia del Amazonia para diferenciarse de dirigentes negacionistas como Trump y Bolsonaro y acercarse un poco más al lugar de abanderado global de las causas justas y de la preservación del mundo. Pero fundamentalmente le convino para echar sombra sobre el Mercosur y sobre un acuerdo del cual nunca estuvo muy convencido, esencialmente porque afecta al también influyente bloque rural francés.

No pocos se preguntan, incluso en el gobierno argentino, si acaso las llamas del Amazonia no serán una excusa del Eliseo para alejarse del acuerdo. Después de todo, Macron se reunió esta semana con Vladimir Putin y no le reclamó por los incendios en Siberia ni por lo poco que hace para combatirlos. "Nuestra casa se incendia", dijo Macron sobre el Amazonia. Tal vez esa parte del mundo no sea su casa.

La Argentina y Mauricio Macri

En la cancillería argentina creen que lo de Macron es una jugada, nada más, y que no representa una gran amenaza sobre el acuerdo. Sucede que pensar que el TLC realmente está en peligro sería un retroceso para Macri y hasta un peligro para las ya bajas posibilidades electorales que tiene el oficialismo en octubre.

El acuerdo fue vendido por el Gobierno como su mayor logro de política exterior y como la salvación de la economía argentino. Ver que ese sueño se desvanece porque Bolsonaro, un aliado capaz de involucrarse sin tapujos en la campaña argentina para defender a Macri, no es auspiciante para el Presidente. Puede incluso ser tan dañino como las partículas de dióxido que llegarán al país con los primeros humos del Amazonia.