Más allá de las apps

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Cuando comencé a usar Bumble no tuve mucha suerte, la primera vez que tuve un match salí con un tipo que parecía bien ‘de lejos’, a la distancia que nos proporciona una pantalla y algunos caracteres que nos cuentan sólo aquello que cree que nos interesa saber, aunque casi siempre sea sólo el gancho palabras vacías o mentiras a medias, de cualquier forma, quedamos de vernos para ir al cine, una easy date pensé, ya llevábamos una semana charlando así que parecía buena idea vernos en persona. No lo fue. Resultó su homofobia ser tanta que en la primera escena de besuqueo mientras veíamos la película de Freddie Mercury me miró indignado y salió de la sala para no volver. Y qué bueno que se fue, salí ganando el doble; tenía el pretexto perfecto para no volver a verlo y al mismo tiempo no tendría que compartir mis palomitas.

En otra ocasión salí con un hombre que no era para nada mi tipo – consejo que me dieron mis amigas- pero parecía interesante y simpático. Salimos a un restaurante local y todo bien hasta que a la mitad de la cena se me acercó más de lo que me hubiera gustado y muy orgulloso me presumió la marca y el color de su ropa interior “son unos Calvin Klein negros” me dijo sonriendo, me aguanté un poco la risa y unos minutos después realicé un escape al estilo Houdini y no lo volví a ver. Así pues, descarté después de éstos y un par de intentos más seguir usando las apps de citas. Creo que no tengo el talento para seleccionar, elegir o descartar así nomás a ojo de buen cubero, quizá es que no soy lo suficientemente millennial o que me acostumbré a la interacción a la vieja usanza, esa del saludo, en la que los primeros encuentros cuentan no sólo por la impresión que tendrá el otro de ti sino porque es en los bordes del inicio en el que se empiezan a entretejer muchas de las historias que pueden llegar a compartirse, o porque soy fanática del romance y las chick-flicks desde que tengo noción.

Mucho antes de la pandemia, las dinámicas de las relaciones habían estado cambiando de manera estrepitosa, la vida virtual y la cotidiana se empezaron a fusionar a partir de aplicaciones de citas, sitios para chatear con personas con intereses similares, las redes sociales que nos conectan tanto con personas que conocemos como con quienes jamás hubiéramos podido cruzar el camino de no ser por algoritmos y coincidencias de la red. Si algo logró este encierro fue potencializar los efectos del aislamiento del contacto IRL mientras que valoramos a distancia aquello que solíamos dar por sentado sin darnos cuenta, cuando antes la pasábamos conectándonos al teléfono en medio de una reunión en lugar de aprovechar la poca distancia con los que estaban justo ahí con nosotros.

Por fortuna, este tiempo en el encierro también me ha ayudado a recuperar amistades que creía muertas, desenterrar gustos que creía perdidos y revivirlos. Entre uno de los baúles virtuales fue que encontré sin estar buscando a un antiguo compañero de la universidad, le escribí por twitter y después lo comencé a seguir. Tardó un par de días, pero me contestó, seguíamos interesados en las mismas teorías filosóficas pero nuestros rubros eran completamente diferentes, así pues, reconectamos sin mucho esfuerzo y lo que comenzó como un reencuentro se convirtió en el inicio de una vida juntos. No tuve que besar tantos sapos como pensaba, aunque no me libre de esa parte de la historia, y Luis no es precisamente un príncipe, pero si un profesor comprometido con su trabajo y ahora conmigo.

Estamos pensando hacer nuestra boda a finales de año, solo nosotros, nuestros testigos y el juez que nos casa, el resto tendrá que conformarse con algunas fotos o brindar a nuestra salud desde casa. Si algo he aprendido es que, a pesar de que reconecté con él gracias a las redes ahora que lo tengo a un lado, que puedo oler su cuello y hundir mi cabeza entre nuestras almohadas antes de dormir es que no volveré a desaprovechar cualquier oportunidad de estar cerca y en serio mientras se pueda yo te recomiendo que hagas eso mismo.

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