Alfonso Pérez Romo

Para la familia Pérez Talamantes

 

 

La vida abre y cierra capítulos. Se hace historia en honor al pasado. Se precipitan vivencias que distinguen el presente. Se acarician sueños, imaginación, utopía, que cimentan futuro. La vida de Alfonso Pérez Romo fue intensa en aportaciones en los tres capítulos.

Referiré 2 evocaciones y 5 virtudes, entre muchas:

“… nos vamos acomodando en los viejos sillones de su biblioteca, esa que guarda los secretos de la humanidad…, historias temporalmente encerradas. Huele a existencia. La felicidad podría pasar de largo cualquier día. Ya te extraño…” Ingrid Pérez Tangassi, nieta.

“… Es difícil, siempre, pensar en la ausencia. Alfonso Pérez Romo era un velero que viajaba de la medicina al arte, deja un surco de agua y recuerdos vitales… tan capaz, tan árbol, tan sencillo y cercano… No imaginé por qué la muerte fuera tan impaciente…” Lucero Ruelas Ávila, discípula.

Humilde, abrazó debilidades y limitaciones, perfeccionamiento de su autenticidad. Defendió siempre la excepcionalidad humana con fe en sus sencillos credos. Valoró el “sí mismo” para construir su ética en el espacio del “Otro”, en atmosferas culturales, en la vida compartida, en las instituciones… Lo hizo a través de la palabra, supo que cuando la palabra se encoge el pensamiento también. Al trabajo faltó una vez, solo para morir. Literato de una narrativa, personal, imaginativa, con hidalguía se afanó al “éthos” de su personalidad. Impulsor de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA), sin reclamar reconocimientos ni homenajes por esa invaluable herencia de los aguascalentenses a quienes les erigió el gentilicio “Acalitanos”

Humanista, toga y birrete que vistió con orgullo, defendió el humanismo, su argumento fue muy sencillo, que universidad, arte, cultura, fueran crisol de cambios, de transformaciones verdaderas al fragor de diversidades correspondidas en cláusulas fundadas. Insistió en explicar y probar todo lo que se diga o se reclame. Rector de impulsos convincentes para evitar ofensas, diatribas, violencias… Su modelo de humanismo fue que deducción y argumento fueran habilidades comunes del mundo universitario y de los profesionales a la sociedad, expertos que tienen el compromiso de trabajar el juicio teórico y práctico para cultivar la razón y detener impulsos primarios. Diseñó, creo, promovió, las carreras de Médico Cirujano y Ciencias del Arte y Gestión Cultural en la UAA. Promotor de artes y cultura siempre, autor, actor y director de la transición de Casa de la Cultura a Instituto Cultural al lado del Gran Gobernador Rodolfo Landeros Gallegos…

Hospitalario, una cordialidad de su naturaleza, lo hizo con convicción, supo albergar en la academia, la política, la cultura, en la vida cotidiana, la posibilidad ética de la hospitalidad del “Otro”, amó la ciudad como espacio del encuentro de una alfarería de palabras cardinales, espacio de la discusión. Su saludo siempre fue un acto de recepción, una soberanía compartida, virtudes en donde la esperanza no fue espera sino zona ética de apoyo.

Honesto, honestidad y disposición de su “Yo” fueron capaces de seleccionar manifestaciones, proyectos, utopías, ideales, dignos de su vida. Ajustó expectativas y explicaciones, noble consigo mismo, con temple fiel a sus principios y valores, su comedimiento intelectual quedó justificado en el estado de deudor, siempre tenía algo que dar, aportar para los demás en su estado de abierto, consciente que una idea debe ser acompañada por la habilidad de sí mismo. Consideró la salud como Derecho Humano, “… de nada sirve… adelantos maravillosos en técnicas… operaciones o curaciones, o cosas que… estén a disposición de un grupo de reducido de personas. ¡No puede ser!”

Honorable, de reconocida honorabilidad con base moral y ética correspondida por la sociedad. Honor es análogo a “dignidad” con la que reguló su conducta y actitud valorada en los ámbitos de sus presencias, acciones y esfuerzos de mejora personal y en perspectiva social. Esa cualidad le otorgó respeto y alta consideración.

No consigo hilvanar palabras que le den valor a su vida y obra, me salta en muchos ámbitos, se amontonan sus aristas, me estrangulan sus tangentes, me saturan los cuadrantes. Tengo algunos hilos: un estetoscopio con ternuras cultivadas, una guitarra de luto agradecido, un desconsolado canto al amor, una lectura interrumpida y bibliotecas en duelo epistémico, un “campus” triste, agradecido y leal, aulas compungidas, plurales y disruptivas, una interpretación estética en desconsuelo, una afligida y devota oración, proyectos con signos vitales, un capote “que a la luz de la luna quiere torear”, el débito cariñoso de sus amigos …, este hilado dice que Alfonso Pérez Romo no es ceniza, sus generosas tareas lo reivindican presente. La experiencia del “adiós” no es epitafio, ahora aprendemos de su pedagogía del silencio.

“A-Dios” es una bella alameda hasta Dios, junto a su “Negrita”, su esposa, nos saluda más allá de lo convencional del ser. En el deber-ser nos testa como herederos.

¡A-Dios, Don Alfonso, ¡ya nos veremos!