Alerta: las aves desaparecen por millones de los cielos de Norteamérica

El silencio en la pradera es inquietante y es el signo de una devastación de la naturaleza desoladora y de grandes proporciones. Ese sería, según el libro ‘Silent Spring’ publicado en 1962 por Rachel Carson, la desoladora realidad de la desaparición de los cantos de las aves salvajes a consecuencia de su extinción a gran escala.

Se trata, como recuerda un artículo de The New York Times, una imagen profética de un futuro en que la pérdida de hábitat y la devastación de los pesticidas han abatido a la gran mayoría de las aves. La pérdida de su canto es el signo del fin de esas especies pero también del mundo tal como lo hemos conocido.

Un ave de la especie reinita de Nashville murió tras estrellarse contra el cristal de una ventana en Nuevo México. (Robert Alexander/Getty Images)

Y aunque ese escenario a gran escala no ha sucedido, científicos han detectado que se trata de una amenaza creciente pues, de acuerdo a un artículo recién publicado en la revista Science, en Estados Unidos y Canadá ya se ha perdido el 29% de las aves salvajes que existían en comparación a 1970.

Es decir, se señala en la investigación de científicos de universidades e instituciones estadounidenses y canadienses, hoy habría 3,000 millones de aves menos que las que había hace 50 años.

El sonido de sus cantos, así, se ha ya apagado sustantivamente. Los cielos están más vacíos.

Y ello constituye una grave amenaza pues la pérdida de aves, además de ser resultado de rudas afectaciones en el medio ambiente, es también causa de alteraciones adicionales: si se pierden las aves, insectos de las que ellas se alimentaban proliferarán y podrían alcanzar niveles de plaga, se perdería el efecto polinizador y de dispersión de semillas que realizan los pájaros y que es vital para la reproducción y preservación de praderas y bosques, y especies que dependen de las aves para su alimentación quedarían en grave riesgo de perecer.

En el estudio citado se estimaron las poblaciones de 529 especies en años recientes y se usaron también datos de observación de aves de 1970 a la fecha, para realizar comparaciones. El resultado fue un enorme hueco, una pérdida de aves de enorme proporción.

“Estamos aturdidos por el resultado, es pasmoso”, dijo al Times Kenneth Rosenberg, científico de la Universidad Cornell y del Conservatorio de Aves de Estados Unidos y quien dirigió el estudio al respecto.

Por añadidura, como señala el Times, la pérdida de esas 3,000 millones de aves en Estados Unidos y Canadá se ha dado sin provocar hasta ahora mayores reacciones en la opinión pública, como sí sucedió cuando especies como el águila blanca estuvieron en peligro.

El interés público en esas especies ha contribuido a revertir o contener su declinación: las águilas blancas y los patos y gansos, por ejemplo, incluso han recuperado población en modo importante.

Pero otras especies no han tenido ese beneficio y han sido fuertemente afectadas. Las reinitas (parúlidos) perdieron 617 millones de ejemplares y los orioles y tordos (ictéridos) 440 millones en el periodo estudiado, de acuerdo al Times. Cardenales, azulejos y gorriones también han sufrido afectaciones en su población.

Las parvadas se han reducido sustancialmente en Estados Unidos, como lo muestran datos de radar de la última década. (Reuters)

En contrapartida, especies de aves pequeñas como los vireos han registrado un sustantivo incremento poblacional en las últimas décadas, algo que intriga a los científicos.

Esa pérdida de aves fue validada por estudios paralelos: Rosenberg y su equipo analizaron datos de radares –que captan las parvadas– y determinaron que entre 2007 y 2018 en Estados Unidos la detección de esos grupos de aves se redujo en 14%.

Pérdida de hábitat (sobre todo de praderas) y efectos de la agricultura intensiva y del uso de pesticidas han golpeado especialmente a esas especies y para revertir esa merma y evitar su completa extinción –y el imperio del silencio al que aludió Rachel Carson– se requerirán esfuerzos de enorme escala. Científicos consultados señalan que será necesario restringir el uso de químicos en la agricultura, frenar la expansión urbana y la pérdida de hábitats y ampliar las protecciones a las especies migratorias.

Incluso rediseñar edificios y hacer los cristales de sus ventanas más visibles para las aves evitaría que muchos miles de ellas murieran, como ahora sucede, tras impactarse contra ellos. Y esto no es exclusivo de Norteamérica: pérdidas a gran escala de poblaciones de aves se registran en Europa y otras regiones del mundo.

Con todo, en Estados Unidos la administración de Donald Trump se ha orientado a revertir regulaciones ambientales, a reducir las áreas protegidas e incluso a recortar el alcance de la Ley de Protección de Aves Migratorias para reducir la responsabilidades de personas y empresas que maten aves en sus actividades, como informó The Washington Post el año pasado.

La desaparición de millones de aves en Norteamérica -por ejemplo de las reinitas, tordosy otros- es un ominoso signo de un deterioro ambiental acelerado. (AP Photo/Sean Gardner)

Walt Whitman, uno de los mayores poetas estadounidenses y definitivamente fascinado por la naturaleza de su patria, escribió en un poema sobre el doliente canto de un ave que, de repente, perdió a su pareja. El canto de ese pájaro, cuenta el poeta, le reveló todas las canciones que él mismo guardaba en su corazón:

Sí, cuando las estrellas brillaban,

toda la noche en la punta de una rama musgosa,

casi al nivel del golpe de las olas,

sentado el solitario cantor maravilloso provocaba lágrimas.

Él llamaba a su pareja,

derramaba los significados que solo yo conozco.

¿Qué pasará en el alma de la nación estadounidense, en la de todos los países, si callan de repente los cantos de los pájaros?