Aleksandr Ogorodnik ‘Trigon’, uno de los espías soviéticos más valiosos que tuvo la CIA durante la Guerra Fría

Alfred López

El 22 de junio de 1977, pocas horas después de ser detenido en Moscú por la KGB, Aleksandr Ogorodnik prometió a sus captores realizar una confesión completa sobre los servicios que había realizado como espía para CIA y pidió que le dejaran escribirla con su propia pluma estilográfica, la cual se encontraba en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Ilustración sobre Aleksandr Ogorodnik ‘Trigon’, uno de los espías soviéticos más valiosos que tuvo la CIA durante la Guerra Fría (imagen vía cia.gov)
Ilustración sobre Aleksandr Ogorodnik ‘Trigon’, uno de los espías soviéticos más valiosos que tuvo la CIA durante la Guerra Fría (imagen vía cia.gov)

Tal y como se la facilitaron, Aleksandr la mordió, reventando de ese modo una cápsula de cianuro que había en el interior de la pluma y falleciendo poco rato después.

Con el suicidio de Trigon (nombre en clave que le dio la agencia de inteligencia de EEUU) se perdía uno de los valores más seguros en el espionaje que los estadounidenses tuvieron dentro de la propia Unión Soviética.

Aleksandr Ogorodnik fue contactado por agentes de la CIA cuando éste estuvo trabajando como funcionario de segundo nivel en la Embajada de la URSS en Bogotá (Colombia) a principios de la década de 1970.

La agencia de inteligencia había mantenido los primeros contactos con el ruso en una sauna de la capital colombiana, debido a que Aleksandr era un hombre (tenía poco más de treinta años de edad) al que le gustaba aquellos placeres que no podía disfrutar en su país, como el ser invitado a importantes y selectas cenas y eventos.

En una de esas recepciones conoció a Pilar Suárez Barcala, una joven española que se había trasladado hasta el continente americano en busca de labrarse un futuro como modelo (debemos tener en cuenta que en la década de 1970 Colombia era una de las naciones más prósperas, junto a Venezuela, del continente americano) e iniciaron una relación sentimental clandestina, debido a que si la noticia llegaba a oídos de los superiores de Aleksandr éstos podrían sancionarlo y ahí acabaría su prometedora carrera como funcionario diplomático.

Ese amor clandestino llegó hasta oídos de miembros de la embajada de EEUU en Bogotá y estos pensaron que, presionándole adecuadamente, el joven ruso les podría ser muy útil como informante.

No fue demasiado complicado para los estadounidenses captarlo como espía y que éste les fuese pasando valiosísima documentación del Ministerio de Exteriores soviético que pasaba por sus manos. Trigon fue adiestrado en técnicas de espionajes y dispuso de más avanzadas tecnología de la época, como los bolígrafos con una cámara fotográfica incorporada.

Al estar en una capital extranjera, Aleksandr Ogorodnik podía moverse libremente por Bogotá sin levantar sospechas de sus compatriotas, acudiendo asiduamente a recepciones en hoteles y embajadas (gracias a ocupar el cargo de segundo secretario de la Embajada de la URSS en la capital colombiana), momento que podía aprovechar para pasar los documentos o carretes de fotografías a su contacto estadounidense.

Aleksandr y Pilar se enamoraron perdidamente y tiempo después ella quedó embarazada. Un imprevisto que coincidió con la orden que llegó desde Rusia, en diciembre de 1974, para que él regresara a la Unión Soviética donde le esperaba un cargo en el Ministerio de Exteriores de Moscú.

La joven pareja debía separarse momentáneamente, debido a que él no podía presentarse en la capital rusa con una mujer extranjera embarazada y con la que no estaba casado. En aquel tiempo, cualquier relación sentimental de alguien que trabajase para el Estado soviético debía ser previamente aprobada por sus superiores, además de realizar todo tipo de averiguaciones sobre la identidad.

Aleksandr y Pilar preferían seguir manteniéndolo en secreto. Él viajaría hasta Moscú y ella regresaría a Madrid, donde podría dar a luz con todas las garantías y con el apoyo de los estadounidenses, quienes se habían comprometido en que ella estaría segura y cuidada en España. Con esa condición Trigon viajaría a la capital rusa y espiaría durante un tiempo para la CIA, con la esperanza de reunir suficiente dinero con el que, en un futuro no muy lejano, salir de la URSS y reunirse con su enamorada y el fruto nacido de su amor.

El joven pareja dejaron de tener contacto a partir de aquel momento y Aleksandr, conocedor de los riesgos que entrañaba la misión encomendada por los estadounidenses, solicitó que se le proporcionara una cápsula de cianuro, el cual se tomaría en caso de ser descubierto o estar en peligro.

Su misión en Moscú consistiría en fotografiar con el bolígrafo algunos importantes documentos en el Ministerio de Exteriores soviético y posteriormente dejar los pequeños carretes escondidos en algunos puntos, previamente acordados, y que serían recogidos unas horas después por su contacto en la capital rusa, una joven funcionaria de la embajada de EEUU llamada Martha Peterson (de quien os hablaré en un próximo post, debido a que tiene una fascinante historia).

Durante dos años y medio, Trigon fue pasando información valiosísima y de gran importancia. Era tal el nivel de esas fotografías e informes pasados por Aleksandr Ogorodnik que todo aquello iba a parar directamente a la mesa del Presidente de los Estados Unidos.

Pero al igual que los estadounidenses habían conseguido meter un espía en el Ministerio de Exteriores soviético, los rusos hicieron lo propio, colocando un topo en la CIA. Se trataba de Karel Koecher, un ciudadano checo que había huido de su país perseguido por el régimen comunista y que tras varios años en EEUU consiguió entrar a trabajar para la agencia de inteligencia como traductor.

Pero en realidad Karel Koecher estaba al servicio del StB (agencia de inteligencia checa) que a su vez espiaban para la KGB. El verano de 1977 fue quien puso en conocimiento de las autoridades soviéticas que Aleksandr Ogorodnik estaba espiando para la CIA bajo el nombre en clave de Trigon.

Este fue arrestado por la KGB, la noche del 21 de junio de 1977, cuando regresaba a su apartamento tras realizar un intercambio. Tras varias horas de interrogatorio Aleksandr Ogorodnik dijo que iba a hacer una confesión completa y por escrito de su trabajo como espía para la CIA, pero lo haría escribiéndola con su propia pluma estilográfica, en la que tenía escondida la cápsula de cianuro con la que se quitó la vida.

Reciente se ha publicado un interesantísimo libro titulado “Nombre en clave: Trigon. La historia de cómo descubrí que mi padre era un agente de la CIA” escrito por Alejandra Suárez Barcala, la hija que Aleksandr Ogorodnik concibió con su joven enamorada Pilar, en Bogotá en 1974, y a la que jamás llegó a conocer. El prólogo corre a cargo de Martha Peterson.

Fuentes de consulta e imagen: washingtonpost / npr / ‘Nombre en clave: Trigon’ / cia.gov

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