Alberto Fernández, del liderazgo inesperado a la cuarentena inédita

Sergio Suppo

Del desinterés a la obsesión, la Argentina y el presidente Alberto Fernández recorren el mismo camino que el resto del mundo frente a la pandemia que paraliza a la humanidad. Los registros recientes acumulan, aquí y allá, frases que se burlan, soslayan o menosprecian las consecuencias del coronavirus.

El Gobierno, por medio de su ministro de Salud, Ginés González García, integra ese coro obligado a cambiar su repertorio por uno más dramático y consecuente con una circunstancia con muchos antecedentes, pero con una dimensión que no es comparable a la de ninguno de ellos.

Nunca el mundo estuvo mejor comunicado físicamente para un viaje tan rápido de un virus, jamás el mundo estuvo mejor conectado virtualmente para compartir en tiempo real el combate a un mal tan generalizado.

Como una paradoja de la globalización extrema, la solución es aislarse, interrumpir los vínculos de relación cotidiana, detener todo; dejar de trabajar y quedarse quieto, en la casa, aparece como la solución que surge con un consenso que reconoce apenas algunas disidencias parciales. Lo nuevo es lo ancestral: refugiarse en la cueva hasta que cese la amenaza.

En este pequeño y a la vez enorme lugar del mundo, Fernández recibió una crisis como una noticia secundaria cuando se aprestaba a encarar la decisiva negociación por el endeudamiento. Ahora el tema absorbe toda su atención y las consecuencias que provocará la pandemia en la economía es una de las variables que registra su gabinete, aunque no necesariamente la principal. Para un presidente que nació con un liderazgo limitado, a imagen y semejanza de otros líderes, la situación de pronto lo puso en el lugar de jefe de un grupo en emergencia. Es lo que explica que mandatarios de grandes países hayan empezado a utilizar un discurso bélico y a actuar con herramientas de comandantes militares en operaciones.

Con esa lógica de subordinación está actuando la fauna política argentina, sin distinción entre oficialistas u opositores. Uno de sus integrantes, desde la vereda contraria, le hizo notar a Fernández el miércoles que en las medidas que estaban tomando por su cuenta municipalidades y provincias comenzaba a difuminarse su liderazgo. Y le citaron el caso de un pueblo de Entre Ríos, decidido a bloquear un puente con Uruguay.

Mando unificado y aceptación de ese liderazgo durante la tormenta no es un dato nuevo en la Argentina. El frente Juntos por el Cambio, entre fines del año pasado y durante este verano, hizo varios gestos concretos de apoyo a la negociación argentina ante el Fondo Monetario y los bonistas.

Por eso, Fernández no encontrará disensos públicos sobre las medidas que tome para paliar el coronavirus; en todo caso, sí muchas prevenciones sobre las consecuencias que tiene la paralización de la economía. En todo el mundo se está multiplicando el gasto público para remediar esos males y el Presidente sigue ese mismo curso sin poder medir con precisión el impacto posterior.

Fernández tiene la oportunidad de liderar un ejercicio de comportamiento social en el que la responsabilidad individual se convierta en un resultado colectivo de dimensiones desconocidas. Pedir que la Argentina se encierre en su casa es una cosa, lograrlo es una utopía perentoria y necesaria. Más acá y más allá de Fernández.