El aislamiento ayuda a la población sin hogar a escapar de la peor parte del virus

Thomas Fuller
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Un cartel de información para el público sobre el uso de cubrebocas cerca de un campamento para personas en situación de calle en Oakland, California, el 8 de diciembre de 2020. (Jim Wilson/The New York Times)
Un cartel de información para el público sobre el uso de cubrebocas cerca de un campamento para personas en situación de calle en Oakland, California, el 8 de diciembre de 2020. (Jim Wilson/The New York Times)
Un equipo de atención a personas sin hogar, desde la izquierda: Benjamin Durant, médico; Wilma Lozada, trabajadora social, y Harrison Alter, médico, en un campamento para personas en situación de calle en Oakland, California, el 8 de diciembre de 2020. (Jim Wilson/The New York Times)
Un equipo de atención a personas sin hogar, desde la izquierda: Benjamin Durant, médico; Wilma Lozada, trabajadora social, y Harrison Alter, médico, en un campamento para personas en situación de calle en Oakland, California, el 8 de diciembre de 2020. (Jim Wilson/The New York Times)

OAKLAND, California — Bajo un paso a desnivel de una vía rápida en el centro de Oakland, Camilla Everette duerme en un sofá, con una sombrilla de verano de rayas azules y blancas como única protección de las gotas de lluvia que caen del concreto que está sobre ella.

Una de las primeras cosas que Everette ve cuando se despierta todas las mañanas es un cartel gigante que retrata familias felices con suéteres navideños y gorros de Santa Claus con franjas de fieltro. Hay copas con vino tinto en la mesa frente a ellas y una advertencia siniestra: “Estas fiestas, no invites al COVID-19 a casa. Usa cubrebocas”.

Las condiciones de vida de Everette y de muchas otras personas como ella (el aislamiento y la falta de un refugio bajo techo) parecen haber ayudado a evitar que las predicciones más terribles sobre la propagación del coronavirus en las poblaciones sin hogar se hicieran realidad.

A principios de la pandemia, a los funcionarios de salud les aterrorizaba que el virus fuera a aniquilar a los estadounidenses que no tienen un lugar propio donde vivir, el medio millón de personas que viven en refugios o en las calles. A medida que el año se acerca a su fin, esos mismos especialistas afirman que se sienten aliviados de que los campamentos callejeros y los refugios para personas en situación de calle no hayan sufrido la misma devastación que los asilos de ancianos.

Los expertos advierten que la naturaleza transitoria de la falta de techo hace que sea un reto recopilar datos precisos y siguen preocupados porque los índices generales del virus se dispararon durante el otoño. Un brote reciente en un refugio en San Diego sirvió como recordatorio de que las poblaciones sin hogar, en especial las que están bajo techo en refugios, siguen siendo muy vulnerables a los peligros del COVID-19.

“En los refugios ha quedado bastante claro que cuando las infecciones entran se propagan con mucha rapidez”, señaló Margot Kushel, directora del Centro para las Poblaciones Vulnerables de la Universidad de California en San Francisco.

Aun así, los investigadores y funcionarios de salud pública de todo Estados Unidos han realizado pruebas en campamentos y refugios para personas sin hogar en busca de señales de brotes. En lugares como Seattle y Los Ángeles, estas pruebas han revelado índices de contagio relativamente bajos.

Helen Chu, médica de enfermedades infecciosas de Seattle, que tiene uno de los índices más altos de personas en situación de calle en Estados Unidos, ha ayudado a realizar 2500 pruebas en refugios durante la pandemia. Solo quince de estas, menos del uno por ciento, resultaron positivas en coronavirus.

“Había asumido que sería terrible en la población sin hogar debido a la forma en que circulan otros virus”, afirmó Chu. “Prácticamente ha resultado no ser tan malo como había pensado”.

Los expertos dicen que entre las razones de que haya resultados mejores de lo esperado están los programas en California y Nueva York (los estados con las poblaciones más numerosas de personas sin techo) que han proporcionado miles de habitaciones de hotel para las personas en situación de calle más vulnerables. Las habitaciones también se ponen a disposición de las personas que no tienen hogar y que presentan síntomas o están en contacto cercano con contagiados.

Los refugios y campamentos para indigentes “siguen siendo un polvorín para la transmisión del virus”, señaló Harrison Alter, director médico interino de Alameda County Health Care for the Homeless, al otro lado de la bahía de San Francisco. “Pero hemos establecido un sistema que hasta ahora (toco madera) ha funcionado para suprimir la transmisión viral”.

De las 3200 pruebas de coronavirus que la organización ha aplicado en Oakland, el 2,9 por ciento dieron positivo.

Una mañana reciente en Oakland, Alter llevó un equipo de trabajadores de extensión comunitaria a campamentos de personas sin hogar para ofrecer cubrebocas, jabón, medicamentos y pruebas de coronavirus.

Se dirigieron a Jon Bartell hijo, quien vive en una tienda de campaña a la orilla de un parque.

Bartell afirmó que el coronavirus no le preocupaba mucho porque sus circunstancias le permitían un distanciamiento social casi de tiempo completo. Pocas veces está en espacios cerrados, suele evitar las multitudes y se mantiene alejado del transporte público. “Me siento bastante seguro en este parque”, dijo. “No conozco a nadie que tenga COVID, a nadie”.

En California, la gran mayoría de las personas sin hogar no tienen un refugio, lo cual tal vez los haya protegido durante la pandemia pese a ser testimonio de la existencia de una crisis larga y sombría.

“La ventilación es buena y estar al aire libre es más seguro”, dijo Kushel. “El hecho de que tanta gente carezca de un techo es una ventaja perversa”.

Los preparativos también han ayudado. En marzo y abril, los funcionarios de San Diego cerraron los refugios abarrotados y convirtieron el centro de convenciones de la ciudad en un gigantesco dormitorio con distancia social. Los ocupantes dormían en camas ubicadas a 1,80 metros de distancia y se les prohibía comer en grupo; el uso de cubrebocas era obligatorio y se hacía cumplir la norma estrictamente. A los de mayor edad y más enfermos se les proporcionaron habitaciones de hotel.

Durante décadas, los estudios han demostrado que los índices de mortalidad de las personas sin hogar son de tres a ocho veces superiores a las de la población general. Las razones son numerosas, entre ellas el consumo de drogas, la falta de atención médica y el desgaste de la vida en las calles. En los estudios también se ha comprobado que las personas sin techo suelen presentar índices de infecciones respiratorias más elevados que la población general.

Es difícil saber con exactitud si las personas en situación de calle contagiadas de coronavirus mueren a tasas más elevadas que la población general. En California, donde se calcula que hay 150.000 personas sin hogar, los certificados de defunción no indican si el fallecido tenía un lugar donde vivir o no.

No obstante, el seguimiento de los resultados de la salud de las personas sin hogar en Nueva York es un poco más fácil porque un porcentaje mucho más elevado de personas en situación de calle viven en refugios, y los datos de esa ciudad parecen mostrar una mayor probabilidad de fallecimiento a causa del coronavirus entre las personas sin techo.

A finales de octubre, 95 personas en refugios para indigentes habían muerto a causa del virus en la ciudad de Nueva York, una tasa de mortalidad de 146 por cada 100.000 personas. Esta cifra es inferior a las 231 muertes por cada 100.000 personas de la población general durante el mismo periodo.

Cuando la tasa de mortalidad de los residentes de los refugios para personas sin techo se ajusta según la edad, lo que los epidemiólogos dicen que es necesario porque hay muchos niños en los refugios, la tasa ajustada es 76 por ciento más elevada que la de la población general. El cálculo fue hecho por Chuck Cleland, profesor asociado de Bioestadística en la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York. Los epidemiólogos afirman que un índice de mortalidad más alto entre las personas sin hogar podría deberse a la falta de acceso a la atención médica y a las enfermedades preexistentes.

No obstante, en general, hay indicios de que los casos per cápita entre la población sin techo de Nueva York han sido menores que los de la población general de la ciudad.

La ciudad de Nueva York ha registrado 1815 casos de coronavirus entre las personas en situación de calle, lo que supone un índice de casos de 180 por cada 10.000 personas sin hogar, según los cálculos de la ciudad.

El índice para la población general en la ciudad es significativamente más alto: 447 casos por cada 10.000 personas, según una base de datos de The New York Times sobre los casos de coronavirus en todo Estados Unidos.

La ciudad de Los Ángeles, que tiene la mayor cantidad de personas en situación de calle del país, ha registrado 63 fallecimientos a causa del virus entre estas, de acuerdo con el Departamento de Salud Pública del Condado de Los Ángeles.

“Esta población, al menos en Los Ángeles, no muere a un ritmo alarmante a causa del COVID”, comentó Heidi Behforouz, funcionaria médica del condado que se enfoca en este sector de la población.

Aun así, Behforouz describe lo que ella llama el daño colateral de la pandemia.

“Hemos perdido a muchísima gente, no solo a causa de este virus, sino a causa de la soledad y la ansiedad, el temor y el aislamiento”, dijo Behforouz.

Los Ángeles, San Francisco y otras ciudades de California han informado de enormes aumentos en las muertes por sobredosis de drogas entre las personas en situación de calle.

En tanto que la inquietud por los contagios continúa, los epidemiólogos han reconocido que la distribución de la vacuna contra el coronavirus entre las personas sin hogar también presentará numerosos desafíos.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company