La agenda de la política ignora al votante independiente

Alejandro Catterberg
·6  min de lectura
Organizada por ARGRA se inaugura la 31° Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino. CABA, 22 de febrero de 2019. CABA, 10 de diciembre de 2019 El presidente saliente Mauricio Macri saluda a la vicepresidenta electa Cristina Fernández de Kirchner antes de retirarse de la ceremonia donde entregó los at
Maximiliano Vernazza

“Sobreviviendo”. Esa es la palabra más utilizada cuando desde Poliarquía Consultores le preguntamos al argentino promedio cómo definiría su estado actual. Obviamente en una sociedad tan heterogénea y dividida como la nuestra, no todos comparten el diagnóstico.

Muchos ciudadanos, en cambio, dicen estar esperanzados, felices, expectantes u optimistas. Esos son los términos más utilizados entre la franja social que apoya a Cristina Kirchner, comparte los lineamientos ideológicos del kirchnerismo y los vota sistemáticamente. Los integrantes de este grupo social -que denominamos “cristinistas”- constituyen alrededor del veinticinco por ciento de los argentinos a nivel nacional y son uno de cada tres habitantes de la provincia de Buenos Aires. Aquí radica el poder de la vicepresidenta. Tiene un apoyo y una base electoral que ninguna otra fuerza o dirigente posee, ya sea dentro o fuera del peronismo. Su piso de votos es el más sólido y ha elevado su techo gracias a la unidad lograda con el resto del PJ. Es notable, además, que pese a las dificultades evidentes que atraviesa el país, frente al aumento de la pobreza, el desempleo y la inflación, frente a las fallas en las respuestas a la crisis sanitaria, su base de sustentación no muestre señales de resquebrajarse.

“Efecto Soria”: el Gobierno perdió los dos tercios para nombrar jueces claves

En el otro extremo de la sociedad se encuentran aquellos que nombramos “macristas”, son argentinos que reivindican la figura del expresidente y coinciden en gran medida con sus posiciones políticas e ideológicas. Constituyen un poco más del 15% de la sociedad. Las respuestas sobre su estado de ánimo actual son imaginables y contundentes: “preocupado”, “desanimado”, “desesperanzado”, “desilusionado”, “angustiado”, “enojado”, “deprimido” y “triste” son las principales menciones espontáneas.

Entre ambos extremos ideológicos están aquellos que denominamos los “NI-NI” (ni cristinistas ni macristas). Conforman una mayoría social que rechaza la figura de ambos expresidentes y tienen posicionamientos ideológicos más moderados, así como menores niveles de interés por la política y consumo de información. Esta amplia autopista del medio puede ser, a su vez, dividida en tres grupos sociales. Por un lado, están aquellos más próximos a Juntos por el Cambio, sectores clásicos de clase media urbana antiperonistas, para definirlos de manera simple. Rechazan en general al peronismo y condenan en particular al cristinismo. Votaron a Mauricio Macri y se desilusionaron con su presidencia.

Un segundo grupo dentro de los NI-NI son aquellos sectores sociales culturalmente peronistas, de extracción social más baja y más conservadores o tradicionales que los cristinistas. Estos argentinos votan históricamente a candidatos del peronismo, pero tienden a rechazar la figura de Cristina Kirchner. Constituyen el grupo social que fue la clave del regreso del kirchnerismo al poder. Son votos que la actual vicepresidenta consiguió sumar a su base electoral cuando nominó a Alberto Fernández al frente de la fórmula presidencial y abrió las puertas para el acuerdo con gobernadores, intendentes y fuerzas del PJ que se habían apartado tiempo atrás.

El medio del medio

Finalmente, están quienes denominamos los NI-NI puros o independientes: son aquellos argentinos que no tienen un posicionamiento político definido ni un comportamiento electoral homogéneo. Están en el medio del medio. Pudieron haber pasado de votar por los Kirchner, a votar a Macri, a una tercera fuerza y volver al kirchnerismo. Este grupo social, que incluye a uno de cada cuatro argentinos, es el que determina la suerte electoral de los candidatos y, así, el rumbo del país.

Las condiciones sociales y económicas que enfrenta este sector están muy deterioradas. Sufren por la falta de empleo, la creciente inflación y el aumento de pobreza. Los acecha la inseguridad en todas sus facetas: temen ser víctimas de delitos, temen por sus ingresos y temen por su salud. Sobreviven. Su agenda de problemas y preocupaciones está totalmente disociada de la agenda que debaten los políticos.

El lawfare, la situación judicial de la vicepresidenta, la presentación de las memorias de gestión de Macri, los intentos de reforma de la justicia federal, las peleas internas del oficialismo o de Juntos por el Cambio, las decisiones en materia internacional de Alberto Fernández o las acusaciones que hace la oposición al gobierno les resulta poco o nada relevantes. Su vida cotidiana está muy alejada de lo que la clase dirigente discute diariamente.

Mercosur: el cruce entre Alberto Fernández y Luis Lacalle Pou anticipa una dura negociación por el futuro del bloque

¿La corrupción es un problema importante del país? Sin dudas lo es, pero está lejos de figurar entre los principales problemas. Y salvo excepciones, la creencia es que todos los políticos son corruptos. En lo que constituye un llamado de atención para toda la clase dirigente, el rencor, la desconfianza y la antipolítica crece en este grupo social. Para ejemplificar con algunos datos: la imagen positiva que este sector de la sociedad tiene de Cristina Kirchner y Mauricio Macri no supera el 4%, la del Alberto Fernández es de 17%, la de Sergio Massa 14%, Elisa Carrió 17%, la de Axel Kicillof es de apenas el 6%. El dirigente político nacional que mayor imagen positiva tiene en este grupo es Horacio Rodríguez Larreta, que alcanza el 40%. La mitad sostienen que no hay ningún dirigente político que sea de su agrado y el 65% manifiesta poco o ningún interés por la política.

Este cuadro de situación social abre interrogantes y pone límites a la estrategia electoral que el Gobierno desarrollará este año. La principal batalla ocurrirá en la provincia de Buenos Aires, y allí el kirchnerismo cuenta con un piso cercano el 30% de los votos. Cristina Kirchner puede contar con ellos, pero no conseguirá mucho más si continúa ocupando el centro de la escena, radicalizando su discurso, imponiendo una agenda alejada de las demandas sociales y tensionando las relaciones con el Presidente y el resto del peronismo.

Para ganar necesitará que los votantes peronistas que no la quieren vuelvan a confiar en el Frente de Todos. En 2019, Alberto Fernández consiguió cerca del 55% de los votos en la provincia. Había logrado constituir una coalición electoral entre votantes cristinistas, peronistas y NINIs. Repetir esa elección es hoy una utopía para el oficialismo. Pero el Gobierno puede perder una masa importante de electores y aun así imponerse. Para ello el kirchnerismo tendrá primero que evitar que las tensiones por la distribución de cargos no produzcan quiebres internos y luego repetir el truco de los años electorales: moderar los temas de agenda, espaciar las apariciones de Cristina Kirchner y conseguir un candidato que tenga llegada al votante peronista tradicional. Aspirar a que el votante medio, enojado con la política y tratando de sobrevivir a la crisis, los acompañe es difícil de considerar. Pero recrear una coalición electoral entre votantes cristinistas y peronistas está al alcance de sus posibilidades, más aún si logran mantener pisado el tipo de cambio y acelerar el proceso de vacunación en los próximos meses.

Minimizar la practicidad y el potencial electoral del peronismo no es nunca un buen consejo si se busca tratar de comprender como puede ser el futuro del país.