Los aficionados ven atletas, pero los equipos ven activos

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El Manchester City descubrió a Marlos Moreno cuando era adolescente, tras su temporada debut, en la que ayudó al Atlético Nacional, el club de su ciudad natal en Colombia, a ganar no solo un título nacional, sino también la Copa Libertadores. (Foto: Reuters)
El Manchester City descubrió a Marlos Moreno cuando era adolescente, tras su temporada debut, en la que ayudó al Atlético Nacional, el club de su ciudad natal en Colombia, a ganar no solo un título nacional, sino también la Copa Libertadores. (Foto: Reuters)

Una de las cosas que más le gustaban al Manchester City de Marlos Moreno era su flexibilidad. El club lo descubrió de adolescente, tras su temporada debut, en la que ayudó al Atlético Nacional, el club de su ciudad natal en Colombia, a ganar no solo un título nacional, sino también la Copa Libertadores.

Moreno, de 19 años en aquel entonces, tenía el aire de una estrella en ascenso. Era el tipo de promesa que destaca entre los miles de jugadores de todo el mundo cuyos nombres y datos de rendimiento pasan frente a los ojos de los visores y los analistas de los clubes más grandes de Europa.

Al equipo de reclutamiento del City le gustó lo que vio: no solo la definición de Moreno, sino su creatividad, su capacidad para jugar en varios lugares. El club decidió atacar, así que le pagó al Atlético más o menos 6 millones de dólares para ficharlo, tras lo cual Moreno quedó amarrado a un contrato de cinco años. Los ejecutivos estaban tan emocionados por la adquisición de un jugador al que consideraban uno de los más prometedores de Sudamérica que le mencionaron su nombre al jeque Mansour, el dueño del City.

“Es un jugador versátil”, comentó el director deportivo del City, Txiki Begiristain, cuando se confirmó la llegada de Moreno. “Creemos que tendrá un fantástico futuro deportivo y con el City”.

Eso ocurrió hace cinco años, en agosto de 2016. Moreno, de 24 años, ya ha completado los primeros cinco años del acuerdo con el City. No ha jugado ni un partido con el club. En cambio, ha pasado la última media década en una serie de préstamos. Resulta que en realidad ha tenido que ser un jugador muy versátil. Solo que no de la manera en que lo tenía planeado Begiristain.

En la superficie, no hay un patrón en el arco de la trayectoria de Moreno en estos últimos años, ninguna evidencia de un gran plan en juego. A veces, ha estado en clubes dentro de la órbita del Manchester City —el Girona y el Lommel, dos de sus destinos, son propiedad de City Football Group— y a veces no. Ha tenido periodos en España, Portugal y Bélgica, pero también en Brasil y México. Es difícil de discernir si hay una explicación lógica.

Este verano, Moreno de nuevo dejó la ciudad de Mánchester en préstamo (nunca ha habido una confirmación oficial de que haya firmado un nuevo contrato, pero tan solo se puede suponer que este verano el City extendió sus términos más allá de la fecha de expiración inicial). Se ha integrado al Cortrique, en Bélgica. Es su séptimo club en cinco años.

Sin embargo, Moreno no es un caso aislado. Hay muchos futbolistas en los libros del City que tienen una historia similar que contar. Yangel HerreraPatrick Roberts, alguna vez considerado una especie de estrella revelación del fútbol inglés, está con su sexto equipo en seis años. Roberts, al menos, apareció en un juego de la Liga Premier con el Manchester City. Corría el año de 2015.

Yangel Herrera alguna vez considerado coo una especie de estrella revelación del fútbol inglés, ahora está con su sexto equipo en seis años. (Foto: Reuters)
Yangel Herrera alguna vez considerado coo una especie de estrella revelación del fútbol inglés, ahora está con su sexto equipo en seis años. (Foto: Reuters)

Sin embargo, este no es un fenómeno exclusivo del Manchester City. El Chelsea también tiene un elenco de jugadores a préstamo: de hecho, 21 después del cierre del mercado de transferencias. Algunos —entre ellos Billy Gilmour, un mediocampista escocés prestado al Norwich City durante un año— están iniciando un paso vital en su desarrollo. La esperanza del club es que regresen más fuertes, mejores, con más experiencia y listos para exigir un lugar en el primer equipo. Hay otros casos, entre ellos los laterales Kenedy y Baba Rahman, en los que no será así.

Al Chelsea a menudo se le da el crédito —si esa es la palabra correcta— de haber sido el pionero de la idea de que un club de fútbol sea dos negocios distintos pero relacionados: uno diseñado para poner al mejor equipo en el campo, con el objetivo de ganar trofeos y adjudicarse la gloria, y otro creado para vender y comprar jugadores, con el objetivo de tener ganancias que luego puedan ser reinvertidas en el otro lado de la empresa.

Hay un debate en torno a que la idea haya sido invento del Chelsea. Varios equipos italianos podrían sugerir que operaban de esa manera antes que el actual campeón europeo. Sin embargo, no cabe la menor duda de que el Chelsea no solo ha industrializado el concepto, sino que también lo ha refinado.

Su estrategia tiene dos aspectos. Algunos futbolistas son comprados, desarrollados y vendidos un par de años más tarde, intercambiados como bienes raíces. No obstante, hay otros que reciben trato de bienes en renta, prestados una y otra vez a clubes distintos, con la ganancia de la inversión inicial repartida entre varios años de tarifas de préstamo.

Tal vez esta práctica podría ser nombrada en honor al arquero Matej Delac, un croata que pasó nueve años en el Chelsea y cada uno de ellos en un club diferente. La estrategia general —en esencia escindir el negocio de la transferencia de jugadores como otra parte de la identidad de un club— sin ningún problema podría llevar el nombre de “modelo Chelsea”.

Excepto que ahora no solo lo hace el Chelsea. También lo hace el Manchester City con Moreno, Herrera y otros. El Liverpool lo está haciendo con mayor frecuencia. Hay jugadores en la Juventus y el Real Madrid, entre otros, que han tenido experiencias similares. En la actualidad, es una práctica estándar en la mayoría de los clubes de la élite europea.

Hay una razón para que se haya adoptado de una forma rápida y generalizada: es una buena idea. En este momento, es una idea particularmente buena, cuando la pandemia de COVID-19 ha hecho estragos en las finanzas de la mayoría de los clubes y tan solo un puñado de equipos son capaces de pagar las cuotas de transferencias reales. El mercado de los préstamos crecerá cada vez más. Tener jugadores contratados tan solo para ese propósito garantiza un flujo constante de ingresos: tal vez es una cervecita para equipos como el Manchester City o el Chelsea, pero quizás es una fuente vital de fondos para los equipos que esperan competir contra ellos.

El impulso que hay detrás no es solo económico; en cierto grado, también es deportivo. Los equipos que son buenos en ello —los que pueden identificar talento y desarrollarlo, los que pueden dirigir un mercado para esos jugadores, los que tienen la habilidad para colocarlos en equipos en los que crecen su valor y demanda— son los que recompensa el sistema. Hasta cierto punto, el Chelsea puede comprar a Romelu Lukaku porque ha desarrollado una estrategia eficaz de transferencias para compensar algunos de los costos. Hay que darle el crédito.

Solo hay un escollo. Es una pregunta sencilla y en la que históricamente no se detiene mucho tiempo el fútbol, pero vale la pena hacerla. ¿Esto está bien? Hay una razón económica. También tal vez haya una lógica deportiva. Sin embargo, en términos morales, ¿la idea de que los jugadores no son atletas sino activos es algo que no solo deberíamos aceptar sino también incentivar?

En el fondo, el mercado de transferencias, en conjunto, es de una rareza profunda. Casi no se habla del tema —la telenovela del mercado es suficientemente cautivadora para que nosotros, los observadores, suspendamos nuestra suspicacia por voluntad propia—, pero es inusual que un empleador evite que un empleado acepte otro trabajo, uno mejor pagado o más atractivo, sin importar qué quiera el empleado.

Claro está, muchos de los empleados tienen contratos, los cuales los amarran a la empresa. No obstante, en general, también tienen periodos de preaviso, que les dan una especie de poder de decisión sobre sus carreras y vidas. Tal vez una empresa pueda dificultarle la vida al empleado estrella que se quiere ir. Tal vez lo ponga en un tipo de licencia con goce de sueldo. No hay muchos ejemplos en los que una empresa lo retenga hasta que un posible empleador le pague el total de una suma arbitraria en compensación.

En el fútbol, toleramos esta situación en parte por la tradición; en parte porque protege la integridad deportiva; en parte porque suponemos (equivocadamente) que de todas maneras todos tienen unos salarios extremadamente buenos; en parte porque los futbolistas tienen los trabajos que todos soñamos tener, por eso los adoramos en lo individual, pero los odiamos como concepto, y en parte porque el mercado de transferencias es un mecanismo importante y bastante eficaz de distribución de la riqueza.

Sin embargo, incluso según estos bajos y extraños estándares, el uso exclusivo de los jugadores como activos —que son engordados para venderlos como ganado o rentarlos al mejor postor— parece ir demasiado lejos.

Quizá es parecido a esos complejos paquetes derivados que se comercian en los mercados financieros, los que son apuestas de los resultados de las apuestas, y siguen así hasta el infinito. El propósito original se ha perdido: ya no se trata de hacer transferencias para mejorar, sino simplemente para ganar dinero. Y, en este caso, lo que se comercia son humanos, unos que, en realidad, ya no tienen el control de su propio destino.

Este es uno de esos problemas peculiares del fútbol que tiene una solución relativamente sencilla: las autoridades que dirigen y, en teoría, salvaguardan el juego sin mayor problema podrían determinar que los clubes tengan solo cierto número de profesionales sénior en sus registros. Podrían prohibirles a los equipos que tengan más de, digamos, cinco jugadores a préstamo en todo momento.

Podrían hacerlo, pero por supuesto que no lo harán y esto quiere decir que habrá más casos como los de Marlos Moreno, Yangel Herrera, Matej Delac y todos los demás, siempre de un lado al otro, contratados por quien los quiera, ligados a un club que no los toma en cuenta por lo que pueden hacer, sino por cuánto dinero le pueden dejar.

La venta de mañana

Justo cuando se acababa el tiempo, el dinero empezó a caer. El gran bazar del Barcelona estuvo abierto todo el verano, pero tan solo en los últimos días alguien tocó a la puerta: los compradores y los regateadores, con la esperanza de aprovechar la angustia de los grandes vendedores del fútbol.

Si bien la venta de Emerson Royal al Tottenham fue un poco extraña —había llegado de manera oficial al Barcelona tan solo un mes antes—, la partida de Antoine Griezmann es la que más duele: la humillación pura de permitir que un jugador fichado con una fastuosidad y ceremonia enormes hace dos años regrese, a préstamo en un inicio, al Atlético de Madrid.

Sin embargo, no lo podía evitar: la necesidad más imperante del Barcelona era primero ahorrar y luego recaudar dinero, y al final del periodo de transferencias había hecho justo eso. Lionel Messi se fue; Sergio Busquets, Gerard Piqué, Jordi Alba y Sergi Roberto han accedido a reducir sus salarios; Griezmann está fuera de la nómina. Para el siguiente verano, cuando su paso al Atlético sea permanente, el Barcelona habrá generado 115 millones de dólares en ventas.

Por supuesto que el Barcelona no pudo vender a los jugadores que más necesita vender: los que ganan mucho, las estrellas venidas a menos, los recordatorios de años de sinsentidos. Philippe Coutinho, Miralem Pjanic y Samuel Umtiti siguen ahí. El Barcelona no tiene mucho en común con el Real Madrid, pero en este caso tal vez haya algunos puntos de coincidencia.

En realidad, nunca sabremos si fue real o no el acercamiento (o los acercamientos) del Madrid para persuadir a Kylian Mbappé: el Real Madrid insiste en que así fue; el París Saint-Germain está firme en decir que no. Como haya sido, en las últimas temporadas el club estuvo en busca de recaudar los fondos necesarios para fichar a Mbappé, de 22 años, fondos que se pudieran usar ya sea como tarifa de transferencia o como indemnización por despido.

Para hacerlo, habría querido vender a jugadores como Gareth Bale e Isco: grandes nombres con dinero que los respalda. Sin embargo, nadie hizo una oferta, así que el Real Madrid más bien ha tenido que sacar partido de una serie de jóvenes promesas: Achraf Hakimi, Sergio Reguilón y Óscar Rodríguez la temporada pasada y Martin Odegaard este verano.

La política ha funcionado, claro está, pero trae consigo una pregunta inevitable: ¿cuán más brillante habría sido el futuro del Real Madrid, cuán más equilibrada habría sido su escuadra, si hubiera podido comprar a Mbappé para un joven equipo prometedor, en vez de tener que vender muchos de esos jugadores para financiar su futura llegada?

Es la misma pregunta que se cierne sobre el Barcelona. Emerson, como Junior Firpo, Carles Aleña, Carles Pérez y Arthur antes que él, tal vez no le habría regresado la gloria al Barcelona, pero, al menos, le habría ayudado a rejuvenecer una escuadra envejecida. En cambio, fue vendido, al igual que todos los demás, para cubrir los costos de los errores del pasado. Las finanzas del Barcelona están en mejor estado ahora que hace un mes. No obstante, el precio ha sido alto: ha tenido que hipotecar el mañana para pagar el ayer.

© 2021 The New York Times Company

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