Afganistán: sin las tropas de EE.UU., los talibanes preparan su vuelta al poder

Ricard González
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BARCELONA.- El “cementerio de los imperios” se ha cobrado una nueva víctima. Al igual que Gran Bretaña en el siglo XIX, o la Unión Soviética en el XX, la superpotencia estadounidense se retirará en septiembre de Afganistán humillada al no haber podido doblegar un enemigo muy inferior tecnológicamente. Los talibanes ya han declarado su victoria sobre “el gran satán”. Saben que se ha iniciado la cuenta atrás para su retorno al poder. Ahora bien, todavía no está claro cuándo será, ni bajo qué condiciones.

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El fantasma de la huida desesperada de Saigón recorre Washington. Hace años que la élite política, ya sea republicana o demócrata, no busca una victoria en el país asiático, sino una salida lo más honrosa posible. A diferencia de lo sucedido en Irak, no es fácil señalar errores garrafales, como la disolución del ejército iraquí. Por su territorio rugoso y la tozudez numantina del adversario, la guerra de Afganistán, la más larga de la historia de Estados Unidos, estaba destinada al fracaso. Biden lo comprendió ya en su época de vicepresidente, pero Barack Obama le dio continuidad.

Aunque una derrota siempre es dolorosa, la sufrida en Afganistán puede serlo menos que la de Vietnam hace casi cinco décadas. Bajo una definición más estrecha del enemigo, el jihadismo internacional en lugar de los talibanes, Washington no tiene tantos motivos para la alarma como en 1975. Tanto Al-Qaeda como el autoproclamado Estado Islámico son una sombra de lo que fueron, incapaces de pergeñar un atentado en Occidente tan letal y espectacular como del 11 de Septiembre, el desencadenante de la guerra de Afganistán. Además, no es de esperar que los talibanes les permitan volver a operar abiertamente en su territorio, conscientes del riesgo de un nuevo ataque o invasión.

Mujeres uzbekas en la localidad de Karshi, próxima a la frontera con Afganistan.
Mujeres uzbekas en la localidad de Karshi, próxima a la frontera con Afganistan.


Mujeres uzbekas en la localidad de Karshi, próxima a la frontera con Afganistan.

El hecho de que la retirada se produzca en el vigésimo aniversario de aquel atentado presenta una carga simbólica evidente. El presidente Biden quiere poner punto final al paradigma del “11 de Septiembre”, que convirtió la lucha contra el terrorismo jihadista en una guerra sin cuartel en la que no cabía reparar en medios, ni personales, ni económicos, ni morales. La Casa Blanca se ha marcado nuevos desafíos. El primero, de tipo interno: reconstruir sobre unas nuevas bases la economía del país. El segundo, concentrar energías frente a la amenaza que supone el resurgir de China y Rusia. La lucha geopolítica entre las grandes potencias vuelve al centro del tablero.

El mayor perdedor de la guerra que ahora termina no es Estados Unidos, sino buena parte del pueblo afgano. Sobre todo, los sectores urbanos más modernos, y sobre todo sus mujeres y la minoría hazara, mayoritariamente de confesión chií. Sobre sus cabezas se cierne la amenaza del retorno de un sistema político opresivo, basado en una interpretación medieval y rigorista del islam.

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Donald Trump pactó con los talibanes una retirada para el próximo 1 de mayo condicionada, entre otras cosas, al establecimiento de un proceso de negociación entre los talibanes y el gobierno afgano presidido por Ashraf Ghani. Sin embargo, las conversaciones están encalladas, ya que las posiciones de ambos actores son irreconciliables. Los talibanes se niegan a someterse a la Constitución y renunciar a su proyecto de crear un emirato islámico. En lugar de negociar, prefieren esperar la retirada estadounidense para lanzar una gran ofensiva militar.

Sin el apoyo de los soldados de la OTAN, Ghani difícilmente podrá contener el avance de los talibanes, que ya controlan buena parte del sur del país, y las zonas rurales de otras regiones. No es un problema cuantitativo, pues las tropas de la OTAN no superan las 10.000, sino más bien cualitativo y de moral. Algunos soldados ya han abandonado la lucha, mientras jefes tribales que antes apoyaban a Kabul, ya piensan en un cambio de alianzas y un acomodo con los talibanes.

En esta imagen de archivo del 11 de septiembre de 2011, soldados estadounidenses sentados bajo una bandera estadounidense recién izada para conmemorar el 10mo aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en la Base Operativa Bostick, en la provincia de Kunar, Afganistán.
En esta imagen de archivo del 11 de septiembre de 2011, soldados estadounidenses sentados bajo una bandera estadounidense recién izada para conmemorar el 10mo aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en la Base Operativa Bostick, en la provincia de Kunar, Afganistán.


En esta imagen de archivo del 11 de septiembre de 2011, soldados estadounidenses sentados bajo una bandera estadounidense recién izada para conmemorar el 10mo aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en la Base Operativa Bostick, en la provincia de Kunar, Afganistán.

Ahora bien, quizás los talibanes se las prometen demasiado felices. Ni tan siquiera en los noventa consiguieron controlar todo el país. Siempre hubo bolsas de resistencia en el norte, en territorios dominados por etnias diferentes a las de los pastunes talibanes. Además, si Occidente continúa financiando el Ejército afgano, podría llegar a resistir el embate talibán en diversas regiones. Quizás, para no sufrir un embargo internacional, los talibanes se verán obligados a moderar su rigor fundamentalista. Pero de lo que no hay duda es que en sus manos, y no en las de ninguna potencia extranjera, volverá a estar el futuro de Afganistán.