De Afganistán a la Argentina: la historia de una familia refugiada en Buenos Aires marcada por la guerra y el exilio

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Omar Lewall, refugiado afgano, llegó a la Argentina con su familia en 2017
Ricardo Pristupluk

“No me importa el dinero, pero sí la paz. Si hubiera paz en mi país, volvería mañana mismo”.

Omar Lewall nació en 1971 en un pueblito llamado Shaikhabad, en la provincia de Wardak, en el este de Afganistán, ocho años antes de la intervención de la Unión Soviética en ese país para frenar a las milicias que pretendían tomar los pueblos. Esto dio inicio a la guerra afgano-soviética. “Recuerdo muchas cosas de cuando era niño. En aquel momento gobernaba Mohammed Daud Khan y la situación por aquel entonces era mucho mejor, a pesar de la presencia de los muyahidines [grupos armados y fundamentalistas que luchaban contra el Gobierno socialista de Afganistán]. Pero la gente no dejaba que los terroristas estuvieran en los pueblos”, cuenta Omar en un encuentro cara a cara con LA NACION.

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Dentro de dos meses, en noviembre, se cumplirán cuatro años de su llegada a la Argentina. Omar vino con su mujer y sus cinco hijos, tras haber residido casi un año en Brasil para evaluar qué país de América Latina le resultaba más idóneo para vivir con su familia. Ellos forman parte de las 12 personas procedentes de Afganistán en situación de refugio en el país, según Acnur Argentina, en base a datos brindados por contrapartes gubernamentales. Cada vez que menciona a su familia, no puede evitar sonreír. Como tampoco puede evitar que las lágrimas recorran su cara cuando habla de su pueblo en Wadark, aquel que tuvo que dejar a la fuerza por su seguridad y la de sus hijos.

Omar es el cuarto de siete hermanos. A su infancia la recuerda como feliz, pero también asoma el temor. “Un día, mi escuela en Kabul apareció destruida. Habían sido los muyahidines, que ahora puedo llamar terroristas. Pakistán los apoyaba contra el régimen de Daud y el régimen de Mohammed Zahir Sha [rey de Afganistán desde 1933-1973]. Nosotros no queríamos que hubiera guerra. No es justo que nos quedáramos sin escuela”, dice.

Omar Lewall en Wardak, su pueblo en Afganistán, en 1988
Omar Lewall en Wardak, su pueblo en Afganistán, en 1988


Omar Lewall en Wardak, su pueblo en Afganistán, en 1988

“La caída del régimen de Daud sembró incertidumbre en Afganistán. Antes, la gente paseaba sin miedo, tanto de noche como de día. Las mujeres también. Ni siquiera usaban burka. Mi mamá no usaba burka, porque no es de una cultura originariamente afgana. No se trata de vestimenta propia del Islam; fue importada de Inglaterra”.

Secuestrado por los talibanes

“Los muyahidines paraban los colectivos en la ruta y los abordaban. Decían que, aquellos que no tenían barba, eran comunistas y defendían el régimen de Rusia. Por ello, asesinaron a miles de personas. Un día, cuando yo tenía 10 años, los muyahidines nos advirtieron que iban a poner una bomba en nuestro pueblo. Esa misma noche nos fuimos a Kandahar y, al día siguiente, no quedaba nada. La bomba fue muy cerca de la ruta, donde quedaba mi casa. Nos quedamos sin hogar donde vivir”, relata.

Omar recuerda que tuvo mucho miedo. “Cuando llegué a Kandahar, lloraba, pero en secreto. No quería dejar mi pueblo. Aún hoy extraño mi país. Ni siquiera tenemos un sistema de agua potable, bebíamos de los pozos, pero yo extraño incluso eso. Si mañana hay paz, regreso”, afirma.

Cada vez que habla de su pueblo no puede contener las lágrimas.

Pero la situación continuó empeorando y, cuando cumplió 13 años, viajó junto a su padre y su tío a Baluchistán, Pakistán, país fronterizo con Afganistán. Allí continuó la escuela y pidió refugio. Su madre se quedó en Wardak. Omar permaneció allí cinco años. La familia había quedado dividida.

“En Pakistán, en la escuela les enseñaban a los niños a usar armas. En la portada de los libros de los muyahidines decía ‘quien metida tiene un arma, con ella hará la guerra santa’, con la imagen de un kalashnikov. Ese libro lo tenía cada niño de cada escuela de Pakistán, con solo 6 años. Todos los niños afganos que íbamos allá lo estudiábamos y, si nos negábamos, los maestros nos golpeaban. ¿Por qué Estados Unidos y algunos países de Europa apoyaban a Pakistán, cuando enseñaba a los niños a ser terroristas? El islam no acepta esto”, cuestiona.

Omar Lewall con el expresidente de Afganistán Burhanuddin Rabbani, en Peshawer
Omar Lewall con el expresidente de Afganistán Burhanuddin Rabbani, en Peshawer


Omar Lewall con el expresidente de Afganistán Burhanuddin Rabbani, en Peshawer

“Cuando yo era pequeño, los alemanes venían a Afganistán y nos traían medicinas. Nos apoyaban. No entiendo por qué estamos en esta situación ahora. Ni por qué países potencias como Estados Unidos o China apoyaron a Pakistán con millones de dólares. Todos los países que lo apoyaron tienen la culpa de este proyecto para crear terroristas, enseñándoles a usar las armas desde niños. Abdulah Azzan, el fundador de Al Qaeda, nos daba lecturas jueves y viernes a la noche. Por aquel entonces, Osama ben Laden no era famoso. Un día escuchamos un ruido fuerte en Peshawer. Era el asesinato de Azzan. Ahí tomó el mando Bin Laden”, añade.

“Los soldados de Estados Unidos también mataron gente por disparar antes de informarse. En 2008, mi hermano perdió a sus tres hijos en una noche. Llegaron a Shaikhabad desde Kabul para comenzar el Ramadán, a una casa familiar que solía estar vacía. Se levantaron a comer a media noche y a los soldados les extrañó que hubiera luz. Pensaron que habían entrado los talibanes y dispararon sin preguntar. Después pidieron perdón a la familia”, relata.

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Omar estudió la carrera de Economía en la Universidad Islámica de Ciencia y Tecnología, en Jalalabad, Afganistán, y luego la terminó en Peshawer, Pakistán. Se recibió en 1994. En 1992, su familia y la de todavía su futura esposa había acordado su matrimonio. “Yo nunca la vi antes de mi casamiento. Es distinto que acá. Me fui a vivir a Kabul y después a un campo en Peshawer con mi mujer y su familia. A lo largo del tiempo tuvimos cinco hijos, que ahora tienen 14, 18, 22, 23 y 26 años”, cuenta.

Omar fue víctima de un secuestro de los talibanes, en 1994, en Kandahar, dos años antes de que este grupo invadiera Kabul. Él siempre fue fiel al islam, pero no como una imposición. “Las personas como yo teníamos problemas con los talibanes por no llevar la barba larga. Me encerraron por un día, porque creían que yo no era musulmán, hasta que me pidieron que rezara. Si no sabías rezar, te encerraban hasta que aprendieras”, recalca.

Al día siguiente de su liberación huyeron de Kabul: “Tuve que dejar todo, mi ropa, mis libros… Pero había que escapar”. Estaba seguro de que no quería vivir con ese miedo ni con falta de libertad.

Omar Lewal junto a Kamal al Helbawi en Islamabad
Omar Lewal junto a Kamal al Helbawi en Islamabad


Omar Lewal junto a Kamal al Helbawi en Islamabad

Después se fue a vivir a Arabia Saudita, donde trabajó de contador y residió 15 años con su familia. También dio cursos de inglés en el Ministerio de Economía. “Siempre que podía iba a visitar a mi familia a Afganistán. La última vez fue en 2016. Pero Arabia Saudita presentaba un problema para los extranjeros: nuestros hijos, al cumplir los 18 años, debían adquirir un contrato formal de trabajo o tenían que salir del país”, explica.

Cuando su hijo mayor terminara los estudios, toda la familia tendría que regresar a Afganistán, pero Omar no quería que su familia viviera en aquellas condiciones. “Mi mayor sueño era que mis hijos estudiaran, así que analicé si irme a Europa, donde es difícil conseguir la visa, o a América”, detalló. Viajó a Brasil y obtuvo la visa en 2013. Quería conocer qué país sería el mejor de América Latina para vivir con sus hijos. “Elegí la Argentina por el sistema educativo y por el idioma; no miré lo económico”, dice.

Así que volvió a Arabia Saudita en busca de su familia y todos viajaron a la Argentina en noviembre de 2017. Omar adquirió la condición de refugiado a través de la Comisión Nacional para los Refugiados (Conare) y solicitó apoyo a la ong Mirares, socia de Acnur.

“Ahora el mundo ve que los afganos estamos en esta situación, pero está callado. ¿Por qué permanece callado con lo que está sucediendo en Afganistán? Están matando al pueblo afgano inocente”, reclama.

“No hay democracia, pero tampoco vida”

Cuando llegaron, Omar apenas sabía hablar español, pero fue aprendiendo poco a poco con profesores particulares. “Acá es complicado alquilar, eso sí, pero la situación es mejor que en mi país. Por desgracia, no creo que mejore la situación ni que pueda volver. No hay posibilidad de vivir tranquilo allá. Ahora no hay robos, pero tampoco hay vida. No existe la democracia”, recalca.

Ahora no se separa de la televisión y los diarios que publican noticias sobre su país. “Toda mi familia quedó allá. Mis primos, mis tíos... mi mamá murió hace dos años. La semana pasada, los talibanes golpearon a mi hermano en la puerta de su oficina. Él trabajaba en su momento para Estados Unidos como informante. Estuvo secuestrado casi un mes por los talibanes. Lo capturaron en un colectivo cuando iba de Kabul a Gazni, y pudo escapar. Llegó a un jardín y una señora le dio pan y leche y me llamó para asegurarme de que estaba bien. Pero ahora no puede salir por el aeropuerto. Tengo mucho miedo por él”, relata.

Omar solicitó ayuda a Acnur, tanto en la Argentina como en Afganistán, para dar refugio a su hermano.

Omar Lewall no se separa de la televisión y los diarios que publican noticias sobre su país
Ricardo Pristupluk


Omar Lewall no se separa de la televisión y los diarios que publican noticias sobre su país (Ricardo Pristupluk/)

Siempre di apoyo a mi familia. Ahora lo seguimos haciendo por videollamada. Perdí muchos amigos en Kabul. Una noche uno de ellos me invitó a cenar y le dije que estaba cansado, que lo haríamos al día siguiente, pero ese día lo mataron”, cuenta.

Sus dos hijos mayores estudian en la Universidad de Buenos Aires (UBA). El hijo ingeniería química y la hija psicología. Los más chicos van a la escuela.

Omar trabajó en un negocio bangladesí en el barrio porteño de Balvanera durante cuatro meses, pero cerró con la llegada de la pandemia. Después, trabajó otros tres meses en un local similar del mismo barrio.

Ahora comenzó a estudiar para dedicarse a la joyería. “Quería aprender algo nuevo y que me ayudara con el idioma. Mis hijos sí trabajan, pero es más difícil conseguir un empleo para mi mujer y para mí. Queremos acercarnos a la cultura de acá. Les enseñamos libertad y democracia a nuestros hijos. Yo no voy a dejar mi religión, pero hay que adecuarla a la forma de vivir. Mi hijo sí lleva la barba larga y, aunque yo le insistí en que no era necesario para nuestra religión, él quiere llevarla”.

“Nosotros no tenemos ningún problema con ninguna religión. Mi pueblo y mi familia nunca fueron extremistas. Pero los soldados manejaron a todo el pueblo y el mundo no escuchó a mi gente. La gente ve a todos los afganos como terroristas. Somos víctimas, afganos víctimas, del terrorismo y de las guerras. ¿Cuánta gente murió por ataques terroristas? La única forma que tengo de ayudar a mi país es que la gente me escuche. Estoy orgulloso de aprender este idioma y quiero usarlo para explicar cómo sufre mi pueblo”, dice.

“Ya probé la vida en Afganistán estando en guerra y, si me ofrecieran todo el dinero del mundo allá, seguiría eligiendo la Argentina. No se trata de dinero, se trata de vivir en paz”, concluyó.

  • Para donaciones desde la Argentina, podés hacerlo a través de la Fundación ACNUR Argentina ingresando en www.fundacionacnur.org o bien llamando al 0800-345-2444.

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