“Se aferraron a un lugar”: Así fue el Grito a las orillas del Zócalo

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Si a la señora Eva Frías le dieran a elegir, hubiera preferido vivir en la época del movimiento de Independencia, aunque de esta vida, la que le tocó vivir vendiendo boletos de la Lotería Nacional a sus 71 años, tampoco se arrepiente.

“Esos eran otros tiempos, donde lucharon para tener una tierra, lograron que México sea libre. No hay otro país así como el de nosotros: aquí es la gloria. Los mexicanos somos libres –sólo no están libres los que están en el reclusorio”, dice desde su negocio ubicado cerca de Reforma.

¿Qué es ser mexicano? Pregunta paciana. Es desobedecer e ir a donde uno no fue invitado.

Por las calles de Madero y Pino Suárez anduvieron cientos de personas que intentaban llegar al Zócalo para ver de cerca el Grito de Independencia del presidente Andrés Manuel López Obrador, a pesar de que había pedido a la gente no presentarse para cuidarse de la pandemia.

Algunos, sabiendo que no podrían pasar, igual fueron e intentaron suerte, chicle y pegaba, que aquí mucho se sabe de hacer las cosas a la brava.

Foto: Carlo Echegoyen

Mescolanza de símbolos. Por aquí pasaron personas con la playera de la Selección Mexicana; con sombreros charros y sombreros “Zapata”; con atuendos indígenas; con lazos tricolores en las trenzas y diademas lumínicas; con bigotes postizos encima de los cubrebocas; con banderas de México y matracas en una mano, y en la otra la figura de la Santa Muerte; las caras pintadas de verde, blanco y rojo. De los negocios ambulantes sonó la música, corridos y salsas, y por Madero chillaron las cornetas de plástico y los vivas de la gente, que para dar el Grito no hace falta ser presidente.

Algunos ejercieron su mexicanidad cruzando la calle aún con el semáforo en verde y colándose por donde se pudiera.

Foto: Carlo Echegoyen

A diferencia del año pasado, esta vez hubo una porosidad o permisividad que permitió a las personas transitar por las calles aledañas al Zócalo y aproximarse a unos metros. Allí mismo, tras las vallas vigiladas por policías capitalinos, se aferraron a un lugar, como Sergio Callejas, que no por nada vino de tan lejos -desde Arizona- con todo y su familia para ver el Grito, sí, pero también para acompañar al presidente, hacerle sentir que no está solo, no como en septiembre de 2020 cuando López Obrador le dio su grito al silencio.

Para algunos, como para este migrante, ser mexicano es ser militante.

“López Obrador ha hecho mucho con poco y se está viendo lo que está haciendo. Los que tuvieron la oportunidad de hacerlo cuando había, no lo hicieron, se robaron todo. Es un orgullo para mí ser mexicano, es un orgullo la oportunidad que nos dio la vida para presenciar el gobierno de este señor”, dice Callejas con la voz quebrándosele.

Él, que ha vivido más de 30 años fuera del país –se fue luego de que Salinas ganó la elección de 1988–, no cree que México sea un país independiente, porque ni Estados Unidos ni España ni los partidos políticos le han dejado crecer, dice.

Allá, muchos metros adelante, horas más tarde, López Obrador gritará sus vivas a esa libertad y soberanía de la que muchos se acuerdan únicamente cada 15 de septiembre.

En su plantón frente a Bellas Artes, alejada por varias calles, entre lonas y carpas donde habitan familias de desplazados forzados de Oaxaca, Venustiana López, una maestra indígena de la comunidad triqui, no oyó que el presidente también lanzó vivas a “las culturas del México prehispánico”.

“Del presidente no se espera más, él nada más nos recuerda (en el discurso), y en la vida real no soluciona problemas de los indígenas o de los que en verdad queremos ser independientes”, dice. “Habla mucho de que primero los pueblos originarios, pero hasta el momento no vemos la solución, no vemos que sea su palabra, no vemos nada. Somos mexicanos, pero no estamos muy de acuerdo con lo que está haciendo el presidente”.

A los mexicanos les da por suplir ausencias. Ante una plancha vacía del pueblo, López Obrador, parado junto a su esposa, la escritora Beatriz Gutiérrez, vio un espectáculo de luces que le recordará que en este Zócalo se fundó Tenochtitlan, este mismo centro seminal que ayer estuvo vacío de su gente, arrinconada a las orillas.

“Veo mal que está restringido, trato de entender por qué, cuando él ha dicho que es del pueblo y para el pueblo y que a él siempre lo íbamos a cuidar nosotros mismos; yo, siendo indígena, quisiera estar ahí. ¿De qué sirve que no traiga guaruras si nos hace estas cosas?”, se cuestiona Raquel Díaz Gutiérrez, una líder de pescadores de Oaxaca.

Desde su balcón en Palacio Nacional, López Obrador vio también la silueta lumínica de Quetzalcóatl donde hace un año vio las caras de los héroes de la Independencia, los vengadores de los vencidos, proyectadas en los edificios que circundan el Zócalo. En sus arengas vuelven a aparecer Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz, Allende, Vicario, Guerrero y, genéricamente, los “héroes anónimos”. ¿Quiénes son?

Lila Downs suple la ausencia, da rostro a la generalización, en su canción “América Latina”, que resulta ser de las preferidas del mandatario: “soy la fotografía de un desaparecido”, canta en el país de las desapariciones; “mano de obra campesina para tu consumo”, “soy lo que sostiene mi bandera”.

Omar Jonathan, solitario, está sentado entre banderas de México, vestidos, matracas, guitarras de juguete y pinturas, viendo cómo la humanidad se transforma. Cada 15 de septiembre él y su familia viajan a la CDMX desde San Antonio Pueblo Nuevo, Toluca, para vender. ¿Qué es lo que más extraña este joven que en sus piernas carga a su perrita Chihuahua vestida con sombrerito y un vestido? A las personas que se tocan, dice.

“Más que vender, lo hacías con amor y con pasión a tu trabajo porque ves a la gente y la ganancia era buena, pero más era la unidad con el prójimo, relacionarse; ahora las cosas son diferentes, de lejitos, entre menos te me acerques es mejor, si no te sanitizo no te toco, cosas así”, dice.

Los mexicanos también ejercen esa fraternidad que resaltó el presidente en su arenga. Omar Jonathan dice estar orgulloso de haber aprendido cómo fabricar una matraca o un vestido –“todo eso me llena de amor a mis antecesores”—, y Claudia Dorantes, otra comerciante, presume ser hija, nieta y bisnieta de una familia que ha vivido de vender boletos de la Lotería Nacional: “yo soy muy mexicana porque sigo vendiendo billetes y es una tradición de más de 240 años”, resume.

México es un país, pero el patriotismo no tiene lugar fijo. Mucha gente que no pudo entrar al Zócalo decide marcharse, pues la vida sigue. Frente a Bellas Artes hay bares abiertos y, en la calle, parejas aleatorias practican pasos de salsa y cumbia. Hay gente tomándose fotos con artistas disfrazados de revolucionarios; hace ya horas que se marcharon los organilleros.

A los mexicanos, que son dados al esoterismo, les llama la atención una calavera que lleva por túnica una prenda que asemeja la bandera de México. A cambio de propinas, esa calavera obsequia papeles que descifran el destino de las personas en el dinero, el amor y la salud.

Una mujer joven entrega su propina y recibe la clave de su destino de manos de la calavera que bien podría ser una alegoría del país. Lo lee en voz baja, pero rehúsa revelar el contenido.

“Es de mala suerte”, explica.

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