Muchos adultos mayores carecen incluso de los equipos más elementales y útiles

Paula Span
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En 2019, John Hancock había quedado tan discapacitado tras una hospitalización que estuvo casi un año sin poder bañarse o ducharse él solo. Lograba moverse con dificultad por la casa de la ciudad de Baltimore donde vivía con su hija y nieto, gracias a una andadera. Sin embargo, como se sentía demasiado inseguro para meterse en la bañera, uno de ellos tenía que ayudarle a asearse con un baño de esponja.

Entonces, un programa de Johns Hopkins llamado CAPABLE (Community Aging in Place - Advancing Better Living for Elders) envió a una enfermera, un terapeuta ocupacional y una persona que podía hacer reparaciones para instalarle algunos mecanismos de ayuda baratos que le proporcionaron. “Eso significó un cambio tremendo en mi vida”, afirma Hancock, cocinero escolar jubilado.

A lo largo de varias visitas, el equipo le preguntó por sus necesidades y prioridades y le proporcionó una silla para la regadera y un tapete antiderrapante para la tina. El técnico instaló barras de apoyo alrededor de la tina, colocó una regadera de teléfono y agregó un pasamanos junto al inodoro. Hancock aprendió a utilizarlo todo.

“Me siento seguro y protegido”, dijo hace poco. “No tengo que llamar a nadie para que me ayude. Me siento independiente y lo he sido toda mi vida”. Hancock, quien se recupera bien de un reciente derrame cerebral a sus 64 años, puede bañarse solo, además de cocinar, subir y bajar escaleras e ir a la iglesia.

¿Cuántas personas mayores podrían beneficiarse de estos mecanismos sencillos, de bajo costo y que no requieren receta médica? ¿Y cuántos pueden adquirirlos?

Un equipo de la Universidad de California, en San Francisco, examinó los datos nacionales y llegó a una estimación, que se publicó recientemente en JAMA Internal Medicine: alrededor de 12 millones de personas mayores de 65 años, que viven en hogares propios, podrían utilizar equipos que les ayuden a bañarse y a ir al baño con seguridad, dos de las actividades con las que las personas mayores discapacitadas suelen tener más dificultades. Sin embargo, unos 5 millones de ellos no disponen de esos artículos, a pesar de que suelen costar menos de 50 dólares.

Al observar a los beneficiarios de Medicare en el Estudio Nacional sobre Tendencias de Salud y Envejecimiento de 2015, los investigadores identificaron a más de 2600 personas, con una edad promedio de 80 años, que necesitaban esos dispositivos, basados en indicadores como agarrarse de las paredes al caminar y no poder levantarse solos de una silla.

John Hancock en Baltimore, Maryland, muestra la barra de apoyo y la silla para la regadera instaladas en el baño de su casa, el 20 de abril de 2021. (Rosem Morton/The New York Times)
John Hancock en Baltimore, Maryland, muestra la barra de apoyo y la silla para la regadera instaladas en el baño de su casa, el 20 de abril de 2021. (Rosem Morton/The New York Times)

“Ya no son tan ágiles como antes”, comentó Kenneth Lam , geriatra y autor principal del estudio. “Son los padres por los que comienzas a preocuparte”.

De los que podrían haberse beneficiado de una silla y barras de apoyo para la regadera, el 26 por ciento no tenía ninguna de las dos cosas y solo el 40 por ciento tenía ambas. En el grupo que podría haber utilizado un inodoro elevado, un asiento, además de una barra de apoyo para el uso de este servicio, el 44 por ciento no tenía ninguno de los dos y el 24 por ciento tenía ambos. La extrapolación a la población nacional produjo la estimación de cinco millones.

“Se trata de un problema técnico que, a diferencia de lo que ocurre con el envejecimiento, tiene solución”, afirma Lam. Sin embargo, los investigadores descubrieron que, al cabo de cuatro años, muchos de los participantes que lo necesitaban aún no habían adquirido el equipo o habían muerto sin él.

“En el hospital, puedo pedir una resonancia magnética y cobrarle al sistema miles de dólares”, dijo Lam. “Pero en el futuro, eso no ayudará a los pacientes a no caerse. ¿Qué pasa cuando llegan a casa?”.

Los adultos mayores quieren estar en casa. La COVID-19 y sus predicamentos y restricciones han hecho que las residencias de ancianos sean cada vez más impopulares; las tasas de ocupación en el primer trimestre de este año alcanzaron un mínimo histórico, según informó el National Investment Center for Seniors Housing and Care .

Sin embargo, “hay personas en todo el país cuyos hogares no se adaptan a lo que necesitan”, afirma Sarah Szanton , investigadora de enfermería de la Universidad Johns Hopkins y directora del programa CAPABLE, que lleva una década en Baltimore. En la actualidad existen 33 programas similares en 18 estados.

Lo que más preocupa a médicos y terapeutas (y a las familias) en estos casos son las caídas, una de las principales causas de hospitalización y discapacidad de las personas de edad avanzada. Los baños, con sus superficies duras y resbaladizas, suponen un peligro especial.

CAPABLE, con su equipo multiespecializado y un modesto presupuesto de 1300 dólares por hogar para reparaciones, equipamiento e instalación, ofrece a los residentes de bajos ingresos no solo adaptaciones para el baño, sino también agarraderas para la cocina, barandales bien anclados y otros artículos útiles.

Y vale la pena. “En promedio, la discapacidad de las personas se reduce a la mitad”, afirma Szanton. “Su dolor disminuye. Su capacidad para bañarse y vestirse mejora. Las personas que han estado atrapadas en el segundo piso de sus casas durante años pueden ir de viaje con la familia”.

CAPABLE redujo el gasto de Medicaid y podría generar también ahorros en Medicare. Los participantes afirmaron que les ayudó a permanecer en casa, hizo que sus hogares fueran más seguros y los ayudó a cuidarse solos.

¿Por qué no hay más personas mayores que aprovechen estos mecanismos?

Algunas adaptaciones que ayudan a las personas a permanecer en casa, como las rampas exteriores y los dispositivos para subir y bajar escaleras sentado cuestan mucho dinero; los dispositivos básicos para el baño, disponibles por lo general en farmacias e internet, suelen ser más baratos. Sin embargo, el gasto puede seguir siendo un obstáculo.

Medicare cubre el “equipo médico duradero”; es decir, las camas de hospital, las sillas de ruedas y las andadoras”, explica Tricia Neuman , directora del programa de la Kaiser Family Foundation sobre Medicare. “No cubre los barandales ni las barras de apoyo, cosas que se usan en la casa”.

Los planes de Medicare Advantage tienen más flexibilidad, pero un estudio de Kaiser descubrió que de los afiliados a Medicare Advantage, solo el seis por ciento tenía planes que cubrían los equipos de seguridad para el baño.

Un programa federal que el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano anunció hace poco destinará 30 millones de dólares a un programa de modificación de viviendas para propietarios de bajos ingresos de 62 años o más, un paso útil pero pequeño.

Además, el precio no es el único obstáculo para los equipos de asistencia. “Se necesitan sistemas completos para suministrarlo”, afirma Lam. A veces, al enfrentarse al desafío de seleccionar los dispositivos adecuados, pedirlos e instalarlos, “incluso para las personas que los quieren, simplemente es algo que no se concreta”.

Y muchos ancianos no los quieren. “Son símbolos de que están perdiendo el control”, comentó Marcie Gleason , psicóloga social de la Universidad de Texas en Austin que estudia estos temas. “Necesitar estos mecanismos, aunque tal vez les ayuden a mantenerse independientes, se percibe como dependencia”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company