La administración Trump y el acuerdo nuclear con Irán

LA NACION

Los cinco Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas , más Alemania y la Unión Europea, celebraron en el 2015 un importante acuerdo con Irán en virtud del cual el país persa se comprometió a no continuar su procura de armas nucleares, congelando -aunque sólo por apenas una década- la producción de uranio enriquecido, limitar el uso de sus centrifugas y suspender otras inquietantes y peligrosas actividades en ese campo. Ese acuerdo fue, además, expresamente endosado por el propio Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No termina ciertamente con la amenaza nuclear iraní, pero al menos la suspende por un buen rato.

A cambio de ello, Irán pudo hacerse de unos cien billones de dólares que las principales naciones de Occidente mantenían congelados como consecuencia de las sanciones impuestas por su preocupante programa nuclear. A estar a los dictámenes de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Irán cumplió hasta ahora con los compromisos que en su momento asumió.

El presidente norteamericano Donald Trump sostiene con razón que, pese al acuerdo referido, Irán continúa embarcado en otras actividades de alto riesgo que debieran ser interrumpidas, como son las que impulsa con el desarrollo de misiles de largo alcance. Esto está sucediendo como resultado de una revisión profunda de la conducta externa iraní por parte de la nueva administración de Estados Unidos, que parecería apuntar a tratar de obligar a Irán a sentarse nuevamente en la mesa de negociaciones. Trump está ahora sugiriendo que esas acciones debieran emprenderse dentro del marco del acuerdo nuclear existente, pese a que Irán lo está cumpliendo. Para ello, el presidente norteamericano califica al referido acuerdo constantemente de "vergonzoso".

Ese no parecería ser necesariamente el camino adecuado. El acuerdo nuclear actual -respecto del cual, reitero, no hay incumplimientos- debiera ser respetado, aunque complementado con otros. Esta es la posición de Gran Bretaña, Francia y Alemania. La de la Unión Europea, además. Y la de China y Rusia.

Pero nunca dejado unilateralmente de lado, porque ello brindaría a Irán una oportunidad para volver a transitar rápidamente el inquietante camino nuclear que alguna vez pusiera en marcha, argumentando que los acuerdos del pasado o no se respetan o están en una suerte de indefinición o limbo.

Periódicamente, esto es cada 90 días, la administración norteamericana tiene que acreditar a su propio Congreso que Irán está cumpliendo con lo acordado. El próximo informe debe hacerse antes del 15 de octubre. Caso contrario, la legislatura del país del norte, impulsada por algunos de sus miembros republicanos más duros, podría reimponer las sanciones económicas suspendidas en virtud del actual acuerdo nuclear con Irán. Lo que obviamente brindaría una excusa a Irán para no sólo rasgarse las vestiduras, sino además regresar a sus inquietantes aventuras en el capítulo nuclear, oportunidad que los clérigos más duros podrían no dejar pasar.

En su abierta procura del liderazgo regional y claramente envalentonado por el éxito geopolítico obtenido por su participación militar directa en la crisis siria, Irán -es cierto- sigue siendo un muy serio factor de desestabilización en todo Medio Oriente.

Prueba de ello son sus conductas y acciones en las crisis que afectan a Yemen, Siria e Irak. Por esto Beirut, Damasco, Baghdad y Sanna son hoy las ciudades en las que las actividades iraníes que procuran afianzar un liderazgo regional son más aparentes.

Es cierto, Irán es un complejo actor del escenario internacional al que cabe aún calificar de peligroso y no confiable. Pero los pactos deben ser respetados por todos. Lo que no obsta a que, como sostiene el presidente de Francia, Emmanuel Macron, ellos puedan ser ampliados con acuerdos adicionales complementarios, sobre otros temas.

Este último debiera ser el camino a seguir, también por Estados Unidos. Sin demoras. Ocurre que, de lo contrario, la reimposición de las sanciones a Irán fortalecería a sus clérigos más duros y debilitaría al actual gobierno reformista, lo que no sería positivo.

Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.