Los últimos adioses ante la llegada inminente de las tropas rusas a Lyman

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Pavel Borlatschenko se seca las lágrimas al despedir a su mujer, que decidió huir en uno de los últimos autobuses de evacuación de Lyman, una ciudad del este de Ucrania, ante la inminente llegada de las tropas rusas.

"Mi mujer se quedó conmigo hasta el último momento. Esperábamos que Lyman no fuera bombardeada, que todo se resolviera pacíficamente, pero las cosas son como son", lamenta este granjero de 53 años, que se queda cuidando a los animales.

Tras un ataque en uno de los depósitos de la estación, una columna de humo oscurece el cielo.

La ciudad, llamada "Lyman la roja" por sus edificios de ladrillo rojo y con un pasado ferroviario, es la siguiente en la lista de las localidades que caerán a manos de los rusos.

"El enemigo mejoró su posición táctica y trata de llevar a cabo su ofensiva sobre la localidad", señaló el Estado Mayor ucraniano el jueves.

El ejército ucraniano incluso se retiró de la ciudad.

"La situación es muy difícil, toda la zona está rodeada", explica a la AFP Andrii Pankov, el jefe de la región administrativa de Kramatorsk, donde se sitúa Lyman.

Pankov calcula que cerca de la mitad de la región está ocupada por las fuerzas rusas y por tanques que llegan desde el norte.

Las autoridades ucranianas han ordenado a los habitantes que aún permanecen en la localidad que abandonen la ciudad lo más rápido posible. Antes de la guerra, Lyman tenía unos 20.000 habitantes.

"No sabemos cuál será la situación mañana", dijo Oleksiy Migrin, el jefe regional de los servicios de emergencia, que supervisa las operaciones.

- "Llegarán pronto" -

Frente a su casa destruida por los bombardeos rusos, Oleksiy Krylovsky camina entre sus pertenencias, esparcidas por la acera. Hay discos, ropa y todo tipo de papeles.

"Cuando vimos que se iban las tropas ucranianas, entendimos que iba a calentarse [la situación]", dice este hombre de 34 años, que decidió quedarse pese a todo en casa de amigos.

"Los rusos están cada vez más cerca, llegarán pronto", dice este hombre. Como muchos civiles que decidieron quedarse, dice no temer una posible ocupación de las fuerzas de Rusia.

Por diversas razones --económicas, prácticas o personales-- cada vez son más los habitantes de esta región de habla rusa que se declaran pro-Moscú.

Un grupo está reunido frente a una pequeña tienda de comestibles en las afueras de Lyman.

Ya no quieren hablar con la prensa. "Los nazis ucranianos vendrán a matarnos si decimos lo que pensamos", dice una mujer, repitiendo palabra por palabra la terminología usada por el Kremlin.

En cambio, más lejos, en la periferia, una ucraniana que acoge a los refugiados de las ciudades ya tomadas, sirve grandes tazones de bortsch [sopa de remolacha] a los policías que llegaron con provisiones para el asedio: gasolina, alimentos y material para ayudar a dar a luz a una mujer embarazada.

"Ucrania depende de este tipo de personas", manifiesta el jefe de la policía de Lyman, Igor Ugnevenko, antes de marcharse en su coche blindado bajo el fuego de artillería.

Al final de la comida, los abrazos perduran. Los presentes no saben si se volverán a ver.

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