Un adiós prolongado: los funerales también deben postergarse

Kirk Johnson
Arnold y Cheryl Obey en una fotografía proporcionada por su familia. (vía The New York Times)

SEATTLE — Mary Flo Werner murió la semana pasada de cáncer. Unos días después, sus nueve nietos atravesaron las grandes puertas blancas de su iglesia católica en Janesville, Wisconsin, para asistir a la misa de su funeral. Los nueve, más el sacerdote, eran el máximo de diez personas que pueden reunirse estos días, desde que se establecieron límites estrictos a las reuniones públicas en respuesta al devastador brote de coronavirus.

En el estacionamiento de la iglesia, los cuatro hijos adultos de Werner tuvieron que hacer duelo solos. Sentados en sus automóviles, observaron en sus teléfonos y tabletas la ceremonia celebrada en honor de su madre de 74 años.

En Staten Island, Nueva York, la familia de Arnold Obey, director de escuela jubilado de 73 años, no sabe cómo ni cuándo se celebrará el funeral. Obey murió el 22 de marzo por la noche, mientras vacacionaba en Puerto Rico, y su esposa se encuentra en aislamiento en un hotel de San Juan en espera de los resultados de su examen de coronavirus.

Meri Dreyfuss, trabajadora del sector tecnológico en el área de San Francisco y cuya hermana mayor, Barbara Dreyfuss, murió este mes en Seattle víctima del coronavirus, decidió posponer el funeral hasta el otoño.

“No podemos darles debida sepultura a nuestros muertos debido a la situación que vivimos”, se lamentó. “No podemos llorar juntos, no podemos reunirnos a compartir recuerdos, no podemos vernos y abrazarnos”.

Los rituales para rendir honor y decir adiós a los muertos son muy importantes para nosotros. Intentar tocarnos para expresar apoyo y condolencia es instintivo. Sin embargo, el coronavirus, con sus efectos de frustración y encierro (órdenes de quedarnos en casa, prohibición de reuniones multitudinarias y temor de viajar y estar expuestos), ha acabado con esas tradiciones, independientemente de la causa de muerte.

La postergación y la incertidumbre, así como la dolorosa situación de muchas familias que deben decidir quién puede asistir físicamente a una ceremonia y quién no, ahora forman parte de la retórica de los obituarios y las conversaciones familiares, incluso durante periodos de duelo.

“En vista de la COVID-19, se celebrará un funeral familiar” fue la frase que los seres queridos de Ivan Brenko, un hombre de 98 años que murió cerca de Toronto, incluyeron en su obituario. El obituario de James Anthony Michael, de 91 años, quien murió el 18 de marzo en un suburbio de Detroit, decía que, “debido a las inquietudes en torno a la salud, la familia ha decidido celebrar una misa conmemorativa más adelante”.

Reba McEntire, la estrella de la música country, anunció que la ceremonia conmemorativa para su madre de 93 años, Jacqueline McEntire, quien murió de cáncer la semana pasada, tendría lugar en algún momento indefinido en el futuro, “cuando sea seguro que todos asistan”.

Estamos viviendo una época de improvisación frenética y adaptación para las familias y los servicios funerarios; los parientes lidian con su pérdida lo mejor que pueden.

La familia de Norman Merkur, de 86 años, se reunió el 24 de marzo por la tarde para participar en la ceremonia de su funeral a través de Zoom, la aplicación para reuniones en la nube. Merkur, veterano de la guerra de Corea, murió durante el fin de semana, cuando su salud se deterioró debido a la progresión de un linfoma. Presidió el entierro un rabino en el cementerio de Palm Bay, Florida, con la asistencia de 45 parientes y amigos que observaron en línea desde Nueva York, California, Pensilvania y Nuevo Hampshire. Fue una ceremonia breve y tradicional, a pesar de la transmisión nada convencional, y casi no se hizo referencia a la pandemia, sino hasta el final.

“Que todos ustedes se conserven sanos, que todos estén seguros”, suplicó el rabino Craig Mayers al concluir la ceremonia. “Y que podamos reunirnos en el futuro para celebrar debidamente la vida de Norman cuando sea seguro estar juntos”.

Algunas familias deben hacer duelo por turnos.

Una familia llegó a la funeraria Bradshaw-Carter en Houston la semana pasada e informó que esperaban la asistencia de 25 familiares cercanos a una ceremonia programada. “Les ofrecimos que asistieran en grupos de diez”, comentó Michael Carter, cofundador de la empresa. “Diez, por ejemplo, a las dos de la tarde, máximo diez, y después podíamos programar a otros diez para otra hora, digamos las tres, para tener algo de tiempo, ya que debemos esterilizar las instalaciones”, explicó.

Aunque algunas familias se las ingenian para hacer ajustes, otras siguen inquietas sin saber cuándo será posible organizar una celebración tradicional a la que puedan asistir familiares y amigos para decir adiós.

Nancy Moncrief tuvo que posponer el funeral de su hermano de 76 años, Henry Wray Eversole Jr., quien murió hace poco de linfoma, y dijo que ahora su preocupación principal es su madre, de 95 años.

“Está muy afectada”, comentó Moncrief. “En cualquier otra época le afectaría, pero ahora es todavía peor porque nadie puede venir a darle un abrazo y decirle cuánto sienten que haya perdido a su hijo”.

This article originally appeared in The New York Times.


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