No hay manera de decir adiós

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Cuando la madre de la autora se contagió de COVID-19 en abril de 2020, ella supo qué es lo que perdemos cuando enviamos mensajes de texto. (Dadu Shin/The New York Times)
Cuando la madre de la autora se contagió de COVID-19 en abril de 2020, ella supo qué es lo que perdemos cuando enviamos mensajes de texto. (Dadu Shin/The New York Times)

Mi madre no era una persona que enviara mensajes de texto. Cuando se compró un iPhone por primera vez en 2019, sus mensajes de texto eran confusos, con espacios desconcertantes entre las palabras. En varias ocasiones me dijo que el formato se le dificultaba, que si, ¡por favor, podría llamarla en lugar de enviar mensajes, por el amor de Dios!

En los años previos a la pandemia, me llamó con frecuencia, a veces a diario. Mis padres estaban en Westchester, Nueva York, y yo estoy al norte del estado, en Ítaca. Mi madre no quería perder el contacto. Si la mandaba al buzón de voz, dejaba un mensaje para preguntar por mi dolor de muelas crónico, por los partidos de fútbol de mi hijo, o por el progreso de mi libro, y me informaba de sus propios altibajos de salud. Ella seguía trabajando de tiempo completo como psicoterapeuta, pero luchaba contra los padecimientos propios de la edad avanzada.

Yo la llamaba de manera intermitente, pero a menudo le respondía con mensajes de texto, que ella consideraba un rechazo por ser tan escueto y sin compromiso, tan diferente de las largas conversaciones que ella anhelaba.

No obstante, cuando hospitalizaron a mi madre en abril de 2020 con COVID-19, los mensajes de texto se convirtieron en un salvavidas, un extraño ombligo digital que nos conectaba a través de un espacio no transitable. Para muchos de nosotros, así fue como perdimos a nuestros seres queridos en la distancia. No conversamos en persona, no la tomé de la mano.

Marzo de 2020: Estoy sentada en una playa de Miami, donde mi esposo y yo hablamos como si estuviéramos en vísperas de una guerra. Construyo sirenas de arena con mi hijo de 6 años mientras leo en mi teléfono información de Italia, el nuevo epicentro de la pandemia. Las iglesias de ese país se están llenando de ataúdes. Encuentro un artículo científico que sugiere que una de cada 10 personas mayores de 70 años morirá a causa de este virus nuevo.

Desde el lugar donde retozo en la arena, le envío un mensaje de texto a mi madre que está en Nueva York: Por favor, no salgas de la casa, le imploro. ¡Si sales de la casa, te vas a morir!

Dos semanas después, mi padre llama para decirme que mi madre se fracturó la cadera. La estaban sometiendo a cirugía en el hospital para curarla. Mi padre estaba acongojado. “La escuchaba gritar,” afirmó. Mi madre tiene 77 años y se está recuperando de un tratamiento contra el cáncer de pulmón. Ya es vulnerable, y una cadera fracturada enciende la alarma en muchos sentidos: el riesgo de complicaciones de salud, la vulnerabilidad ante la COVID-19, la proximidad de la muerte.

Tras la operación, los médicos insisten en que necesitará atención las 24 horas del día, además de terapia física y ocupacional. La trasladan a un asilo para adultos mayores que está a 5 minutos de la casa de mis padres. Tendrá que estar sola, sin visitas externas, pero al menos estará segura. Mi madre me cuenta por FaceTime que el centro no le permite lavarse las manos. Guarda un frasquito de desinfectante para manos debajo de su almohada como si fuera de contrabando y habla en voz baja sobre cómo escucha toser a las personas a través de las paredes.

El representante del asilo me asegura que no tienen ningún caso de COVID-19 y que están tomando todas las precauciones necesarias, pero a mí me invade la preocupación.

Cuando el virus llega a la residencia donde está mi madre, la despiertan a medianoche para hacerle una prueba. Su prueba es negativa y la llevamos a casa, pero el alivio es efímero. Al día siguiente por la tarde, cae enferma. He estado leyendo crónicas sobre la COVID-19 en internet y reconozco su sello: la tos seca que surge de la nada, la fiebre baja que sube de repente. Una ambulancia la lleva a urgencias, desde donde me envía un mensaje de texto con una mezcla febril de palabras: tirrezxctired.

Esa noche, cuando da positivo al virus, siento como si el cuerpo se me hubiera vuelto de plomo, como si fuera a atravesar el piso. No: como si el piso ya no existiera.

No hay una impotencia tan grande como la de ver a tu madre luchando por respirar a través de una videollamada, sabiendo que no puedes acercarte al lugar de su angustia.

El teléfono no logra satisfacer el anhelo de tacto y cercanía física. No es un sustituto de la presencia. Tratar de mantenerme despierta a través de una pantalla solo me recuerda que no estoy allí. Estoy encerrada en la sala de mi casa a 4 horas de distancia de mis padres, que están lejos el uno del otro.

Mi padre se enferma de COVID-19 cinco días después del diagnóstico de mi madre. Quiero conducir hasta allá para quedarme con él, pero me da miedo que, si enfermo, no pueda ayudar a nadie. Un día, hablando por teléfono, a mi padre le falta tanto el aliento que no puede terminar una frase. Lo mando al mismo hospital que mi madre, quien no tiene ni idea de que está ahí. Cuando una enfermera le pide a mi padre su formato de no reanimación, pienso: Pronto me quedaré huérfana.

A los seis días del inicio de la enfermedad de mi madre, esta rechaza las llamadas de audio y video. Le dificultan demasiado la respiración e intuyo que no quiere que la vea así. En lugar de eso, se pone en contacto conmigo a través del medio más impersonal, el que tanto le desagradaba.

Los mensajes de texto que me envía se sienten ajenos, aislados entre sí.

Por favor, ve por el perro.

¿Cómo está tu papá?

Esto es muy difícil.

Todos usamos los mensajes de texto para estar conectados incluso cuando tenemos a las personas a medio metro de distancia. Antes de la pandemia mi madre me dejó claro que los mensajes de texto no transmitían la intimidad que ella ansiaba. A medida que pasaron los días sin que yo le llamara, mi madre comenzó a enviar correos electrónicos vacíos con frases cortas en el título para hacerme hablar y salir de mi clásica evasión emocional.

¿Te raptaron los extraterrestres?

¿Te tragó la tierra?

Mi madre tiene una máscara de oxígeno; mi madre está en una cápsula de oxígeno; mi madre se está ahogando.

Tiene neumonía bilateral y dificultad respiratoria aguda. Los doctores me explican su inflamación como una “tormenta de citoquinas” que está devastando su cuerpo.

Su deterioro es abrupto, transcurrieron solo 17 días entre su diagnóstico y su fallecimiento. Al ver en retrospectiva nuestros mensajes a lo largo de esos 17 días, me doy cuenta de un cambio: ahora soy yo quien la busca con mensajes de texto largos y frecuentes que buscan prolongar el tiempo.

Quiero estar contigo sosteniendo tu mano.

Sé que hay esperanza, estoy orando muchoMamá, te extraño mucho. ¿Estás ahí?

Por otro lado, las respuestas de mi madre se hacen más breves. Nuestras interacciones finales son como una abertura que se cierra, la última ventana por la que puedo mirarla.

Lo sé, me responde en algún momento, es muy difícil.

Dan de alta a mi padre para que convalezca en casa, y yo lo cuido a través de un iPad, manteniendo su cara cerca de la mía mientras dormimos para poder escuchar su respiración. Cuando mi madre muere, al principio no se lo digo, por miedo a que él muera después, pero, a medida que pasan los días, su respiración se hace más profunda, y las fiebres que se apoderaron de su cuerpo empiezan a remitir, y yo pronuncio las palabras. Él las ha estado esperando, pero a pesar de eso su rostro se rompe de una manera que no habría creído posible.

Guardo los últimos mensajes de texto de mi madre, pero no tienen su voz: el rasposo acento judío del Bronx, la calidez, su manera de bajar el tono cuando sabía que nuestra llamada tenía que terminar, tan llena de anhelo y amor: Está bien, mi cielo… nos hablamos pronto.

© 2022 The New York Times Company

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