Por qué la Argentina tiene una manera soviética de ver a la economía

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Cada vez más empleados en el sector público de las provincias
Cada vez más empleados en el sector público de las provincias

Cuenta la historia que en la antigua Unión Soviética los directores y empleados de las fábricas de cristales eran recompensados en función de las toneladas producidas. Entonces, la mayoría de las fábricas producían láminas de vidrio tan gruesas (para producir muchas toneladas) que apenas se podía ver a través de ellas. Esos mismos reguladores que siempre controlan todo y nunca producen nada, cambiaron las reglas para que los directivos y los empleados fueran recompensados según los metros cuadrados de vidrio producidos. Los resultados fueron previsibles: con las nuevas disposiciones, las empresas soviéticas producían un vidrio tan fino que se rompía fácilmente.

Obvio que para los reguladores, los directores y los empleados eran los culpables de la baja eficiencia en la producción de cristales.

Es imposible, a mi gusto, generar un clima de inversión próspero sin tener en cuenta a los protagonistas de la producción, siempre desconfiando de ellos, o sometiéndolos a millones de disposiciones burocráticas.

El placer de recibirlos nuevamente en este espacio, que intenta demostrar que cuantas más aclaraciones necesita una regulación, más oscura luce, y que cuando se regula en exceso más desconfianza se genera, provocando una caída en las inversiones. Sin ellas es imposible generar crecimiento, trabajo, consumo y rentabilidad para generar ahorros.

Siento que en nuestro país tenemos esa manera soviética de ver a la economía. La desconfianza que genera el intervencionismo provoca el verdadero círculo vicioso en el que se encuentra hace tiempo nuestra querida Argentina.

Adaptando una frase de José Ingenieros, déjenme decirles que el emprendedor o empresario pyme quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan elevarlo, mientras que el vanidoso regulador cree encontrarse ya en la cumbre del conocimiento como para imponer su saber a los demás.

El problema en la Argentina ya es cultural. Parece que nos identificamos con modelos de negocios con más burócratas intervencionistas que con emprendedores dispuestos a arriesgar tiempo o capital.

Como dice mi mujer, en la secundaria te enseñan contabilidad y control antes de incentivarte a emprender o a manejar tus finanzas personales. Y quizás esa sea la peor muestra de la descapitalización del país: la falta de inversión en educación que transforme. La economía podrá rebotar, pero, sin recursos humanos aptos, el rebote será efímero.

Es como comprar un auto nuevo, endeudarnos para ponerle un alerón, pero nunca hacerle un service, nunca cambiarle el aceite, nunca controlar el aire de los neumáticos y, además, usar nafta de muy baja calidad. Tarde o temprano el auto va a empezar a fallar y se nos va a hacer difícil hacerlo arrancar, pero lo que es aún peor: luego le echamos la culpa a la marca o a la fábrica del auto, o al que nos prestó el dinero para comprar el alerón.

La inversión es la columna vertebral del crecimiento. Para que exista, necesita tres pilares. 1) Ahorro. 2) Confianza. 3) Reglas claras y sostenidas en el tiempo.

Aunque vivas en una hermosa casa, si se queda sin luz, sin gas y sin agua se convertirá en inhabitable. Por más lujoso que sea tu barco, si tiene agujeros terminará hundiéndose. Por más que un camión de transporte sea nuevo, será difícil que sea eficiente si los caminos están en mal estado.

Moraleja: por más que consumas, sin la inversión suficiente que garantice al menos su mantenimiento, tarde o temprano serás el dueño de los bienes, pero no tendrás una útil disposición de estos. Creo que el gráfico que acompaña esta nota es contundente. Ya ni hace falta que siga escribiendo.

Si no revertimos la falta de inversiones en forma urgente, el destino de nuestros hijos será peor que el nuestro. Cuando uno revisa la situación de los países más pobres del mundo, un factor común es su desinversión en infraestructura y en educación.

Una muestra clara es ver cómo Haití y República Dominicana nacieron con la misma naturaleza, compartiendo la Isla La Española, en el mar del Caribe, separados por una frontera de apenas 376 kilómetros. Pero Haití y la República Dominicana viven, al mismo tiempo, dos realidades muy diferentes, separados también por sus niveles de pobreza, la riqueza de sus economías y la estabilidad de sus sistemas políticos. Dominicana desarrolló una espectacular infraestructura turística que le permite tener mejor calidad de vida con un PBI per cápita de US$17.000 mientras que el de Haití es de solo US$2000. La clara diferencia por invertir (o no) en infraestructura.

Simple, la inversión cae por falta de confianza en un futuro mejor. Como digo siempre, la confianza ni se compra ni se vende, se siente o no se siente.

Piense un segundo a quién le dejaría administrar la plata de sus hijos. ¿A quien te miente todo el tiempo? ¿A quien dice una cosa y hace otra? ¿A quien culpa siempre a otro por sus errores?

Si vos no lo harías, ¿por qué vendrían otros inversores entonces? Podrá hacerlo un fondo buitre acostumbrado a lidiar con ambientes perversos, pero no alguien que piense en sus hijos.

Por último, quiero complementar esta nota describiendo un error muy común en todos nosotros, que es el de poner como excusa “el costo hundido”. Funciona como un autoengaño que puede arruinarnos por nuestra dificultad por admitir el fracaso. Un costo hundido es una inversión ya realizada aportando capital, tiempo, o esfuerzo. Y pasa en muchas índoles de la vida (pareja, negocios, ocio).

El problema reside en que, por el afán de recuperar la inversión realizada, seguimos arriesgando capital, tiempo o esfuerzo, cuando los motivos que determinaron nuestra decisión se han modificado. Pero nos negamos a cambiar.

Algunos buenos ejemplos utilizados por el economista español Carlos López: vas a un restaurante, comés muy bien, pero pedís una torta de chocolate. Comés la mitad y ya estás lleno, pero como la torta es muy cara decidís terminarla. Creés que estás amortizando el costo, pero luego lo pagás con tu salud, haciendo ineficiente tu ecuación inicial.

Comenzaste a ver una serie de Netflix que te recomendaron. Llevás ya cinco episodios y definitivamente no te gusta, pero la seguís viendo porque la temporada tiene nueve episodios y ya viste más de la mitad. La cosa no mejora y terminaste perdiendo nueve horas más.

Empezás un negocio, dedicás los ahorros de tu vida y llevás un año luchando por sacarlo adelante, pero no hay manera, hay mucha competencia y otros lo hacen mejor y más barato que vos. Pedís dinero prestado para intentar aguantar, pero será el crédito más caro de tu vida.

Cuantos más recursos invertís en un proyecto más te atás a él emocionalmente y más te cuesta abandonarlo. Si una situación no va a mejorar, aunque inviertas más tiempo, dinero o energía, lo mejor es abandonarlo. La pregunta no es cuándo recuperarás la inversión, sino cuánto estás dispuesto a perder.

Amigo lector, ¿cuánto estamos dispuestos a perder manteniendo siempre nuestra política antiproducción, antiinversión?

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