¿El fin de las abuelas cuidadoras? Por la pandemia ya no están tan presentes en la vida cotidiana de sus nietos

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María Cecilia Lovisolo le lee a su nieta Alfonsina, de 3 años
Fabián Marelli

“¿Cómo puede ser? Van a la escuela, a los cumpleaños en la plaza ¿y a la casa de la abuela no pueden venir? ¿Cuándo nos van a habilitar a las abuelas?” El reclamo cuasi gremial que le hizo Matilde Adonis a su hija tiene un objetivo: que vuelvan las pijamadas de nietos a su casa los viernes por la noche. Pero pone en palabras mucho de lo que les pasa hoy a miles de abuelas y abuelos que, con las nuevas restricciones, ven cada vez más lejos el retorno de esa proximidad que tanto añoran con sus nietos. Hace un par de semanas, Matilde llamó a su hija Ana y le deslizó la idea de que ese viernes fueran Sofía y sus primas para hacer un día de nietos. El argumento: ya tiene la segunda dosis de vacuna contra el Covid-19. “Mamá, los chicos están yendo al colegio, pueden contagiarte algo. Además no se puede”, le reiteró la hija. Pero fue inútil, la abuela estaba enojada. Está harta, dice. “Estoy cansada de esperar. Yo envejezco y los chicos crecen. Cuando todo esto termine, van a ser grandes”, protesta. Cuando se enteró de las nuevas medidas, se enojó más. “Nadie piensa en las abuelas”, sentencia.

La pandemia significó en muchos casos el fin de los abuelos cuidadores. Ya no se los ve en la salida del colegio, esperando para retirar a sus nietos, como era muy frecuente. Tampoco los cuidan en sus casas mientras los padres trabajan, ni los invitan a tomar la leche ni los llevan a la plaza. En parte, porque muchos padres y madres trabajan desde su casa, y también porque hay que evitar exponerlos. Otros abuelos, sobre todo los que tiene nietos más chiquitos, están más activos que nunca porque pasaron a cumplir un rol fundamental para que sus hijos puedan hacer homeoffice, principalmente los que viven en distritos en los que las guarderías y los colegios están cerrados.

Desde que comenzó la pandemia, Liliana Karinkanta dejó de cuidar a sus nietos y los ve muy poco. "Es un sufrimiento terrible", dice
ALEJANDRO GUYOT


Desde que comenzó la pandemia, Liliana Karinkanta dejó de cuidar a sus nietos y los ve muy poco. "Es un sufrimiento terrible", dice (ALEJANDRO GUYOT/)

“La distancia con los nietos es un tema que los preocupa y los impacta cognitivamente”, explica Julián Bustín, jefe de la Clínica de Gerontopsiquiatría y Memoria de Ineco. “Los nietos tienen mucha influencia en el bienestar emocional de los abuelos. Si les preguntás qué es lo que más disfrutan de esta etapa, dicen compartir momentos con nietos, hijos y amigos. Y mencionan primero a los nietos. Me lo dicen todo el tiempo en el consultorio. Porque es de las cosas que más los motivan. Y se sienten frustrados. Están muy cuidados, pero se sienten socialmente aislados. Es muy importante que tengan un distanciamiento físico, pero no social. Porque, a medida que se prolonga, se les hace cada vez más difícil. Si bien muchos usan videollamadas, no es lo mismo. Y la gente se cansa de ese tipo de interacción”, agrega.

“Es un sufrimiento terrible”, resume Liliana Karinkanta, abuela de Violeta, de 8 años; de Lola, de 9; de Gaity, de 3, y de Emma, de 3 meses. “Con las más grandes, hacíamos pijamadas, salidas de abuela y nietas. Todo eso desapareció. Además, a las dos las cuidé desde que las desamamantaron. Los padres se iban a trabajar y me las dejaban. Una a la mañana y la otra a la tarde. Esto era una fiesta. Llegaba una del colegio y la otra se iba. Había dos turnos de almuerzo y yo hacía todo y estaba feliz. Ahora, todo ese tiempo se lo dedico a las plantas. Leo, miro películas, pero el tiempo no se pasa. Sufro un montón. Ya me di la primera dosis de vacuna, pero igual no nos descuidamos. En el verano nos veíamos en la plaza o en la calle, pero no es lo mismo. Una ya no está tan presente en la vida cotidiana de los chicos y ellos tampoco en la nuestra. Hay cosas que no se reemplazan con videollamadas”, dice Liliana, que tiene 61 años. “Las abuelas estamos deseando ese día que nos dejen volver a trabajar de abuelas. Buscar a los nietos en el colegio, hacerles la leche, pero sobre todo poder volver a abrazarlos y llenarlos de besos”, relata.

Menos actividades

Enrique Amadasi es el investigador que dirigió los últimos informes del Observatorio de los Adultos Mayores de la UCA y actualmente lleva adelante una investigación para la Fundación Navarro Viola sobre el impacto del sentimiento de soledad en mayores durante la pandemia. “Al comienzo de la pandemia, creció en la población general el miedo a sentirse solos. El principal refugio fue la familia. Se sobreactuaron quizá las relaciones de familia, y en el caso de los adultos mayores el impacto fue que se volvieron más dependientes. La buena noticia es que la familia respondió y estuvo como espacio de contención. La mala es que muchos perdieron esa autonomía que los mantenía vitales. Desaparecieron los proyectos personales que los mantenían motivados”, dice Amadasi. Y enumera: los viajes, los paseos, los cursos en los que se encontraban con otras personas, e incluso los nietos. Con la pérdida de estas actividades, explica, también desapareció la motivación de prepararse el día anterior, comprarse ropa, comprar galletitas que le gustan a los nietos, planificar un viaje o un encuentro con amigas. “Después del nido vacío, a la persona mayor le costó armar un proyecto de vida, pero lo logró. Encontró una motivación para salir de la cama cada día. Luego llegó la pandemia y borró de un plumazo todos esos proyectos. Y con ello, se llevó por delante la autonomía. El impacto es grande”, considera Amadasi.

Marta Panaia tiene 75 años, es investigadora del Conicet y docente de posgrado. Casi todo lo que hacía antes de la pandemia ahora lo hace a distancia. Pero hay algo que resultó irreemplazable. La relación con los nietos. “Es una gran pérdida. Así lo siento. Nosotros teníamos los miércoles de abuela. Mis nietos venían a casa, tomaban la merienda, íbamos a la pileta, pintábamos… pero resulta que esta pandemia nos cortó esa posibilidad. Los feriados venían a hacer pijamada y los dejaba invitar a amigos. Todo eso se perdió”, lamenta. “Por supuesto que uno entiende que es por nuestra seguridad, aunque es triste igual. Al principio les contaba cuentos por Zoom, pero los más chicos se enojaban y se ponían mal. O si no, se olvidaban y me dejaban colgada”, cuenta. En el verano, tuvieron cierta revancha. Los iba a buscar y se iban a la plaza. Tenía que repartir el tiempo, ya que la demanda con cinco nietos es alta: Milo, de 10 años; Alma, de 7; Iván y Lautaro, los mellizos de 6 meses que nacieron en la pandemia, y Lucía, de un mes. “Nos gusta escribir cuentos. A veces los hacemos por Zoom. Ellos me dicen palabras y yo voy escribiendo, y después se los imprimo y se los llevo. Por ahora es lo que podemos hacer”, cuenta.

María Cecilia Lovisolo es de las pocas abuelas que, por necesidad de los padres, todavía concurre a las casas de sus nietas a cuidarlas
Fabián Marelli


María Cecilia Lovisolo es de las pocas abuelas que, por necesidad de los padres, todavía concurre a las casas de sus nietas a cuidarlas (Fabián Marelli/)

La pérdida de ese rol social y familiar que les significaba ejercer como abuelos les duele y mucho. “Para tener un cerebro saludable los factores más importantes son estar socialmente activo, tener una dieta saludable, controlar los factores de riesgo, tener un proyecto y estar cognitivamente estimulados”, detalla Bustín. “Durante este último año, todos esos factores se vieron afectados. Clínicamente estamos viendo que la salud cognitiva y la capacidad de memoria y atención de las personas mayores fue empeorando. Los planes a futuro desaparecieron, la dieta empeoró, los controles médicos desaparecieron. Y los nietos, que significaban una estimulación enorme, redujeron su gravitación en la vida de los abuelos”, explica Bustín.

María Cecilia Lovisolo Farrell es de las pocas a las que la pandemia le aumentó el trabajo. “Soy abuela de tiempo completo, estoy a full en las dos casas”, dice. Tiene 60 años. Cuando se puede organizar, ya que es coach y acompañante espiritual, cuida a Alfonsina, de 3 años, o a Antonia, de 4. Hace poco se mudó a Pilar, pero no duda en hacer todo el viaje hasta Caballito o a Belgrano para cuidarlas. Como son chiquitas, la presencia de la abuela es fundamental. En el caso de Alfonsina, por ejemplo, para que su mamá pueda trabajar desde la casa, atendiendo llamadas a un call center. “No tiene una edad en la que se autogestiona o se entretiene sola. Hay que estar con ella, porque sino termina apareciendo de fondo en las llamadas. Para mí es un placer poder estar. La llevo a la plaza, a danza. Disfruto cada momento. En 2019, me retiré después de 40 años de trabajar. Y me pregunté qué iba a hacer de mi vida. Entonces hice un curso de coaching. Pero llegaron las nietas y ya no hubo dudas”, cuenta.

Producción Paola Florio

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