Abraham Jiménez Enoa, periodista cubano: “Desde 2016, mi vida es esto: me secuestran, me interrogan y acosan a mi familia”

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Abraham Jiménez Enoa, periodista independiente en La Habana
Gentileza: Abraham Jiménez Enoa

Abraham Jiménez Enoa no tiene miedo. Sabe lo que le puede pasar por ser periodista independiente en Cuba porque ya le pasó: varias veces lo secuestraron, interrogaron a sus familiares y amigos, y el año pasado lo desnudaron y retuvieron durante horas. Aunque también sabe que puede ser peor. Lo ve en colegas, que hoy están presos. Pero eso no lo frena y su respuesta es seguir reportando desde una isla donde la única información habilitada es la oficial.

“Desde 2016, mi vida es esto: me secuestran, me interrogan, acosan a mi familia y amigos. De hecho, me impiden salir del país”, dice a LA NACION Jiménez Enoa, de 32 años, en una llamada por WhatsApp, con la voz cansada después de cuatro días de cobertura por las históricas protestas en las que por lo menos siete periodistas terminaron detenidos. Él se salvó porque, literalmente, se escapó de las manos de un policía.

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En 2016, el joven fundó una revista digital dedicada al periodismo narrativo, El Estornudo, proyecto que dejó el año pasado. En la actualidad, escribe para el diario The Washington Post (Estados Unidos) y la revista Gatopardo (Colombia y México), y cuenta la realidad de su país a través de Twitter, algo que continuó haciendo en estos días, pese al apagón digital ordenado por el régimen de Miguel Díaz-Canel. Ahí, en las redes sociales, es donde el periodista encuentra una de las principales explicaciones a las protestas, que fueron perdiendo fuerza, pero, tal como él augura, no se apagarán. “Sin internet nada de esto hubiera sucedido”, afirma.

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—¿Cómo es ejercer el periodismo en Cuba, sobre todo en estos últimos días?

—Es un reto. Acá es muy difícil ser periodista independiente. Todos los medios de comunicación, según la Constitución, están subordinados al Partido Comunista de Cuba. Y el que no trabaja en esos medios obviamente es ilegal. Por eso a nosotros, los periodistas independientes que escribimos para medios de afuera, nos persiguen, nos acusan, nos reprimen. Eso es nuestro día a día. Y en un contexto como el de hoy, eso se multiplica por nueve. Por eso el régimen desconectó a la isla. Ya van casi 72 horas sin internet, aunque ha empezado a regresar gradualmente, pero estuvimos mucho tiempo sin poder conectarnos… por eso se hace muy difícil todavía hablar de cifras, de cantidad de detenidos, de gente desaparecida. El saldo real de las protestas está siendo muy difícil de conocer porque no hay información, porque hay mucha gente que todavía no se ha podido conectar, que no ha podido hablar con su familia.

—En tu cuenta de Twitter te mantuviste activo pese a los cortes de internet, ¿cómo hiciste?

—Yo estuve conectado casi todo el tiempo porque tengo una manera de hacerlo de manera clandestina.

—Entre los cortes y la comunicación centralizada en los medios oficiales, ¿cómo hicieron para recabar información?

—Viendo lo que había en las redes y saliendo a la calle. Estuve todos estos días en la calle, menos hoy, que ya casi no hay ningún síntoma de protesta. El domingo fueron masivas, en casi 50 lugares del país, por primera vez en seis décadas en Cuba, y luego siguieron, en menor medida, pero fuera de La Habana. La Habana está militarizada. Y es muy difícil que se vuelva a producir algo acá, al menos en estos días, porque la gente vio con la violencia y la agresividad que se mostró el gobierno para aplacar las protestas.

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—¿Fuiste testigo de esa violencia?

—Sí, yo presencié golpes a personas, militares armados, acuñando pistolas, con perros, con escopetas. Sí, le vi el rostro desnudo al régimen.

—A vos te han detenido en el pasado, ¿tuviste miedo a que te volviera a suceder en estos días?

—A mí me viene sucediendo. Desde que hago esto [periodismo], en 2016, mi vida es esto: me secuestran, me llevan a interrogatorio, acosan a mi familia y a mis amigos. De hecho, me impiden salir del país. Nunca he salido de Cuba porque estoy en una lista de más de 200 personas que por razones políticas no podemos salir del país. Estamos en una suerte de prisión acá. Volviendo a tu pregunta, en la protesta [del domingo] un agente vestido de civil me agredió, estuvimos forcejeando, intentó quitarme el teléfono, pero logré escurrirme y mandarme a correr y escapar.

—De estas situaciones que vivís desde 2016, ¿cuál fue la peor experiencia que viviste?

—Yo creo que la peor fue la última. Fue a finales del año pasado, cuando me citaron a una unidad policial, allí me desnudaron, me montaron en un carro, me pusieron las esposas y me trasladaron a otro sitio sin yo ver, con la cabeza abajo, cuerpo abajo, con las esposas puestas en un carro, empujándome hacia abajo. Y yo no sabía dónde me llevaban. Y de pronto me llevaron al lugar donde radica la seguridad del Estado y ahí me interrogaron, me amenazaron con llevarme a prisión, me tuvieron cerca de siete, ocho horas. Hasta entonces, las agresiones nunca habían sido físicas y ese día, sí.

—Y ese día, ¿por qué te detuvieron?

—Por hacer periodismo en Cuba. Siempre es por eso. Por hacer periodismo al margen del Estado.

—Por lo que contaste después, en esa oportunidad te exigían que dejaras de escribir para el Washington Post. ¿Consideraste dejar de escribir en algún momento?

—No, eso no pasa por mi cabeza. He seguido escribiendo. De hecho, al día siguiente que me lo dijeron saqué un texto.

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—¿Qué es lo peor que creés que te puede pasar?

—Que me que me lleven a prisión, como hay cientos de presos políticos en Cuba y como ahora mismo hay siete periodistas presos que han estado cubriendo como yo las protestas.

—Hasta ahora se sabe que hubo un muerto y cientos de desaparecidos por las protestas. ¿Se va a empezar a conocer un poco más de qué es lo que pasó?

—Yo creo que a medida que la gente se empiece a conectar y a contar lo que pasó o lo que está pasando, que no se sabe, se va a saber la magnitud de lo de lo que ocurrió.

—Hablando de conexión, ¿qué papel creés que tuvo el acceso a internet ahí en Cuba en relación a las protestas?

—Fue fundamental. Sin internet nada de esto hubiera sucedido. Desde que llegó a Cuba el acceso a internet, alrededor de 2015, gradualmente eso ha empoderado al pueblo. Antes no había una manera en que la gente se pudiera expresar y esto le ha dado esa posibilidad. No solo se ha empoderado sino que ha saltado de la virtualidad a la realidad y entonces justamente cuando detonaron estas protestas en dos lugares, la gente de esos lugares transmitía en vivo y eso fue lo que hizo contagiar el resto del país.

—¿Temés que vuelva a haber cortes de internet para evitar otras protestas?

— Es una estrategia. Esta protesta que sucedió ahora es porque hace meses se vienen suscitando chispazos sociales y cada vez que suceden, el régimen quita internet o cuando no, lo hace en particular a periodistas. Porque acá hay una sola empresa de comunicación, todo es del Estado, y esa única empresa incluso puede particularizar. De pronto el gobierno llama y dice ‘quita el internet ahora Abraham Jiménez Enoa’, y me lo quitan. Pero cuando hay cosas así de masivas lo desconectan completo.

—¿El hecho de que la protesta haya surgido en las redes hizo que los manifestantes fueran principalmente jóvenes?

—Había de todo. Al final es un pueblo entero el que está sufriendo las penurias y la ineficacia de este gobierno. Así que había ancianos, jóvenes, gente de mediana edad, niños. Había gente negra, blanca, de todo

Las protestas del domingo se iniciaron en la ciudad de San Antonio de los Baños, en el suroeste de La Habana y se extendieron por todo el país
Getty Images


Las protestas del domingo se iniciaron en la ciudad de San Antonio de los Baños, en el suroeste de La Habana y se extendieron por todo el país (Getty Images/)

—¿Qué es lo que buscan cuando salen a protestar contra el régimen?

— Además del cúmulo histórico de falta de libertad y derechos, hoy en Cuba estamos en una crisis tremenda. El sistema de salud está colapsado por la pandemia, no hay medicamentos, hay escasez, no hay comida. Y hay muchos apagones de electricidad. Esa situación puntual digamos que provocó esto, pero la gente, amén de decir que quería comida, medicamentos y tal, lo que pedía era libertad, pedía ‘abajo la dictadura’, el cambio de régimen.

—¿Y creés que ese cambio de régimen puede suceder?

—No creo porque al final estamos una dictadura militar. Es un país dirigido por militares -aunque Díaz-Canel sea un civil, él ni siquiera tiene poder en sus manos-. Como se vio en las imágenes: es un pueblo desarmado contra una maquinaria represiva con armas. Entonces es imposible, por más que la gente estalle y salga a la calle, lamentablemente, yo creo, no podremos alcanzar ese anhelo, ser un país democrático. Yo creo acá va a suceder una suerte de Perestroika, que cuando se muera Raúl Castro, los que están en el poder hoy se sientan con las manos aliviadas, empiecen a reformar la economía y el país, y eso justamente va a hacer que el edificio sea tambalee y termine por caerse. Yo creo que como es un país militarizado y donde el poder estar reunido en una cúpula, yo creo que o sucede una hecatombe entre ellos mismos o se va solo, pero no creo que esta euforia social los derroque, aunque cada vez más eso empuja los cambios. Por ejemplo, ayer ya tuvieron que salir a dar a conocer un paquete de medidas económicas, tibias, pero medidas al fin y al cabo. Es decir que si la gente no sale y protesta, no se dan.

—La protesta del domingo fue muy fuerte, pero se fue apagando rápidamente. ¿Considerás que seguirá ocurriendo de manera cíclica?

—Sí. A lo mejor no esta semana ni mañana ni tal, pero claro que sí, porque al final la situación está muy dura. De hecho, la gente sigue indignada o molesta.

—¿Cómo se siguen desde ahí las repercusiones internacionales tanto de la protesta como de la respuesta del régimen? ¿Creen que eso puede tener algún impacto por sobre las decisiones del gobierno?

—No lo puede afectar directamente, pero sí los condiciona. Yo creo que justamente lo que está pasando acá es significativo porque ayuda a deconstruir esa imagen idílica que hay en muchas partes, sobre todo en la región, que se tiene de Cuba, de que Cuba es una isla paradisíaca, una utopía revolucionaria, cuando es todo lo contrario, es una dictadura. Entonces que la gente se empiece a dar cuenta de lo que realmente pasa acá en Cuba condiciona la opinión pública internacional y eso siempre va a condicionar al régimen cubano, más aún hoy, cuando está en una plena crisis económica y cuando la única salida a esa crisis pasa por las alianzas que pueda tener con otros gobiernos.

—Con tus 32 años, ¿cómo ves tu futuro?

—La verdad, no lo sé. En un país como Cuba uno no suele levantar la vista para mirar el horizonte porque se tiene que preocupar más por el presente que por el futuro. Justamente porque futuro ni siquiera hay.

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