El aborto como derecho o como privilegio | Opinión

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Si en los próximos meses la Corte Suprema de Estados Unidos da marcha atrás al histórico fallo de Roe v. Wade, el tema del aborto no entra de lleno en las elecciones legislativas de este año, ya que siempre lo ha estado, sino se convierte en la interrogante clave de la contienda: ¿una píldora envenenada para los republicanos o un campo minado para los demócratas?

Lo de la píldora envenenada viene por las encuestas. Por un margen de casi dos a uno, los votantes estadounidenses se oponen a anular Roe v. Wade, según un sondeo de Politico/Morning Consult realizado después de divulgarse un borrador de opinión del tribunal superior que eliminaría el derecho federal al aborto establecido en 1973.

Otra encuesta, y en este caso de Fox News y hecha antes de conocerse el borrador, muestra que los votantes creen que Roe v. Wade debería mantenerse, con el 63% a favor y el 27% en contra.

Ambos sondeos confirman lo que se especula desde hace tiempo: el radicalismo contra el aborto es una actitud minoritaria. Pero hasta ahora muchos políticos republicanos han estado brindándole apoyo para complacer a sus electores y patrocinadores más militantes, con el convencimiento de que cualquier legislación, que a la larga produciría controversia o rechazo, no corría el riesgo de ser puesta en práctica porque era detenida en los tribunales.

Esto está a punto de cambiar. De producirse el dictamen de la Corte Suprema —y todo apunta que será así, al contar con una mayoría conservadora—, lo que este hace es trasladar a los estados la capacidad de decidir sobre las restricciones al procedimiento. Es decir que, según el documento, el aborto no es un derecho constitucional, vigente para toda la nación.

La “Constitución no hace referencia al aborto y ningún derecho de este tipo está protegido implícitamente por ninguna disposición constitucional”, señala el magistrado Samuel Alito en el borrador de la opinión de la mayoría de la Corte Suprema que dio a conocer Politico.

Se debe agregar que, en este punto, el juez Alito tiene razón.

Lo que ocurre es que, si el aborto deja de ser derecho, pasa a convertirse en privilegio. Las mujeres que viven en determinados estados, o cuenten con dinero para trasladarse a otro o viajar al extranjero, podrán disponer de algo vedado a las menos favorecidas.

El no estar en la Constitución el derecho a interrumpir un embarazo no significa ni implica que no deba aparecer en ella. Y que por lo tanto, se haga la enmienda correspondiente. ¡Si están las armas! Lo erróneo es considerar la Constitución como un texto sagrado, inmutable. Las enmiendas ocurridas a través de los años demuestran lo contrario.

Lo que constituye un campo minado para los demócratas es la forma de manejar el asunto. Porque no se está prohibiendo la interrupción de un embarazo sino trasladando el tema a los legisladores estatales.

Por tanto vale la pena preguntarse: ¿con qué poder cuentan dichos políticos para establecer prohibiciones?, ¿con el de los votantes?

Pues simplemente a no votar por ellos, si lo que se desea es que Estados Unidos no retroceda a una versión pálida —o no tan pálida— de un Estado fundamentalista, donde sobre el cuerpo de las mujeres deciden unos “ayatolás”, de otro signo ideológico o religioso pero con igual celo e intransigencia.

La cuestión clave aquí es que una decisión —siempre difícil— sobre la interrupción o no de un embarazo debe quedar en el ámbito familiar, médico y, por supuesto, religioso para los creyentes. Pero no convertirse en un dictum elevado a decreto.

Así que los demócratas tienen que ponerse a trabajar en serio, y no confiar en que cuentan con una carta a su favor en base a las encuestas.

No será fácil, porque la factura del supermercado y la imposibilidad de llenar el tanque de gasolina pesarán mucho en noviembre. Los votantes podrán pensar que, de producirse el dictamen, de inmediato no afectará tanto su vida, y si lo hace en un futuro más o menos cercano dependerá del estado en que vivan.

Aunque deben conocer —y es labor de los demócratas mostrarlo— que ese futuro no brinda mucho tiempo: si los republicanos triunfan en 2024, ganan ambas cámaras y la presidencia, todo lo dicho hasta aquí sale sobrando, porque establecerán una ley que prohíba nacionalmente el aborto; y lo que piensen quienes viven en Nueva York o California les importará poco.

Si llega ese momento, el tema del aborto podría convertirse en algo así como una crisis, un pretexto y un conflicto nacional como lo fue en otra época la esclavitud. Y entonces no será un campo minado ni una píldora envenenada, sino la destrucción total.

Alejandro Armengol es un escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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