Este año fue un desastre, pero esperamos que la secuela sea mejor

A.O. Scott and Manohla Dargis
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Un cine en el centro de Edna, Texas, el 16 de diciembre de 2019. (Carter Johnston/The New York Times)
Un cine en el centro de Edna, Texas, el 16 de diciembre de 2019. (Carter Johnston/The New York Times)

Los últimos días de diciembre suelen traer una oleada de grandes estrenos y una tormenta de especulaciones sobre los Premios Oscar. Pero como se ha pospuesto la ceremonia y muchas salas de cine están cerradas o casi vacías, este año cinematográfico culmina con un escalofrío de ansiedad existencial en Hollywood y más allá. En 2020, Netflix expandió su alcance y dos de los estudios tradicionales sobrevivientes —Warner Bros. y Disney— reforzaron sus plataformas de emisión en continuo, lo cual es la señal más reciente de un cambio en la estrategia comercial que probablemente perdurará después de la pandemia. Con la llegada inminente del 2021, los principales críticos de cine de The New York Times examinan la crisis de la industria cinematográfica y se preguntan qué podría deparar el futuro.

A. O. SCOTT: ¿Es este el final de las salas de cine tal y como las conocemos? Tú y yo no estamos en el negocio de hacer predicciones y, como somos estudiantes de la historia del cine, sabemos que la muerte de las películas es una noticia falsa vieja. Más o menos cada década (al menos desde la llegada del sonido) se han redactado obituarios prematuros. Este arte ha estado cambiando de forma constante, al igual que las maneras en que lo consumimos: “tal y como las conocemos” incluye a los palacios de cine, los autocines, los cines de películas de explotación y los multicines, pero también a las “películas de la semana” de las cadenas televisivas, a las reproducciones en VHS o Blu-ray y ahora a los servicios de emisión en continuo.

Aun así, la situación actual se siente diferente, quizá más catastrófica. No dudo que la gente querrá volver a las salas de cine después de la pandemia, al igual que a los restaurantes, discotecas, salas de conciertos y boleras. Pero un cambio en la industria que ya estaba en marcha antes de la llegada del COVID-19 parece haberse acelerado. A veces hemos utilizado el término “los estudios” como un sinónimo ligeramente anacrónico de Hollywood. ¿Estamos entrando en la era de “las plataformas”?

MANOHLA DARGIS: Bueno, ¡buenos días, querido! Soy renuente a tratar de hacer grandes pronósticos, pero sabemos que el cine o, mejor dicho, la industria cinematográfica estadounidense se encuentra en un estado de crisis perpetua. En el pasado, la industria siempre ha encontrado la manera de sortear la calamidad del momento, a menudo aprovechando las amenazas percibidas (o incluso absorbiéndolas), como con la televisión. La amenaza que representan las plataformas de emisión en continuo está en otro nivel de magnitud: el internet lo cambió todo, incluyendo la forma en que las personas consumen entretenimiento. El resto es historia y otro par de tropecientos millones de dólares para Jeff Bezos.

Hemos hablado mucho sobre cómo la pandemia ha acelerado este último cambio, aun cuando el cambio más significativo ocurrió con la llegada del video casero. Una vez que las personas pudieron elegir qué ver en el momento que quisieran, los viejos tiempos terminaron (otra vez). Dependiendo de con quién hablaras, el cine —o al menos lo que la última generación entendía por ir al “cine”— estaba acabado. Yo, bueno, tengo la edad suficiente para recordar la época en que Steven Soderbergh hacía películas que se estrenaban en salas de cine. Eran acontecimientos emocionantes. No podía esperar a verlas. Ahora suelta una película en HBO Max y lo que pienso es: “Ah, supongo que debería verla uno de estos días”.

SCOTT: Me alegra que menciones a Soderbergh, quien ha sido un observador atento de la industria y ha trabajado en casi todos los rincones de ella. A lo largo de tres décadas, ha realizado películas independientes pequeñas y medianas, grandes franquicias de estudios, series de canales de cable premium, proyectos personales que él mismo ha distribuido y ahora películas estrenadas directamente en plataformas de emisión en continuo. Cuando algunos de sus colegas, en particular Christopher Nolan, estuvieron protestando por la decisión de Warner Bros. de estrenar sus películas de 2021 de forma simultánea en HBO Max y las salas de cine, Soderbergh se mostró más optimista, pues vio en esa decisión una solución económica a corto plazo en vez de un cambio paradigmático en la industria. “El negocio de las salas de cine no va a desaparecer”, le dijo a The Daily Beast. “Hay demasiadas compañías que han invertido muchísimo dinero en la posibilidad de sacar una película que deslumbre en las salas de cine; no hay nada como eso”.

Eso es muy cierto. No hay mejor manera de ganar mil millones de dólares —o de recuperar una inversión de varios cientos de millones— que lanzar un éxito de taquilla mundial en los cines. Lo más probable es que Disney y Warner continúen en ese negocio, junto con el resto de estudios tradicionales que todavía existan cuando las salas de cine vuelvan a llenarse.

Pero ¿qué pasa con las películas pequeñas y medianas que dependen del sistema de distribución en las salas para llegar a su público? Ellas siguen un camino que comienza en festivales como Sundance, Cannes y Toronto, donde el entusiasmo de la crítica puede despertar un interés temprano. Luego se estrenan en algunas ciudades selectas, ganan reputación “boca a boca” a través de las reseñas y la cobertura de los medios y, finalmente, si todo sale bien, llegan a un público más extenso y tal vez ganan algunos premios. “Parásitos” siguió ese patrón, al igual que “Moonlight”, y no sé si esas películas habrían tenido el mismo impacto o éxito si hubieran dependido de un lanzamiento digital.

DARGIS: Ninguna de las dos habría tenido el mismo impacto si no hubieran pasado por las salas. En Estados Unidos, sus distribuidoras generaron una gran expectación de manera magistral: “Moonlight” se estrenó en cuatro cines y “Parásitos”, en tres, lo que creó un frenesí entre ciertos espectadores y permitió que ambas películas se fueran filtrando poco a poco en la conciencia cultural hasta llegar a la noche de los Oscar. Ese lanzamiento a fuego lento es completamente contrario al ecosistema de los maratones en plataformas como Netflix, por ejemplo, donde antes de que hayas terminado de ver una de sus ofertas, el algoritmo ya te está conduciendo a lo próximo que debes ver.

El ciclo de vida de una película en emisión en continuo es diferente al de una serie como “The Crown”. Cuando llega una nueva temporada, la maquinaria de las relaciones públicas se pone a toda marcha de nuevo. Es como si el show hubiera renacido. Hay una nueva ronda de atención de los medios, más reseñas y artículos. Las películas que no pertenecen a franquicias se desvanecen más rápido y, en el mejor de los casos, pueden aspirar a aparecer en una guía de películas en emisión en continuo junto a otros 49 títulos. El ecosistema para el cine independiente siempre ha sido increíblemente frágil; es difícil hacerlo y estrenarlo en un mundo dominado por Disney. Las películas independientes necesitan llegar a la mente colectiva a través de la persuasión. En Netflix, simplemente se convierten en otro gancho comercial de la plataforma junto con David Fincher.

SCOTT: Puede parecer grosero quejarse de Netflix, y tal vez hasta hipócrita, dada la enorme cantidad de consuelo y diversión que ha brindado durante este año de ansiedad y confinamiento. La empresa ha adquirido y producido una impresionante variedad de películas, incluyendo algunas que quizá nunca habrían obtenido la aprobación de un estudio. Incluso con la influencia y reputación de Fincher, “Mank” habría sido un proyecto difícil de vender: una historia sobre un escritor que bebe mucho y cumple con su entrega, y además en blanco y negro. Pero encontró un hogar junto a “Cuties”, “Gambito de dama”, “Hillbilly, una elegía rural” y 800 proyectos navideños “originales” indistinguibles. ¡Qué el algoritmo lidie con ellos!

Netflix vende suscripciones, no entradas. El objetivo es poner a disposición de los usuarios una amplia variedad de cosas que atraigan a la mayor cantidad posible de personas que paguen una tarifa mensual para tener acceso a todo eso. HBO Max y Disney+ están compitiendo en ese terreno, pero las películas individuales que se proyectan en los cines —o, en este caso, en las plataformas de video a la carta— se encuentran en gran desventaja. Una entrada al cine cuesta casi lo mismo que un mes de emisión en continuo, y eso sin contar las palomitas de maíz o el estacionamiento.

Para que los cines sobrevivan, la experiencia de ir a las salas tiene que ser algo más que “Netflix fuera de casa”. Es decir, las diferencias estéticas y culturales entre las películas y la televisión tal vez deban replantearse por completo. Ir al cine no puede ser solo una decisión negativa: la elección de no quedarse en casa a ver algo en emisión en continuo.

DARGIS: Pero ¿qué significa tener un “hogar” en Netflix? Eso es como decir que una película encontró un “hogar” en una tienda gigantesca de alquiler de videos, con comedia en esta sección, acción en esa otra y pornografía detrás de la cortina, pero ahora con algoritmos. Como críticos, tendemos a enfocarnos en la película como un objeto que de alguna manera está libre de las condiciones de visualización. En los “viejos tiempos”, veíamos las películas nuevas en multicines junto a un montón de extraños y en salas de proyección más pequeñas con colegas. Las veíamos con tiempos definidos de comienzo y final, hacíamos callar a los que hablaban durante la película y no presionábamos el botón de pausa.

La pandemia ha reforzado el hecho de que ver cualquier cosa en casa cambia tu relación con el objeto. Supongo que esa es la razón por la que no me interesan mucho las diferencias entre el cine y la televisión. Hay mucha televisión mala y muchas películas malas que parecen televisión mala. Son cursilerías con grandes celebridades y emociones demasiado intensas, arcos narrativos predecibles y cero riesgos. Su futuro está a salvo, al igual que el de las superproducciones. Lo que me preocupa son las películas que no se pueden ver mientras revisamos nuestro teléfono: el cine de vanguardia, los documentales largos y crudos, los dramas serios, las películas extranjeras, es decir, cualquier cosa que requiera atención, paciencia y tiempo. Me preocupa todo lo que no es fácil de ver.

SCOTT: Al igual que tú, me preocupa menos el destino de las superproducciones —las grandes inversiones siempre encuentran la manera de salir adelante— que el de las películas que pueden ser demasiado silenciosas, lentas, perturbadoras o raras para verlas en casa. Entre ellas están algunas de nuestras favoritas de 2020, como “City Hall”, “Beanpole”, “Collective” y “First Cow”. Ir al cine puede significar salir de tu zona de confort y ampliar los límites de tus propios gustos. Tu televisor está seguro dentro de esos límites, y literalmente en la zona de confort de tu sala. Las películas desafiantes pueden terminar con demasiada facilidad al final de la fila, olvidadas como los libros sin leer en la mesita de noche o los frascos de mostaza exótica al fondo del refrigerador.

DARGIS: Es decir, sí, las superproducciones son importantes porque son fundamentales para los grandes estudios que quedan vivos. Parte de mi preocupación por los estudios es nostalgia por los buenos (aunque malos) viejos tiempos, pero también sigo esperando que abandonen su modelo de negocio actual (¡ja!), el cual se enfoca en el mismo tipo de superéxitos en lugar de en la diferenciación de sus productos. No ha pasado mucho tiempo desde que algunos de ellos todavía producían y distribuían películas más pequeñas, de esas que ahora se estrenan directamente en HBO Max (hola de nuevo, Soderbergh). Y sí, imagino que “Wonder Woman” sobrevivirá a este año.

Pero ¿qué pasa con películas como “First Cow”, de Kelly Reichardt? Se estrenó en cuatro cines el 6 de marzo y obtuvo excelentes críticas, apenas unas semanas antes del inicio de los cierres de emergencia en Nueva York y Los Ángeles. Terminó en video a la carta en julio, mucho antes de lo que lo hubiese hecho en tiempos prepandémicos. Esto fue una buena noticia para aquellos que ya estaban dispuestos a ver una película contemplativa sobre dos hombres y una vaca en la década de 1820, en la que una de las escenas más dramáticas es un robo de leche. Pero para que una película como esta le llegue a los no cinéfilos, necesita tiempo para captar la atención de mentes ya de por sí distraídas, con o sin virus de por medio.

El modelo del cine virtual que surgió durante la pandemia fue una gran idea, pero su uso no siempre es intuitivo y obviamente no es tan simple como dar clic en una aplicación. Lo que se necesita es un megacine virtual independiente con una sola taquilla, algo así como la versión de cine independiente de bookshop.org, un sitio web de ventas electrónicas que es fácil de utilizar y ayuda a las compañías pequeñas. La pandemia no ha terminado y todavía nos quedan muchas horas de visualización en casa antes de que podamos volver a salir corriendo a las salas de cine.

This article originally appeared in The New York Times.

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