Un año después del asalto al Capitolio, la influencia de Trump en el Partido Republicano no tiene rival

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Espectadores en el National Mall mientras el presidente Donald Trump se dirige a ellos, horas antes de que sus partidarios atacaran el Capitolio de Estados Unidos, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Pete Marovich/The New York Times).
Espectadores en el National Mall mientras el presidente Donald Trump se dirige a ellos, horas antes de que sus partidarios atacaran el Capitolio de Estados Unidos, en Washington, el 6 de enero de 2021. (Pete Marovich/The New York Times).

Hace un año, justo el mismo día en que los alborotados partidarios de Donald Trump irrumpieron en el Capitolio de Estados Unidos en una violenta revuelta que mancilló el símbolo de la democracia estadounidense, se reunía la dirigencia del Comité Nacional Republicano en el hotel Ritz-Carlton de la Isla de Amelia, Florida, a unos 1120 kilómetros de distancia.

En Washington, jamás se había visto tan oscuro el futuro político de Trump… y cada vez se debilitaba más rápido. Había perdido las elecciones y, para protestar, el personal de alto nivel estaba renunciando. Sus aliados más importantes lo repudiaban. Pronto saldría expulsado de las redes sociales.

Pero desde el principio, al menos dentro de su propio partido, ahí estuvieron las semillas de su resurgimiento político.

Con los vidrios rotos y los escombros todavía esparcidos por todo el complejo del Capitolio, más de la mitad de los republicanos de la Cámara Baja votaron en contra de la certificación de las elecciones, repitiendo el falso argumento de fraude planteado por Trump. Aunque el comité nacional redactó un comunicado en el que condenaba la violencia (sin mencionar el nombre de Trump), algunos miembros del comité presionaron para que se añadiera una muestra de solidaridad hacia la perspectiva de la muchedumbre que había entrado en tropel al Capitolio. Sus peticiones tuvieron que ser rechazadas.

La mañana siguiente,Trump hizo una llamada por altavoz a la reunión del comité. “¡Lo queremos!”, gritaron algunos de los asistentes.

“Muchos de los que venimos de los estados del noreste solo resoplamos”, comentó Bill Palatucci, integrante del comité nacional republicano procedente de Nueva Jersey y un importante detractor de Trump dentro del partido. Pero fue más común la postura de miembros como Corey Steinmetz, de Wyoming, quien afirmó que culpar a Trump por los acontecimientos del 6 de enero “no fue más que una mentira desde el principio”.

En la actualidad, el Partido Republicano le sigue perteneciendo en gran medida a Trump, y ha transformado sus mentiras sobre el robo de las elecciones en un artículo de fe, e incluso en una prueba definitiva de que está intentando imponerse en las elecciones primarias de 2022 con los candidatos que respalda. Es el patrocinador más codiciado del partido, su principal recaudador de fondos y quien va adelante en las encuestas para la nominación presidencial de 2024.

El Capitolio al atardecer, el miércoles 5 de enero de 2022. (Al Drago/The New York Times).
El Capitolio al atardecer, el miércoles 5 de enero de 2022. (Al Drago/The New York Times).

Trump también es muy divisionista, impopular entre el electorado más general y está bajo investigación por sus prácticas empresariales y su intromisión en las actividades de las autoridades electorales en el condado de Fulton, Georgia. Sigue siendo el mismo político cuya Casa Blanca fue testigo de cuatro años de devastadoras pérdidas para los republicanos, entre ellas las de la Cámara Baja y el Senado. Y pese a que unos cuantos republicanos dispersos alertan públicamente que el partido no debería ceñirse a él, son más los que se preocupan por las consecuencias, en privado.

No obstante, a un año de incitar a la toma del Capitolio para impedir por la fuerza la certificación de las elecciones, su inigualable poder dentro del Partido Republicano es un testimonio de su incesante influencia en la lealtad de las bases.

Su reinserción —si acaso se necesitaba entre los republicanos— es el ejemplo más reciente de una lección permanente de su turbulenta etapa en la política: que Trump puede sobrevivir a casi cualquier periodo de indignación, sin importar su intensidad.

Los reflectores apuntan a otra parte. El escándalo se desvanece. Y luego, él reescribe la historia.

La distorsionada narrativa que Trump ha tejido en torno al 6 de enero es que “la verdadera insurrección tuvo lugar el 3 de noviembre”, el día en que perdió unas elecciones libres y equitativas.

Hubo un breve momento, como consecuencia del asalto del 6 de enero, en el que los dirigentes republicanos de la Cámara Baja y el Senado tuvieron la oportunidad de romper de forma limpia con Trump: cuando los demócratas se apresuraron a llevarlo a juicio político.

“No cuenten conmigo”, había dicho en el Senado Lindsey Graham, el senador republicano por Carolina del Sur que era un aliado incondicional de Trump. “Ya basta”.

Pero a los electores republicanos no les afectó tanto como a algunos legisladores republicanos que apenas lograron escapar de la violencia ese día y se encontraban en un momento crucial. Una encuesta de AP-NORC arrojó que después de un mes, a principios de febrero de 2021, solo el 11 por ciento de los republicanos dijeron que Trump tenía mucha o bastante responsabilidad por el asalto al Capitolio; en la actualidad, esa cifra es del 22 por ciento.

Los políticos republicanos se realinearon con rapidez para coincidir con la opinión pública. En menos de una semana, Graham estaba de nuevo al lado de Trump en el avión presidencial y, el año pasado, en repetidas ocasiones visitó los campos de golf de Trump para convivir con el expresidente.

Tal vez el primer apoyo renovado a Trump que tuvo mayores consecuencias provino de Kevin McCarthy, el líder republicano de la Cámara Baja que el 13 de enero había dicho que Trump “es responsable” de la revuelta. Para finales del mes, ya iba en un avión con destino a Mar-a-Lago para intentar hacer las paces.

Dentro del Senado, el líder republicano, Mitch McConnell había sido más firme en acusar a Trump. “El presidente Trump es el responsable, en términos prácticos y éticos, de provocar los acontecimientos de este día”, declaró en un discurso en el pleno de la Cámara Alta y añadió: “El líder del mundo libre no puede pasar semanas vociferando que fuerzas oscuras nos están robando el país y luego parecer sorprendido cuando la gente le cree y hace cosas imprudentes”.

Pero al final, McConnell votó por absolver a Trump en su juicio político cuando se le acusó de exhortar a la insurrección.

Ahora Trump y McConnell no se dirigen la palabra, pese a que el senador de Florida, Rick Scott, presidente del órgano de campaña republicano del Senado, ha estado muy atento con Trump e incluso le otorgó el nuevo premio de “Defensor de la libertad” en un viaje que realizó en abril a Mar-a-Lago.

Ese mismo fin de semana, en un evento de recaudación de fondos del Comité Nacional Republicano, Trump destrozó a McConnell mientras hablaba con donadores al proferir un burdo insulto a su inteligencia.

Trump ya ha apoyado a candidatos en casi 100 contiendas de las elecciones intermedias y ha instituido la temporada de elecciones primarias de 2022 como un periodo de venganza contra los republicanos que se atrevieron a contrariarlo. A algunos asesores les preocupa que su amplia serie de respaldos lo exponga a posibles y fuertes pérdidas que podrían implicar un debilitamiento de su influencia en el electorado republicano.

Sin embargo, Trump ha reclutado contrincantes para sus detractores más fuertes del partido, como la representante de Wyoming, Liz Cheney, quien fue expulsada de la dirigencia de la Cámara Baja por rehusarse, en sus propias palabras, a “difundir las perniciosas mentiras de Trump” sobre las elecciones de 2020.

Whit Ayers, un experimentado encuestador republicano, señaló que el respaldo de Trump tiene mucho peso en las primarias, pero es “una peligrosa arma de dos filos” en los distritos indecisos.

“Queda muy claro que los candidatos que desean ser competitivos en las elecciones generales están siendo cautelosos acerca de cuánto se acercan a él durante las primarias”, explicó, y señaló al gobernador electo de Virginia, Glenn Youngkin, como el que nos ha dado un “típico ejemplo” del tipo del equilibrismo que es necesario.

Una de las razones por las que les ha sido tan difícil a los líderes del partido romper con Trump es que sigue siendo el impulso de recaudación de fondos más importante entre los contribuyentes de base del partido.

Después de que en la práctica se suspendió su operación de financiamiento de campaña luego del disturbio del Capitolio, Trump la reactivó el día que pronunció su discurso ante la Conferencia de Acción Política Conservadora. Los registros del gobierno muestran que recaudó casi 3,5 millones de dólares por internet; la suma de un solo día a la que no se acercó ningún político ni comité del Partido Republicano en la primera mitad de 2021.

El dinero es un indicador tan poderoso de su influencia como las encuestas.

Para principios del verano, Trump estaba igualando casi sin ayuda a todo el equipo republicano en internet. El Comité Nacional Republicano junto con los comités de campaña del Senado y de la Cámara de Representantes recaudaron en total 2,34 millones de dólares por internet en los últimos cinco días de junio. Los comités de Trump recaudaron 2,29 millones.

El partido sigue dependiendo mucho de los mensajes en favor de Trump para motivar a sus seguidores en línea. Al mismo tiempo, el Comité Nacional Republicano ha aceptado pagar hasta 1,6 millones de dólares de los gastos judiciales personales de Trump.

Los acontecimientos del 6 de enero sí han tenido consecuencias para Trump. En un principio, el expresidente planeaba organizar una conferencia de prensa para el aniversario, pero el martes se arrepintió de manera repentina debido a que sus aliados y asesores le advirtieron que esto resultaría contraproducente.

Además, aunque Trump sigue siendo popular entre los republicanos, las encuestas recientes sobre las elecciones primarias de 2024 muestran una posible debilidad, a pesar de que ahora tiene una cómoda delantera. Como un indicio de agotamiento, incluso entre sus partidarios, una porción considerable de los republicanos (hasta un 40 por ciento, según una encuesta de noviembre de la Facultad de Derecho de la Universidad Marquette) afirma que preferiría que no volviera a contender. Dicha encuesta también mostró que el 73 por ciento de los independientes también prefieren que no se postule.

Algunos republicanos, como el gobernador de Florida, Ron DeSantis, quien, según las encuestas, siempre ha quedado en un lejano segundo puesto con respecto a Trump, no han querido decir si no contenderían en caso de que Trump lo haga.

Otros, en especial Chris Christie, exgobernador de Nueva Jersey, han dicho que la decisión de Trump no afectará la de ellos. Christie, un exasesor que rompió con Trump después del 6 de enero, ha resultado ser uno de los pocos republicanos destacados que ha rechazado las mentiras de Trump sobre las elecciones de 2020.

Después del 6 de enero, fue trascendental la expulsión de Trump de Facebook y, sobre todo, de Twitter, ya que se quedó fuera de las plataformas que le habían permitido comunicarse de manera directa con decenas de millones de personas.

En privado, algunos de los asesores de Trump creen que su ausencia en internet ha sido una bendición disfrazada que lo ha mantenido alejado de la atención pública mientras que el presidente Joe Biden enfrenta el doble desafío político del aumento de la inflación y la nueva oleada del virus.

© 2022 The New York Times Company

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