Tiene 72 años y fue contemporánea de Clementina, la primera computadora del país: aún sigue programando

Elena Pietrocovsky tiene 72 años y fue una de las primeras egresadas de la carrera de programación científica de la UBA
Elena Pietrocovsky tiene 72 años y fue una de las primeras egresadas de la carrera de programación científica de la UBA - Créditos: @Secretaría del Conocimiento

“Creo que me quedan unos diez años de vida útil antes de tirar la toalla y que la ola me pase por encima. Estos últimos 20 años fueron vertiginosos, pero logré mantenerme actualizada. Tengo amigas para las que hoy la tecnología es una caja negra. No es mi caso. Por ahora sigo vigente. Pero sé que va a llegar el día en que mi sistema operativo no se actualice más. Ya les dije a mis nietos que me avisen, que me digan ‘Abuela, estás tecleando’ y que me expliquen ellos”.

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La que habla es Elena Pietrocovsky, de 72 años, que fue alumna de uno de los primeros cursos de programación que se dictaron en la Universidad de Buenos Aires hace más de 50 años. Estudiaba en el Instituto de Cálculo, en la Facultad de Ciencias Exactas en los años de Clementina, la primera computadora que existió en el país: una enorme máquina, de tamaño 50.000 veces mayor que una computadora actual y que ocupaba toda una habitación entera, más otra habitación para las fuentes de alimentación. No tenía teclado ni monitor. Se le daba instrucciones mediante un lector fotoeléctrico de cinta de papel perforado. “Lo que fue cambiando y evolucionando desde esa época, no nos damos una idea”, dice Elena.

Elena (der.), junto a su hermana Susana (izq.), con quien comparte su pasión por la programación
Elena (der.), junto a su hermana Susana (izq.), con quien comparte su pasión por la programación

Ella misma se fue transformando y actualizando al ritmo de la evolución de las computadoras. De hecho, hoy, aunque podría estar jubilada, sigue programando: es analista funcional de una empresa de diagnóstico por imágenes y sigue trabajando en forma independiente, estudiando y haciendo cursos de programación. Al último se anotó con su nieto de 19 años que es youtuber.

Elena concluyó sus estudios a mediados de los 70, con el título de “computadora científica”, porque en esa época las computadoras eran las personas y no las máquinas. Empezó a estudiar “de casualidad”, recuerda. En 1969 había hecho el ingreso para la carrera de química, pero no le gustó el ambiente y decidió investigar para qué otra cosa le servían esas materias. Así llegó al mundo de la programación. “Me fui apasionando, hasta el día de hoy”, cuenta. Su hermana, Susana, que hoy tiene 76 y también se dedica a la programación, estudiaba entonces matemática.

“Era un mundo desconocido y prohibido para los no iniciados. Teníamos mucha formación en ciencia, mucha matemática, porque nosotros teníamos que ser intermediarios entre los científicos y la computadora. Teníamos que entender lo que les pedían ellos a la computadora y traducirlo. En ese momento las computadoras eran enormes, en ámbitos cerrados y refrigerados, accedías con personal de seguridad. Pasaron apenas 50 años, pero hoy si yo hablo de tarjetas perforadas nadie comprende. No es lo mismo que usar un mouse y un teclado”, explica Elena. Parece una escena de la película Talentos ocultos, que cuenta la historia de las tres mujeres afroamericanas que trabajaron en la NASA.

En el Pabellón 1 de la Ciudad Universitaria, Clementina realizó tareas desde 1961 hasta 1971.
La computadora Clementina, en el pabellón 1 de Ciudad Universitaria, Facultad de Ciencias Exactas de la UBA

Cuando Elena estaba terminando sus estudios, Clementina dejó de funcionar. Y para programar tenían que tomar el tranvía y llevar las instrucciones a la segunda computadora que había llegado: la de la Facultad de Ingeniería. Nada era como ahora. El primer trabajo que tuvo Elena fue en Bunge y Born. “Nos contrataban sin experiencia, para formarnos. Yo fui al centro de cómputos. Era 1973 cuando empecé a trabajar, en el edificio de Paseo Colón. La computadora ocupaba todo el subsuelo, eran 20 metros de largo por 10 metros de ancho, con carretes de cintas girando, módulos y módulos. Los cables que unían cada módulo estaban debajo de un piso elevado, en plataformas de madera donde resonaban con los tacos, cuando pasábamos. Así y todo, la capacidad que hoy tiene un teléfono no la teníamos en esa computadora”, dice Pietrocovsky. Trabajó allí hasta que nació su hija Alejandra. Después regresó, y volvió a dejar cuando nació Gastón. Años después se separó y se reencontró con la programación. “Me dediqué por completo a esto”, cuenta. Se especializó en el rubro contable y se desempeñó en grandes empresas.

En 1977, su hermana Susana, que trabajaba como docente de matemática, tuvo una hernia de disco y se operó: quedó varias semanas internada. Así como otras visitas llevaban el tejido, Elena fue con sus tarjetas de programación: páginas cuadriculadas donde volcaba las instrucciones para la computadora en términos binarios. “En ese momento no había terminales como ahora. Nosotros codificábamos en lenguaje de programación, en un hoja separada con cuadraditos, cada cuadradito era una instrucción”, cuenta Elena. A Susana le interesó. Le dijo que ella también se podía dedicar a eso y, desde entonces, las dos hermanas hicieron un camino juntas en el mundo de la programación. El último paso fueron los cursos que organizó la Secretaría de Economía del Conocimiento, que depende del Ministerio de Economía, con el nombre Argentina Programa 4.0, donde se anotaron una gran cantidad de mujeres mayores de 70 años.

¿Cómo transitó la transformación tecnológica una persona de 72 años que trabaja en sistemas? “Durante más o menos 20 años, hasta fines del siglo pasado, hubo cambios: el mayor, salir del ámbito cerrado, poder acceder a la computadora a través de una terminal. Esos fueron cambios paulatinos. Siento que a partir de este siglo, los cambios son muy vertiginosos. Yo sigo trabajando, leo mucho, escucho, me capacito. Pero lo que antes nosotros hacíamos abarcando todas las ramas, se fue especializando. De todas formas, el mayor cambio lo trajo la masificación en el uso de la web. Explotó”, define.

Susana y Elena Pietrocovsky
Susana y Elena Pietrocovsky - Créditos: @Secretaría Econo

Elena explica en términos muy sencillos qué es la programación. “La computadora es una máquina boba. No sabe hacer nada por sí misma. Necesita que le des instrucciones y que se las des en un lenguaje que ella entienda. Eso es programar. Ahora se hace desde un teclado y con un mouse. Entonces lo hacíamos con tarjetas perforadas, que llevaban instrucciones. Cambiaron las formas, cambió lo que podemos hacer con la computadora, pero la función es la misma”, detalla.

Cuando le preguntan qué necesita una persona para poder programar, Elena asegura que lo fundamental es tener una secuencia de pensamiento lógica. “No se pude dejar nada al azar. La computadora no entiende de cabos sueltos. Pero básicamente las ganas y el compromiso. Todo se puede aprender. Te tiene que gustar. No creo que todo el mundo pueda programar, como no todos sabemos cantar, bailar o pintar. Pero con ganas y dedicación, podemos aprender”, dice.

Elena lo sabe bien: una computadora tiene un sistema operativo que puede actualizarse sucesivamente, sin embargo, llega un momento en el que encuentra su límite. Ya no es compatible con los nuevos programas. Queda obsoleta. ¿Qué ocurre con las personas? ¿Cómo hace ella para mantenerse siempre vigente? No son solo los cursos, más bien son sus ganas de entender el nuevo mundo, de ser parte.

Miro todos los cambios y pienso, ¡qué felicidad vivir en esta época! Cuando estaba mirando la final del Mundial y sentí una vibración en mi brazo. Era mi smartwatch que me decía que tenía las pulsaciones en 170. ¡Qué maravilla! Me dio risa, la tecnología está en toda nuestra vida. No solo estábamos mirando un partido que ocurría a miles de kilómetros en simultáneo, sino que mi teléfono me estaba monitoreando y a la vez no lograba entender lo que me pasaba. Me siento muy feliz de haber hecho mi carrera y estar incluida en esta etapa. La tecnología le pasa por arriba a muchas personas de mi generación. Ya les dije a mis nietos que cuando vean que tecleo, vengan y me expliquen. Creo que me quedan diez años de vida útil. Ahí aparecerá un superdron con helio y voy a mirar y decir ‘¿Qué es esto?’ Pero, por ahora, sigo vigente”, concluye.