El 6 de enero en el Capitolio, veteranos militares combatieron en ambos lados de una batalla estadounidense

Jennifer Steinhauer
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Tyrone Gross, un oficial de la Policía Metropolitana de Washington quien estuvo un año en Irak como especialista del ejército, en Washington, el 23 de enero de 2021. (Kenny Holston/The New York Times)
Tyrone Gross, un oficial de la Policía Metropolitana de Washington quien estuvo un año en Irak como especialista del ejército, en Washington, el 23 de enero de 2021. (Kenny Holston/The New York Times)
Dominic Pezzola, en el centro a la derecha, exmiembro del Cuerpo de Marines y miembro de los Proud Boys, dentro del Capitolio junto a otros simpatizantes del presidente Donald Trump que irrumpieron en el recinto en Washington, el 6 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)
Dominic Pezzola, en el centro a la derecha, exmiembro del Cuerpo de Marines y miembro de los Proud Boys, dentro del Capitolio junto a otros simpatizantes del presidente Donald Trump que irrumpieron en el recinto en Washington, el 6 de enero de 2021. (Erin Schaff/The New York Times)

WASHINGTON — Mientras Samuel Hahn del Departamento de Policía Metropolitana luchaba por contener a los revoltosos que asaltaban el Capitolio el 6 de enero, un grupo de veteranos que estaba entre los manifestantes le gritaban la misma frase una y otra vez: “Recuerda tu juramento. Estás rompiendo tu juramento”.

Hahn, quien fue miembro del Cuerpo de Marines antes de unirse a la policía de la ciudad, escuchó la frase asombrado.

“El juramento que todo militar hace es el mismo que el de un policía: defender la Constitución”, recordó más tarde. “Había una disonancia cognitiva entre lo que yo estaba haciendo y lo que hacía la gente que me gritaba, que era precisamente lo contrario a ese juramento”.

Ese día en el Capitolio, hubo veteranos en ambos lados de las barricadas tras servir en todas las ramas y los rangos de las fuerzas militares. Algunos habían sido enviados simultáneamente a las mismas regiones del mundo, y otros tenían las mismas cicatrices físicas y emocionales de esa época. Todos tenían más o menos la misma edad, y aunque sus razones para unirse a la milicia habían sido muy diversas, compartían un fuerte sentido de patriotismo, expresado de maneras diametralmente opuestas.

Hahn se unió a las fuerzas armadas en 2010 a fin de prepararse para un futuro trabajo en alguna fuerza del orden público. Según Hahn, trabajar como oficial de policía en Washington es similar a servir en el Cuerpo de Marines, porque “es algo más grande que uno”.

También estaban personas como Jere Brower, quien pasó cuatro años en el ejército pero también ha tenido roces con la ley y, según informes de noticias y funcionarios policiales, está asociado con grupos supremacistas blancos. Era un ferviente simpatizante del presidente Donald Trump, y terminó bajo arresto.

Dentro del Capitolio, otro veterano, Eugene Goodman, llevaba la insignia de la Policía del Capitolio y alejó a los insurrectos del pleno del Senado, con lo que posiblemente evitó una tragedia.

Afuera del edificio, apenas unas horas antes, Pete Hegseth, el colaborador de Fox News que sirvió junto con Goodman en la 101.° División Aerotransportada en Irak, estaba al aire expresando su apoyo a quienes protestaban por las elecciones (a través de un portavoz, Hegseth dijo que no estuvo de acuerdo con las actividades violentas posteriores).

Muchos de los insurrectos luego insistieron, según informes de noticias y denuncias penales, que creían que tenían derecho a entrar al Capitolio a pesar de que las fuerzas del orden público intentaron impedirles el acceso una y otra vez. También creían que sus acciones contaban con el respaldo de Trump, quien dijeron los había alentado —horas antes en un mitin ese mismo día— a que defendieran su convicción de que los resultados de las elecciones de 2020 habían sido fraudulentos.

Para algunos veteranos que se encontraban entre los partidarios más firmes de Trump, sus repetidas afirmaciones falsas de que las elecciones habían sido robadas tuvieron una urgencia adicional, dado que el presidente era el comandante en jefe. Ashli Babbitt, la veterana de la Fuerza Aérea asesinada por la policía dentro del Capitolio, había retuiteado una publicación que pronosticaba una insurrección violenta que conduciría a una segunda investidura de Trump. “Nada nos detendrá”, escribió en Twitter el día anterior a los disturbios.

Tyrone Gross, un oficial de la policía de Washington que estuvo un año en Irak como especialista del ejército, expresó cierta comprensión por los veteranos que lo confrontaron en el Capitolio, pero solo hasta cierto punto.

“Esto fue algo similar a estar en Irak”, dijo Gross. Al igual que los iraquíes que vio estando allá, “las personas que estuvieron en el Capitolio ese día mostraron una gran pasión por sus convicciones”.

“La diferencia es que la gente allá no me roció con aerosol contra osos, y la gente en Irak no opuso tanta resistencia como la gente en el Capitolio”, agregó.

Si bien las autoridades federales todavía están trabajando para identificar a muchos de los que irrumpieron en el Capitolio ese día, una evaluación preliminar de los datos de los arrestos sugiere que entre el 13 y el 20 por ciento de los capturados tienen antecedentes militares, aproximadamente el mismo porcentaje de miembros de grupos de milicias a nivel nacional que los expertos estiman son veteranos.

Muchos de esos grupos están fundamentados en ideologías racistas. “Ha quedado claro desde hace algún tiempo que tenemos un problema con la presencia de supremacistas blancos en posiciones de confianza”, dijo Katrina Mulligan, una exfuncionaria del Departamento de Justicia que ahora es directora general de seguridad nacional y política internacional en el Centro para el Progreso Estadounidense, un centro de investigaciones liberal. “El mayor problema se encuentra en nuestra comunidad de veteranos”.

Las fuerzas militares tienen reglas que prohíben la asociación con grupos extremistas, pero esas reglas no aplican a las personas que abandonan el servicio militar y son a menudo reclutadas por esos grupos por sus habilidades tácticas.

“Parte de lo que hizo tan horrendo lo sucedido ese día es que se pudo ver el entrenamiento militar en acción”, dijo Mulligan sobre los disturbios del Capitolio.

La bifurcación de los veteranos el 6 de enero se debe, en parte, según los expertos, al fracaso de las fuerzas armadas para detectar y expulsar a los extremistas de sus filas, algo que Lloyd J. Austin III, el nuevo secretario de Defensa del presidente Joe Biden, ha prometido combatir.

“El problema es que todavía no comprendemos la magnitud de esto”, dijo John F. Kirby, un vocero de Austin, quien la semana pasada convocó a los jefes militares y secretarios civiles de las fuerzas armadas con el propósito de comenzar a intensificar los esfuerzos del Pentágono para combatir el extremismo en las filas.

Gross, de 50 años, recuerda haber encendido su radio policial el 6 de enero y haber escuchado que el Capitolio había sido invadido. “Agarré a otros seis tipos”, dijo, y se dirigieron en motocicletas a la entrada para transportes del Capitolio, del lado del Senado.

“La primera persona que vi fue al tipo que estaba vestido como vikingo, y dije: ‘Oigan, ¿qué están haciendo? Salgan de aquí’”, recordó Gross. Algunos acataron la orden, dijo, pero otros le respondieron: “Oye, soy un veterano. Tengo derecho a estar aquí’”.

Gross dijo que respondió: “Oye, soy un veterano, y eso no es cierto”. Afirmó que fue notoria la cantidad de veteranos que encontró, y cuantos de ellos pensaban que lo que estaban haciendo era una extensión de su servicio al país, alentado por su comandante en jefe.

“La gente en el Capitolio realmente creía que estaban haciendo algo bueno, aunque sabemos que no lo fue y que murieron personas por eso”, dijo. “Siendo honesto, fue impactante”.

Las denuncias penales, los videos y las noticias muestran un panorama similar. Por ejemplo, según un informe del FBI, Gabriel A. Garcia, un excapitán del ejército, originario de Miami, confrontó repetidas veces a oficiales de la policía del Capitolio, provocándolos mientras corría por el Capitolio. “¿Qué se siente ser un traidor al país?”, le preguntó a uno, según el informe.

Entre las imágenes más escalofriantes del ataque del 6 de enero se encuentran las de los insurrectos caminando por el Capitolio envueltos o enarbolando banderas confederadas. Los legisladores han estado intentando eliminar los símbolos confederados del Capitolio desde hace años, y la presencia de esa bandera en las bases militares y sus alrededores, muchas de las cuales siguen llevando el nombre de figuras confederadas, es una señal para muchos de que las fuerzas militares han sido demasiado tolerantes durante demasiado tiempo con los extremistas en sus filas.

Desde la guerra de Vietnam, las filas del ejército han tenido un porcentaje desproporcionadamente elevado de soldados pertenecientes a minorías, y muchos miembros negros del servicio militar se han encontrado con colegas y símbolos abiertamente racistas en sus bases.

“En cualquier instalación militar promedio se ven banderas confederadas en las bases y en las pegatinas de los autos en los estacionamientos”, dijo Adrian R. Lewis, profesor de historia militar en la Universidad de Kansas. “El ejército no ha mostrado ninguna disposición a comenzar a combatir esto”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company