El año en que un grupo armado robó miles de vacunas en Canadá

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Imagen de pacientes de polio tomada en septiembre de 1947 en un hospital de Edmonton, Alberta, Canadá. (Crédito imagen Canadian Public Health Association).
Imagen de pacientes de polio tomada en septiembre de 1947 en un hospital de Edmonton, Alberta, Canadá. (Crédito imagen Canadian Public Health Association).

Cuando las ansiadas vacunas contra el covid comenzaron a llegar a cuentagotas a los países miembros de la UE, vimos operativos policiales destinados a protegerlas que – sin duda – llamaban la atención. Sabíamos que dada la enorme demanda, eran un plato goloso para las organizaciones criminales y mafias de medio continente. ¿Pero era, o no, un tanto exagerado eso de recurrir al ejército para trasladar las vacunas?

Sin duda no lo era. El famoso adagio atribuido a Napoleón que sostiene que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla” está ahí por algo, y prueba de ello es la historia que voy a contaros, que tiene tintes de “novela negra” pero que es 100% verídica, como puede comprobar cualquier experto que consulte la hemeroteca canadiense.

Comencemos por el principio, que es siempre el mejor punto de arranque. Corría el verano de 1959, y el despoblado y gigante país norteamericano vivía una gran epidemia de poliomielitis que barría todo su territorio, aunque era especialmente grave en Quebec, donde se concentraban la mayoría de los casos.

Aunque las autoridades sanitarias en Montreal advertían a la población de la gravedad de la epidemia, al mismo tiempo recomendaban calma. Díselo tu a los miles de padres preocupados por los desastrosos efectos que la enfermedad provocaba en los menores, que podrían sufrir parálisis de por vida e incluso algo peor: un 5% de los niños infectados fallecía.

En los lugares habilitados para entregar las dosis de la ansiada vacuna, los padres hacían colas larguísimas, en muchas ocasiones bajo la lluvia incesante. En toda Canadá solo había dos fabricantes de la vacuna, siendo el principal el Laboratorio Connaught de la Universidad de Toronto. Tal y como vemos ahora con el covid, estos dos laboratorios se vieron sometidos a una presión tremenda para entregar el mayor número de dosis en el plazo más corto posible, y pronto quedó claro que la escasez era un serio problema.

Recorte de prensa del 11 de agosto de 1959 extraído de La Gaceta de Montreal en la que se observan las colas de personas esperando por la vacuna. (Crédito imagen: Montreal Gazette).
Recorte de prensa del 11 de agosto de 1959 extraído de La Gaceta de Montreal en la que se observan las colas de personas esperando por la vacuna. (Crédito imagen: Montreal Gazette).

Cuando llegó agosto, la desesperación de los padres en Montreal era enorme, por lo que la noticia de que a finales de mes llegaría un enorme cargamento de viales procedentes de los Laboratorios Connaught supuso un alivio tremendo. Aquellos botecitos de cristal, con sus letras en color rojo cereza, eran más valiosos que el oro. ¡Y hubo quien creyó que era la ocasión de su vida para enriquecerse!

Se llamaba Jean Paul Robinson, y había trabajado de forma temporal en el transporte de vacunas entre las diversas clínicas en las que se administraba. Por tanto, sabía que el gran cargamento que llegaría a Montreal se destinaría en principio a cubrir las necesidades de la población de esta gran ciudad, y con las sobrantes se haría una redistribución a lo largo y ancho de la provincia. Sabía también que el lugar en el que se almacenarían las vacunas era el Instituto de Microbiología de la Universidad de Montreal.

El 31 de agosto de 1959, a las tres de la madrugada, Robinson y sus dos cómplices irrumpieron en la universidad armados con revólveres y cubriendo su rostro con medias de nylon, sorprendieron al guardia nocturno y le encerraron en una jaula acompañado de 500 monos de laboratorio. Luego rompieron el enorme candado que protegía la puerta del gran refrigerador, saquearon todas las vacunas (75.000 viales valorados en unos 400.000 euros actuales) y se llevaron el coche del vigilante para huir con el botín.

Como es de esperar, el robo causó un impacto enorme en la opinión pública, especialmente cuando en la prensa, las autoridades sanitarias de la ciudad confesaron que se habían quedado sin suministros para proseguir vacunando a los niños. La policía no pudo sonsacar demasiada información al vigilante nocturno, incapaz de identificar al trío de ladrones. Lo que sí hizo fue informar a la policía de que, al escucharles hablar sobre el transporte de las vacunas, le pareció que al menos uno de los atracadores estaba familiarizado con la terminología médica. En base a esta información, inicialmente las sospechas recayeron sobre algún estudiante de medicina.

Al día siguiente, la policía confiscó en un almacén farmacológico cercano un lote de vacunas frescas. La etiqueta de color rojo cereza y el número de serie, indicaba que se trataba de parte del botín robado en la universidad. Las pesquisas con estudiantes de medicina y farmacia parecían no llegar a ninguna parte, la investigación estaba estancada. Mientras tanto el brote de polio en Montreal parecía intensificarse, con otros 36 pacientes ingresados al hospital en un solo día.

Los problemas de Robinson mientras tanto eran de otra índole. Había alquilado un apartamento para esconder su botín, pero no tenía forma de mantener fresca toda la remesa de vacunas robada. Llenó el refrigerador del apartamento de viales de la vacuna (dejando libre únicamente un estante para sus cervezas) y se preguntó que podía hacer con las que no cabían, sabedor como era de que si no se mantenía la cadena de frío se echarían a perder.

Pese a que inicialmente tuvo suerte, al poder colocar 299 viales por una suma de 500 dólares canadienses al farmacéutico cuyas dosis confiscó la policía, pronto se dio cuenta de que para suministrar el resto iba a tener que asumir muchos riesgos. Así pues, decidió librarse de la patata caliente entregando el botín, no sin antes tomar ciertas precauciones para no ser identificado.

Consultando la prensa, le pareció que la policía estaba más interesada en recuperar los viales robados que en capturar al ladrón, así que aprovechó la oportunidad e hizo una llamada a la policía haciéndose pasar por un ciudadano responsable, e informó haber visto una gran cantidad de cajas con la etiqueta de los Laboratorios Connaught en un coche aparcado en una calle del este de la ciudad.

La policía descubrió enseguida todos los viales robados, pero para desesperación del público, que seguía ávidamente el asunto a través de la prensa, estos no podrían destinarse de forma inmediata a la vacunación, ya que antes tendría que comprobarse si habían sufrido alteración, lo cual llevaría hasta dos meses. Para empeorar la situación, los dos laboratorios canadienses que confeccionaban la vacuna informaron de que no podrían fabricar más viales hasta pasadas unas pocas semanas.

Portada del Victoria Daily Times del 31 agosto de 1959 informando sobre el robo de las vacunas. (Crédito imagen Victoria Daily Times).
Portada del Victoria Daily Times del 31 agosto de 1959 informando sobre el robo de las vacunas. (Crédito imagen Victoria Daily Times).

Pronto comenzaron a circular teorías de la conspiración, alentadas por el periódico Montreal Star, que especuló con la posibilidad de que la policía hubiera llegado a un acuerdo con los atracadores para recuperar las vacunas. Finalmente, en octubre se aprobó el uso de las vacunas recuperadas.

¿Quién la había robado? La policía había seguido atando cabos mientras tanto, intentando averiguar la identidad del culpable. Así fue como acabaron por descubrir que el ciudadano modélico que había alertado de la situación del coche con parte del botín, y la persona que había vendido los 299 viales a la farmacia el día después del atraco, eran la misma persona.

Las evidencias comenzaron a encajar en torno a la identidad de Jean Paul Robinson, especialmente después de que el conserje del apartamento alquilado para esconder el botín le identificara. Tras el primer careo Robinson negó todos los cargos, e inmediatamente después se dio a la fuga. Le encontraron tres semanas más tarde escondido en un pequeño cobertizo próximo a una granja aislada.

Procesarle resultó una tarea sumamente complicada, hasta el punto de que la acusación contra Robinson se vino abajo. ¿La razón? Pese a que uno de sus cómplices había identificado inicialmente a Jean Paul como el cerebro del golpe, cuando llegó el juicio (dos años más tarde) el testigo cambió su declaración original (por lo que más tarde se le acusaría de perjuro).

El propio Robinson demostró un carácter imperturbable durante los interrogatorios a lo largo del juicio. Se calificó a sí mismo como un ciudadano con espíritu de atención al público, que simplemente había tratado de recuperar las vacunas robadas por un criminal misterioso, llamado Bob, que era el verdadero cerebro del atraco. Robinson afirmó que Bob lo había preparado todo antes de desaparecer, eludiendo sus responsabilidades y escapando de la justicia.

¿Resultado? El juez dictaminó que pese a que la historia de Robinson era “extraña y un poco exagerada”, la acusación del estado “no había podido probar el caso más allá de una duda razonable” por lo que fue absuelto.

Ahora, después de haber leído lo sucedido en Canadá aquel no tan lejano año de 1959 ¿seguís creyendo que los convoyes militares protegiendo los viales de Pfizzer, Moderna o AstraZeneca son un tanto exagerados?

Me enteré leyendo Science Alert In Sciencealert.com

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