11 de Septiembre: tras dos décadas en guerra, Estados Unidos cambia su rol global

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George Bush y Joe Biden
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NUEVA YORK.- La noche del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush brindó su primer mensaje al país como presidente desde el Salón Oval de la Casa Blanca. Fue un discurso breve, de poco más de cuatro minutos. Bush intentó poner de pie a un país quebrado tras haber sufrido el peor ataque de la historia –”pueden sacudir los cimientos de nuestros edificios más grandes, pero no pueden tocar los cimientos de Estados Unidos”, dijo–, prometió justicia, y, sobre el final, plantó con una frase el pilar de una doctrina que marcó el resto de su presidencia: “No haremos ninguna distinción entre los terroristas que cometieron estos actos y los que los albergan”, dijo.

Nueve días después, en un discurso ante el Congreso, Bush lanzó la “guerra contra el terrorismo”, una brutal ofensiva militar jamás vista en la historia de la primera potencia global. Les dijo a los norteamericanos que debían esperar una “larga campaña”, diferente a todas las anteriores. Prometió justicia –una vez más– y una victoria. Y le advirtió al mundo: “Cada nación en cada región tiene ahora una decisión que tomar. O están con nosotros, o están con los terroristas”.

Las dudas y las teorías que dejaron los atentados del 11 de Septiembre

Dos décadas después, un nuevo presidente, Joe Biden, brindó un mensaje antagónico desde la Casa Blanca a un país fracturado, devaluado, más endeudado, golpeado por la pandemia del coronavirus, y cansado de guerras y ataúdes tapados con banderas. Biden abrió un nuevo capítulo en la política exterior de Washington: había llegado el momento, dijo, de terminar con “la era de grandes operaciones militares para rehacer otros países”.

Ese giro doctrinario de Estados Unidos de un discurso a otro se forjó, en palabras de Winston Churchill, con “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” a lo largo de dos décadas.

Los talibanes recuperaron Afganistán y echaron por la borda veinte años de presencia norteamericana
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En esos veinte años, Estados Unidos sostuvo dos guerras en Irak y Afganistán y lanzó ataques en otros países, como Siria, Yemen o Somalia que costaron más de 8 billones de dólares y dejaron más de 900.000 muertos, incluidos civiles, y millones de refugiados, según el Instituto Watson de la Universidad Brown. El país nunca volvió a sufrir un atentado masivo como en la fatídica mañana del 11 de septiembre de 2001. Pero la amenaza terrorista perdura. Y las incursiones en Medio Oriente terminaron en una penosa retirada de Occidente de Afganistán, y un victorioso retorno de los talibanes al poder.

De Bush a Biden

En esos veinte años, Estados Unidos y el mundo cambiaron. Recostado en la hegemonía que consiguió Estados Unidos con el fin de la Guerra Fría, y la bonanza económica de los 90, Bush gastó sin límites y desplegó el músculo del ejército más poderoso del planeta para arropar a un país en pánico. Osama ben Laden escribió que el atentado del 11-S buscó “destruir el mito de la invencibilidad norteamericana”. Lo consiguió: sus terroristas burlaron el andamiaje de inteligencia y seguridad más sofisticado del planeta, convirtieron aviones en misiles, y perpetraron el ataque más mortífero en la historia del país, peor aún que Pearl Harbor.

La cruzada de Bush para evitar otro 11-S se apuntaló en la premisa de que una inyección –forzada– de democracia en los países árabes, su ambición de crear un “gran Oriente Medio”, llevaría a un mundo más seguro. Bush se movió de Afganistán a Irak, y en mayo de 2003 celebró la caída de Saddam Husseim desde un portaaviones con un cártel icónico: “Misión Cumplida”. “La batalla de Irak es una victoria en una guerra contra el terrorismo que comenzó el 11 de septiembre de 2001, y aún continúa”, afirmó.

Lo que siguió fueron años sangrientos, el nacimiento de una era de insurrección y conflictos sectarios, la guerra civil en Siria y la fulminante aparición de Estado Islámico (EI), que alcanzó su punto cúlmine con la caída de Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak. Occidente se enredó. El exitismo se transformó en escepticismo, y luego en cansancio y hartazgo.

Barack Obama prometió poner fin a las guerras. Lo hizo en Irak, pero no en Afganistán, incluso después de la operación que mató a Ben Laden. Donald Trump –cuya irrupción desnudó, para muchos, la fragilidad doméstica del país– ofreció la misma promesa, y tampoco lo logró, aunque marcó la puerta de salida con un muy criticado acuerdo con los talibanes. Biden, quien en su época de vicepresidente de Obama ya era un crítico del intervencionismo militar, nunca dudó del punto final.

La guerra de Irak fue otra decepción para Washington
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“Es hora de terminar la guerra eterna”, dijo Biden, en abril, al anunciar el repliegue final de Afganistán. Ni siquiera recalculó después del fulminante retorno de los talibanes a Kabul.

“¿Cuántas generaciones más de hijas e hijos de Estados Unidos enviarían a luchar en la guerra civil de Afganistán cuando las tropas afganas no lo harán? ¿Cuántas vidas más, vidas estadounidenses, lo vale? ¿Cuántas filas interminables de lápidas en el Cementerio Nacional de Arlington? Mi respuesta es clara: no repetiré los errores que cometimos en el pasado”, desafió.

“Es suficiente”

Para Biden y los defensores del repliegue, es hora de enfrentar otras prioridades. China representa un desafío real a la hegemonía de Washington, el cambio climático demanda respuestas urgentes, y el país tiene que reconstruirse a sí mismo.

Los críticos advierten que el repliegue alentará un nuevo germen terrorista en Medio Oriente. Biden y su equipo responden comparando al terrorismo con un cáncer metastásico desparramado en varios países. Es un legado del 11-S: las tareas de contraterrorismo, la cooperación en inteligencia y una mejor seguridad nacional han protegido a Estados Unidos de otro ataque masivo, y han atomizado al enemigo. En veinte años, el peor atentado fue el tiroteo masivo en la discoteca gay Pulse, en Orlando, donde murieron 49 personas, además del atacante, Omar Mateen, quien dijo actuar en nombre de Estado Islámico.

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Daniel Byman, profesor de la Universidad Georgetown y experto en terrorismo y Medio Oriente, remarcó en un ensayo para Foreign Affairs que, después de años de metas ambiciosas, Estados Unidos se replegó a la misión de debilitar a los jihadistas y proteger el territorio, el homeland. Byman bautizó a esta estrategia la doctrina de “es suficiente”.

“En lugar de una victoria decisiva, Estados Unidos parece haberse conformado con algo menos ambicioso: es suficiente”, escribió Byman. “Reconoce que aunque el terrorismo jihadista puede ser imposible de erradicar total y permanentemente, o los costos de intentarlo son simplemente demasiado altos, la amenaza puede reducirse hasta el punto en que mata a relativamente pocos estadounidenses, y ya no le da forma a la vida diaria en Estados Unidos”, completó.

Otro trauma como el del 11-S puede forzar otro giro. En su discurso al Congreso, Bush anticipó que la nueva guerra de Estados Unidos comenzaba con Al-Qaeda, pero no terminaba ahí. Tenía razón. La amenaza terrorista perdura, y nada indica que vaya a desaparecer. Esa es, en definitiva, la verdadera guerra eterna.

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