Óscar Chávez: ¿cómo decir adiós a los amigos?

[Tras la sorpresa y tristeza al recibir la noticia del fallecimiento de Óscar Chávez, el subdirector de esta sección cultural escribió algunas líneas que evocan la entrañable amistad que le unió al memorable artista mexicano...]

 

Por Víctor Roura

Llenaba siempre el Auditorio Nacional durante cada fin de agosto, año tras año. La gente lo quería mucho, e incluso se daba el lujo de olvidarse de una letra e interrumpir a Los Morales, su grupo base, para empezar de nuevo... sin ningún temor de reprimendas del público o resquemor artístico. Con él más valía la honestidad.

      Y cantaba siempre las mismas canciones que lo identificaban, más un repertorio nuevo. Porque él nunca agotó su catálogo. Yo le llamaba “el arqueólogo de la música”, y él nada más sonreía. Porque, pese a la gran figura que él se había construido de sí mismo, no dejó jamás de ser un artista humilde.

      Una vez le dije que cómo podía memorizar tantas letras. A mí me parecía admirable. Sólo me respondió, lacónico como era, que cómo yo podía escribir tanto. Es la misma cosa, dijo. Aún no le creo.

      Se fue pronto de esta vida. Me refiero a que entró al hospital hace un par de días y tras poco tiempo su corazón dejó de latir; sin embargo, vivió, para fortuna nuestra, largamente: ocho décadas y media. Entregado a la honorabilidad musical.

      Alguna vez, en el Auditorio nacional, en los vestidores, le reclamó a Silvio Rodríguez que no me estrechara la mano. Porque el cubano me había ignorado por completo. Porque Silvio estaba enojado, y lo sigue estando, por una entrevista donde le hice hablar sobre rock… ¡esa arma del imperialismo! Y lo habían reprendido por ello. Y no me lo perdona, ni me lo va a perdonar nunca. Silvio se fue sin saludarme, Óscar sólo se alzó de hombros y me palmeó la espalda. “Allá él”, me dijo.

      Se acaba de ir don Óscar Chávez de esta vida. Y duele el corazón. Porque uno nunca aprenderá a decirle adiós a los amigos.

NTX/VRP/MBS