Ómicron pone a prueba a la policía, los bomberos, los conductores de autobuses y a todos nosotros | Editorial

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Pedro Portal/pportal@miamiherald.com

Estamos cansados.

Durante casi dos años, nos hemos quedado en casa, hemos limitado las reuniones, hemos llevado mascarillas y nos hemos vacunado cuando había disponibilidad. Luego, muchos de nosotros recibimos un refuerzo y comenzamos a regresar de forma cautelosa o no tan cautelosa al mundo.

Pero ahora la más reciente ola de COVID, alimentada por la ómicron, está arrasando con nuestras filas, y las instituciones están luchando por mantenerse a flote. El virus está sacando de circulación a nuestros profesores, a los trabajadores del condado y a un 10% de la policía del Condado Miami-Dade. Algunos funcionarios penitenciarios del condado hacen turnos de 12 horas, mientras pasan apuros para atender a 1,400 reclusos que están aislados y a la espera de los resultados de pruebas de detección.

Tantos conductores de autobús tienen que quedarse en casa que el condado está pensando en recortes al servicio de transporte público. Los padres vuelven a estar en esa zona gris de tratar de decidir si es seguro que sus hijos vayan a la escuela, y los centros de vida asistida desaconsejan las visitas. Las líneas de cruceros vuelven a lidiar con brotes en los barcos. Alrededor del 7% de los bomberos y personal de rescate del condado están de baja por enfermedad, incluso cuando hay un aumento de las llamadas solicitando ambulancias en relación con el COVID.

Da la sensación de que los servicios básicos que mantienen el funcionamiento de la sociedad están más débiles que nunca.

La ómicron parece ser menos mortal que la variante delta, ya sea por las vacunas y las infecciones anteriores o porque es una variante menos letal. Sea cual sea la razón, es una enorme bendición, si es que es cierta. Se está extendiendo con tal rapidez que nadie lo sabe con certeza.

Miami-Dade está batiendo récords anteriores en cuanto al número de pruebas de detección administradas. Eso también es una buena señal de que estamos tratando de protegernos a nosotros mismos y a otros en la comunidad. Y lo necesitamos. Estamos rondando el 35% en las tasas de transmisión. Las hospitalizaciones se acercan a las cifras de la oleada delta en el verano.

¿Qué hacemos ahora? Más mascarillas, más pruebas caseras. Y más cálculos.

¿Debe ir mi hijo a la escuela si los maestros traen mascarillas? ¿Y si voy a un restaurante? ¿O a un partido de hockey de los Panthers de la Florida? Eso significa un estadio grande, con mucho flujo de aire, pero la mayoría de los aficionados no usan mascarillas incluso cuando le están gritando a los árbitros, lo que aumenta la posibilidad de propagar el virus.

Calcular nuestro riesgo, y el de nuestros seres queridos, se ha vuelto más difícil que nunca. Por ahora, gracias a los trabajadores de esta ciudad, las instituciones que nos mantienen en pie siguen funcionando.

Esperemos que la velocidad con que se elevan las cifras de la variante suponga un descenso igual de rápido. Solo necesitamos que eso ocurra, y pronto.

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