El éxito contra el VIH en el sur de África nos brinda la esperanza de derrotar a otro virus

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Nelly Zulu, trabajadora sanitaria comunitaria, en Soweto, Sudáfrica, el 12 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)
Nelly Zulu, trabajadora sanitaria comunitaria, en Soweto, Sudáfrica, el 12 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)

CHONGWE, Zambia — En noviembre, durante una visita que hice a un hospital público de una comunidad agrícola, vi algo que me dejó impresionada.

Había varias hileras de camas vacías con colchones sin sábanas y forrados con plástico. Las cortinas azules que las separaban estaban plegadas en los rieles, sin estorbar.

Nunca había visto así un hospital de Zambia. La última vez que visité alguno, hace ya casi 15 años, había dos o tres pacientes por cama, acostados en sentidos opuestos. También había otros en el suelo y otros más sobre colchonetas de palma en los corredores. Los pacientes estaban demacrados y los ojos sobre las mejillas hundidas se les veían enormes. En el aire flotaban la desesperanza y el sufrimiento.

Esta vez, los pabellones estaban en silencio, y no solo se debía a que hacía poco había terminado una ola reciente de COVID-19. Solo se escuchaba el eco de mi voz que rebotaba en los muros cuando le pregunté a Morton Zuze, el médico que me estaba acompañando en el recorrido, en dónde estaban todos. Cuando le dije que la última vez que estuve aquí fue a mediados de la década del año 2000, supo a qué me refería.

“Bueno”, dijo con naturalidad, “en este distrito hay 200.000 personas y 20.000 de ellas están recibiendo TAR”, una terapia antirretroviral que sirve como tratamiento para el VIH. Era una cifra asombrosa: 20.000 personas recibiendo TAR para combatir el VIH.

El único indicio de VIH que vi en Zambia fueron unos carteles relucientes esparcidos por Lusaka, la capital, en los que había personas atractivas sonriendo y diciendo: “Yo estoy acabando con el sida gracias a…” y alguna buena estrategia: realizarse pruebas con frecuencia, tomar algún tratamiento o usar medicamentos para prevenir el contagio.

Durante el periodo más crítico de la epidemia de VIH en África, la última pandemia que devastó esa región, yo solía ser corresponsal en Johannesburgo. A principios de la década del 2000, había 28 millones de personas que vivían con ese virus en el África Subsahariana, y estaban infectados casi una tercera parte de los adultos jóvenes de Zambia. Más de dos millones de africanos morían de sida cada año.

Los exactivistas Carol Nyirenda, a la izquierda, y Felix Mwanza, a la derecha, en las oficinas de la organización Treatment Advocacy and Literacy Campaign, en Lusaka, Zambia, el 24 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)
Los exactivistas Carol Nyirenda, a la izquierda, y Felix Mwanza, a la derecha, en las oficinas de la organización Treatment Advocacy and Literacy Campaign, en Lusaka, Zambia, el 24 de noviembre de 2021. (Joao Silva/The New York Times)

Desde hacía mucho tiempo, el VIH se había vuelto una enfermedad tratable en los países ricos, pero aquí, los antirretrovirales seguían costando más de 10.000 dólares por persona al año. Era totalmente impagable e inaccesible.

En ese entonces, yo hacía reportajes desde los poblados de Esuatini, que antes se llamaba Suazilandia, donde era difícil que hubiera más de unas cuantas personas de mi edad y solo había niños y ancianos. Desde Johannesburgo, escribí sobre el día en que Nelson Mandela rompió un fuerte tabú y les dijo a los sudafricanos que su hijo había muerto de sida. Conté la historia de una abuela de Zambia llamada Regine Mamba que había criado a doce niños huérfanos. Y también entrevisté a activistas valientes y, a menudo, muy enfermos, como Zackie Achmat, cofundador de la organización Treatment Action Campaign en Sudráfrica, quienes estuvieron arriesgando la vida para tener acceso al tratamiento.

Casi dos décadas después, los frutos de su lucha eran evidentes y nos recordaban todo lo que se puede hacer (algo muy útil en este momento en que una ola más de COVID hace que esta pandemia parezca interminable).

Todo se combinó para lograr el milagro de dejar vacío ese pabellón del hospital de Zambia donde rebotan los sonidos: la ciencia, a través de sus medicamentos que, aunque no derrotaron al virus sí lo detuvieron; una red de activistas tenaces y valientes; y los trabajos internacionales coordinados, que incluyeron una enorme inversión del gobierno de Estados Unidos.

Sabemos cómo hacerlo.

En una clínica que se encuentra fuera de Ciudad del Cabo, Linda-Gail Bekker, una reconocida investigadora especialista en VIH, me comentó casi de pasada que “hemos recuperado la longevidad”. Cuando le pregunté a qué se refería, me mostró las cifras: la esperanza de vida de los sudafricanos, la cual el VIH redujo de 63, en 1990, a un punto mínimo de 53, en 2004, ha aumentado de manera constante desde que el sistema de salud pública comenzó a ofrecer el tratamiento, y este año ascenderá a 66.

Esta fue solo una de la decena de conversaciones que sostuve y que no me habría podido imaginar tener hace 25 años, cuando comencé a hacer la cobertura del tema del VIH en África.

En este reciente viaje, pasé algún tiempo en una clínica pública de Soweto con una trabajadora sanitaria de la comunidad llamada Nelly Zulu, quien me dijo que cuando los pacientes dan positivo en VIH en la clínica donde trabaja, les dan sus primeras pastillas para eliminar el virus ese día: ya no es esa terrible espera de la que yo fui testigo mientras la gente veía cómo se debilitaba su sistema inmunitario hasta que reunía los requisitos para recibir los escasos medicamentos.

Nelly también me dijo que estaba disminuyendo la cantidad de casos positivos. Ella y sus compañeros explicaron que, en parte, lo atribuían a la profilaxis de exposición previa, mejor conocida como PrEP, que es un antirretroviral que se toma todos los días y que ayuda a que la gente no se contagie si llegara a exponerse al VIH. Los hombres homosexuales estadounidenses lo han usado durante años, pero hasta hace poco llegó a África. Nelly y sus compañeros señalaron que las mujeres que iban a solicitarlo a la clínica eran “las que tienen novios de mayor edad en los que no pueden confiar”.

Las investigaciones demuestran que el uso de la PrEP todavía no es amplio en África, pero para mí fue maravilloso escuchar hablar a Nelly de esa manera tan despreocupada. Durante muchos años, lo único que los terapeutas como ella tenían en su arsenal de prevención para el sida era condones o intentar convencer a la gente de que no tuviera relaciones sexuales.

En Durban, estaba yo de visita en una clínica cuando las enfermeras estaban haciéndoles exámenes a unas jóvenes que se habían ofrecido como voluntarias para el primer ensayo clínico de un anticuerpo sudafricano con un amplio efecto neutralizante para combatir el VIH, mismo que los investigadores esperaban podría ser fundamental para desarrollar nuevos fármacos que previnieran el contagio, nuevos tratamientos que fueran más fáciles de tomar y, tal vez, hasta una cura.

Ese mismo día, visité el Instituto de Investigaciones Médicas de África, donde un experto en enfermedades infecciosas llamado Thumbi Ndung’u habló sobre ese ensayo y otros ensayos venideros que representan avances reales y estratégicos para lograr la cura. Se me llenaron los ojos de lágrimas cuando comprendí lo que implicaba el trabajo que Ndung’u estaba describiendo.

En Zambia, me detuve en la cabaña blanca que alberga la Treatment Action Campaign de Lusaka. Quería entrevistar a Felix Mwanza y a Carol Nyirenda, unos antiguos activistas que conocí hace dos décadas, sobre las lecciones que dejó la epidemia del VIH para dar respuesta a la pandemia del COVID, por ejemplo, la idea de que el gobierno deba llevar las vacunas a la población donde quiera que esta se encuentre así como aprendieron a llevar las pruebas de VIH a los bares y a los mercados.

Pero cuando les pregunté a Carol y a Felix cómo estaban, me hablaron de preocupaciones más inmediatas. Me contaron sobre los desafíos de la edad mediana avanzada —la falta de densidad ósea, los inconvenientes de la menopausia— y que les inquietaba que hubiera pocas investigaciones sobre el uso a largo plazo de los medicamentos antirretrovirales en África. Cuando les preguntaban a sus médicos si era “normal” alguna cosa que detectaban, o sobre algún efecto secundario del tratamiento por el que debieran preocuparse, estos casi siempre se encogían de hombros.

Era una inquietud válida que les provocaba frustración y una verdadera preocupación. Pero también me alegró un poco, porque cuando conocí a Felix y a Carol, nadie se imaginaba que tendrían el privilegio de envejecer.

En aquel entonces, a Carol, quien ahora tiene 58 años, sus amigos del extranjero le mandaban los medicamentos antirretrovirales. Pero cuando se les terminaba el dinero y no podían enviar los fármacos, se “recostaba a esperar la muerte”, devastada por alguna tuberculosis que su cuerpo inmunodeprimido no era capaz de combatir.

Esa noche cené con mi amiga Ida Mukuka, a quien no había visto en 13 años, y su familia. Cuando nos conocimos en 2013, ella era terapeuta en una clínica de VIH y era conocida por su capacidad para manejar los casos difíciles: los hombres que echaban de la casa a sus mujeres embarazadas, o algo peor, cuando les hacían la prueba de VIH en la clínica prenatal y daban positivo.

En 2006, Ida se enteró de que su propio marido la había contagiado. El tratamiento todavía era un bien escaso en Zambia y no tenía ninguna garantía de sobrevivir hasta que tuviera un acceso garantizado a él. Conocí a sus dos hijas cuando eran unas niñas inocentes, e Ida me confesó en aquella ocasión que todo lo que quería era que pudieran continuar asistiendo a la escuela para que algún día fueran a la universidad y nunca pensaran que tenían que seguir casadas con un hombre violento que no es digno de confianza, como le sucedió a ella.

Esas mismas chicas fueron a cenar con nosotras cuando salieron de trabajar. Mwamba es una mujer de 25 años, divertida y con mucha energía. Está estudiando su licenciatura y ahorrando para hacer un posgrado en el extranjero. Y Teba, una abogada de 27 años, llegó después de defender su primer caso frente al Tribunal Supremo.

Yo estaba encantada con estas jóvenes mujeres y con la manera en que su vida había llegado a ser algo muy diferente de lo que, en 2006, su madre temía para su futuro.

Todavía estamos muy lejos de acabar con el sida. El COVID ha desorganizado la aplicación de las pruebas, interrumpido el abasto de medicamentos y socavado los medios de subsistencia en modos que hacen que la gente sea también más vulnerable a ese otro virus. Este año, alrededor de 700.000 africanos volvieron a contagiarse.

No obstante, el VIH ha sido golpeado de manera importante. Esto hay que agradecérselo al programa PEPFAR del expresidente George W. Bush y al dinero que destinó para el tratamiento; a científicos brillantes como los de Durban y Ciudad del Cabo; y a activistas como Ida, Felix y Carol.

Me siento animada por lo que vi en Chongwe: una prueba de la resiliencia y el ingenio del ser humano, lo cual nos recuerda que la escala de tiempo en la batalla contra un virus no es pequeña, al menos no tanto como nos gustaría. Pero es posible llegar al otro lado, a un futuro que en este momento nos cuesta trabajo vislumbrar.

© 2022 The New York Times Company

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