La épica del auge y la caída de "la próxima Steve Jobs" Elizabeth Holmes

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Elizabeth Holmes y su pareja, Billy Evans, salen del juzgado al final del día, en San José, California el 23 de noviembre de 2021. (Jim Wilson/The New York Times)
Elizabeth Holmes y su pareja, Billy Evans, salen del juzgado al final del día, en San José, California el 23 de noviembre de 2021. (Jim Wilson/The New York Times)

SAN FRANCISCO — Poco antes de que terminara el proceso penal contra Elizabeth Holmes, sus abogados presentaron como prueba su agotador programa de superación personal.

El documento, escrito a mano, comenzaba de esta manera: “4:00 a. m. Levantarse y agradecer a Dios”. Luego seguían ejercicio, meditación, oración, desayuno (suero y “plattanno”, escrito así). A las 6:45, hora en que los holgazanes siguen buscando a tientas el despertador, ya estaba en la oficina de Theranos, la empresa que fundó en 2003 para realizar pruebas de sangre.

Holmes tenía muchas reglas en Theranos: “Nunca llego ni un minuto tarde. No muestro ninguna emoción. TODO TIENE QUE VER CON LOS NEGOCIOS. No reacciono por impulso. Sé cuál es el resultado de todas las reuniones. No dudo. Tomo decisiones de manera constante y las modifico cada vez que es necesario. Hablo muy poco y manifiesto mis desacuerdos de inmediato”.

Y eso dio resultados. La determinación de Holmes era tan contundente y encajaba tan bien en el cliché de que en Silicon Valley se logra lo imposible cuando te niegas a aceptar que es imposible, que logró inspirar confianza hasta el momento en que, el lunes, un jurado la declaró oficialmente culpable de cuatro delitos de fraude.

Este veredicto marcó el fin de una era. En Silicon Valley, donde la línea entre el discurso y los logros casi siempre es imprecisa, por fin existe un límite para lo fraudulento.

Se trata de un ascenso y una caída épica que va desde que Holmes desertó de la Universidad de Stanford hasta su condena, pasando por el avalúo de Theranos en 9000 millones de dólares, y que será el tema de conversación en todas las cafeterías y juguerías de Palo Alto, California, hasta que la industria de la tecnología parta y emprenda una nueva vida en las colonias de Elon Musk y Jeff Bezos en mundos lejanos. A lo largo de una década, Holmes engañó a inversionistas avezados, a cientos de empleados inteligentes, a una junta directiva multiestelar y a los medios de comunicación ansiosos por consagrar a una nueva estrella, aunque no tuviera títulos académicos, o sobre todo por eso.

Así como Silicon Valley es una versión caricaturizada de las ideas generales que tienen los estadounidenses sobre las virtudes del trabajo arduo y la obtención de riquezas con rapidez, Holmes era una versión potenciada de Silicon Valley.

Como lo evidenciaba su programa de superación personal, trataba de convertirse en una máquina que no tenía tiempo más que para trabajar. Desde luego que eso no era para su propio beneficio, sino para el de toda la humanidad. Holmes encapsuló a la perfección el manifiesto de Silicon Valley de que la tecnología está para servirnos a nosotros, sin importar con exactitud de qué manera lo hiciera, los miles de millones de dólares que obtuviera o si, por lo menos, funcionaba.

Siempre que alguna persona —un regulador, un inversionista, un reportero— quería saber más sobre cómo funcionaban exactamente los aparatos de Theranos, la empresa vociferaba que eran “secretos industriales”. Claro que el verdadero secreto era que Theranos no tenía ningún secreto industrial porque sus aparatos no servían. Pero la respuesta de Holmes funcionó durante mucho tiempo.

Ocultar el fraude detrás de las exigencias del secreto no era la única manera en que las acciones de Holmes tenían su fundamento en la tradición. Su programa de superación personal provenía de Benjamin Franklin, pero encontró su expresión más permanente en Jay Gatsby, el personaje creado por F. Scott Fitzgerald; el misterioso, cautivador y apuesto millonario que también perpetró algunas estafas.

Gatsby era prácticamente el hermano de Holmes. Él también llegó hasta donde estaba gracias a un programa y unas reglas; en su caso, las redactó en la parte interior de un libro cuando era un joven afanoso:

5 p. m.-6 p. m.: Practicar la elocución, la desenvoltura y cómo obtenerla

7 p. m.-9 p. m.: Analizar los inventos que se necesitan

El paralelo con Holmes se vio incluso en la misma imprecisión ortográfica de Gatsby. “Ya no fumarre ni masticare nada”, se propuso.

Gatsby era un contrabandista, pero también usó a Wall Street para perpetrar sus estafas. Se dedicaba a vender acciones falsas. Holmes eligió a Silicon Valley, el último y más grande de todos los sueños del ser humano. Durante la primera década de este siglo, Silicon Valley prometió reinventar el transporte, la amistad, el comercio, la política y el dinero.

Elizabeth Holmes en las oficinas centrales de Theranos, la empresa que ella fundó, en Newark, California, el 4 de diciembre de 2015. (Carlos Chavarria/The New York Times)
Elizabeth Holmes en las oficinas centrales de Theranos, la empresa que ella fundó, en Newark, California, el 4 de diciembre de 2015. (Carlos Chavarria/The New York Times)

Comparado con esto, las pruebas sanguíneas debieron parecer un juego de niños, sobre todo porque Holmes era una vendedora innata, tan buena para torcer la realidad como el mismo Steve Jobs. Esta es una entrevista de 2005, en el programa de radio Tech Nation en el que explicó qué era Theranos:

“Nos concentramos en crear una herramienta médica personalizada que todos los pacientes podrían usar en su casa, de tal modo que, todos los días, el paciente pueda tener un análisis de sus muestras de sangre en tiempo real”.

¿Quién no iba a aclamar un invento así? Theranos estaba convirtiendo un proceso médico engorroso, incierto y que toma mucho tiempo en algo fácil e indoloro. “Es una agujita que extrae una gotita de sangre”, explicó. El software haría lo demás.

Estamos en una era de credulidad. William Perry, uno de los miembros de la junta directiva de Theranos, fue secretario de Defensa durante el mandato del presidente Bill Clinton, es matemático, ingeniero y profesor de Stanford. En otras palabras, no es ningún tonto en lo que se refiere a Silicon Valley. Sin embargo, en 2014, le dijo a la revista The New Yorker que “a Holmes, a veces, la han catalogado como otra Steve Jobs, pero creo que la comparación es inadecuada. Ella tiene una conciencia social que Steve nunca tuvo. Jobs era un genio; Holmes es un genio con un gran corazón”.

Jobs, quien falleció en 2011, también podría haber sido un buen encargado de contrataciones en Theranos. Adam Rosendorff, director de laboratorio en Theranos, testificó en el juicio de Holmes que creía que la empresa iba a convertirse en “la próxima Apple”. Solicitó el empleo después de leer una biografía del cofundador de Apple.

“Para mí, era muy convincente todo ese alboroto en torno a Steve Jobs”, comentó. “Yo quería aportar algo a la atención médica a un nivel más global y creí que trabajar en una empresa de diagnóstico me ayudaría a lograrlo”.

Decepción

Rosendorff se desilusionó antes de que salieran a la luz los alegatos de fraudes por parte de Theranos, pero Perry se quedó hasta diciembre de 2016, cuando la empresa emergente tuvo que cambiar su junta directiva en un intento inútil de sobrevivir.

Con seguidores como estos, el sueño de Holmes se proyectaba como una meta realizable. Era difícil que no lo lograra. Unas cuantas desveladas más de su equipo de ingenieros, unas cuantas portadas más en revistas que la consideraban un genio y todo estaría listo.

Así que, ¿dónde nos deja a todos los demás —sus exseguidores, promotores, inversionistas, sus valoraciones— esta condena penal?

Tal vez estaremos atentos al próximo charlatán que se presente. Algunas promesas de Silicon Valley son tan dulces que siempre queremos más. La inmortalidad, las criptomonedas, los autos voladores, Marte, la armonía digital, la riqueza inigualable.

Como escribió Fitzgerald, nunca dejará de atraernos el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros 

© 2022 The New York Times Company

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