Los "ángeles blancos", la primera línea de defensa contra el virus

LA NACION

WUHAN, China.- Los bautizaron baise tianshi: ángeles blancos. El color se lo dan los trajes de plástico que los cubren de pies a cabeza. La condición celestial, la voluntariedad con la que ponen en riesgo sus vidas. Si fuera una jornada ordinaria, los trabajadores sanitarios de Wuhan estarían ahora en sus casas, siguiendo la costumbre de celebrar en familia el estreno del Año Nuevo lunar.

Pero es el tercer día de cuarentena en la ciudad y el coronavirus 2019-nCoV rebasó de nuevo el control de las autoridades. Los datos oficiales en China ya alcanzan 80 muertos y más de 2000 infectados.

Mientras tanto, las horas pasan y los "ángeles blancos" siguen prestando cuidados en primera línea, peleando contra el brote sin un momento de descanso y con medios cada vez más escasos. Ellos son los héroes de esta historia.

La responsabilidad, el cansancio, el miedo: todos son enormes. Aunque parezcan ángeles, son personas, y como tales a veces se rompen. Los derrumbes emocionales del personal sanitario de los hospitales de Wuhan sacudieron las redes sociales chinas, suscitando tanto pesar como admiración.

El horror

En un video, una enfermera llora a voz en cuello. "Si descansamos nos tratan como traidores, solo la muerte nos espera aquí", se lamenta. Otro muestra tres cadáveres en un pasillo abarrotado que nadie tiene tiempo de retirar. El fallecimiento de Liang Wudong, médico de 62 años infectado mientras atendía a los enfermos, es buena muestra del riesgo que entraña el operativo y el sacrificio de aquellos que lo ejecutan.


En el distrito de Qiaokou, cerca del centro, están dos de los hospitales que más infectados acogen: el Tongji y el Wuhan Union. Allí las medidas de seguridad son más laxas que en el principal centro médico de la ciudad, el Jinyintian, cuyos accesos están protegidos por fuerzas de seguridad y lo que sucede en su interior, oculto en el mayor de los secretismos.

En el Tongji, en cambio, desde el otro lado del cristal puede verse un par de "ángeles blancos" moviéndose a toda velocidad entre un grupo de pacientes, en su mayoría ancianos y conectados a goteros. Es el vestíbulo, ni siquiera la sala de espera, y no hay ni una sola silla libre.

En el Wuhan Union las puertas están abiertas de par en par. Cuando dos trabajadores sanitarios entran cargando con una botella de oxígeno, una voz en la calle exclama: Jiayou, una expresión de ánimo.

Aquí adentro los médicos atienden a los parientes de los infectados. Durante dos horas al día, el hospital permite que acudan a consultar el estado de salud de sus seres queridos, con quienes no tienen ningún modo de mantener el contacto, y a llevarles regalos y comida. Alrededor del mostrador se acumulan familiares disparando preguntas y, sobre él, bolsas de plástico cargadas de frutas. Al otro lado, una enfermera que no da abasto.

El bloqueo total que se reforzó ayer (ver aparte) no frenó el ímpetu del señor Zhou, que vio venir la crisis. "Yo llené mis despensas en diciembre, con mucho arroz y mucha harina. También compré un centenar de mascarillas y varias botellas de alcohol médico". Por eso, cuando esta semana la situación empeoró, no entró en pánico. Se limitó a confinarse en la soledad de su departamento, de donde no ha salido desde el pasado miércoles 23, "tanto por mi salud como por la de los demás".

Pero algo cambió. "Esta tarde, viendo en redes las cosas terribles que la gente escribía sobre nuestra ciudad, he sentido la obligación de salir a la calle y mostrar la auténtica realidad. Al final, todos vivimos en esta tierra juntos".

Para ilustrar su argumento, cita de memoria un verso del poeta clásico Cao Zhi: "Si las ramas y las judías salen de la misma raíz, ¿por qué las ramas se apuran por arder y cocinar las judías?".

Por este motivo, el señor Zhou se ha pasado el día recorriendo Wuhan, grabando todo lo que sucedía y mostrando cómo la población de la ciudad se esfuerza por doblegar el brote. En su paseo llegó a un hospital. "En cuanto entré los médicos notaron que no era un enfermo y que solo tenía curiosidad por saber cómo estaban las cosas. Me dijeron que no podía estar ahí y que no estaba permitido grabar. Supe que lo hacían para protegerme, así que me fui". "Los trabajadores sanitarios están desamparados - añade-, pero no tienen alternativa. He visto a doctores y enfermeras colapsar y desmayarse: toda persona tiene un límite".

A esta hora, con la medianoche ya rebasada, el goteo de autos en que se había convertido la ruta se secó por completo. Es el final de un día en el que el brote fue para peor. Peor para el mundo. Peor para Wuhan.

Peor para los miles de "ángeles blancos" que, otra noche más, lucharán contra el virus en lugar de dormir, mientras el número de víctimas sigue creciendo. Quizá una de ellas sea la madre de Zhang Wenzhen. O su hermana. O ella misma, que ha dejado de contestar el teléfono.