ACTIVIDAD DE TUS AMIGOS

    La mística copera volvió a vivirse en La Boca: una fiesta con muchos condimentos

    Noche de copa. Noche de fiesta en la Bombonera. Los rituales típicos de la hinchada Xeneize se hicieron presentes entre la bruma que inundó la cancha. En la previa, Argentina se enfrentó a Chile en los cánticos. Los de azul y amarillo sacaron el escudo nacional a relucir en sus estrofas y los del país trasandino contestaron desde la tercera bandeja que da al Riachuelo.

    Una bandera gigante como símbolo de poder, el sonido de las trompetas y el acompañamiento de los bombos, los colores representativos en todos los rincones de la cancha, fueron postales de una jordana victoriosa para el equipo que conduce Falcioni.

    Hubo asistentes famosos y con pergaminos en el club. Palermo lo miró junto a Del Potro mientras que Maradona se abrazó a Don Diego para festejar los goles de Silva y Sánchez Miño. Volvió el Diego y la hinchada cantó por él aunque la música de las voces no se propagó por todas las gradas.

    La fiesta tuvo disfraces de payasos bosteros, hinchas colgando desde las alturas, banderas de muchos rincones de la Argentina y gritos desaforados cuando Riquelme hacía un firulete estéticamente bello o el flaco Schiavi iba al piso con toda su potencia.

    Como aquellas noches en las que Boca exponía la mística copera en su casa,  las luces alumbraron el espectáculo que dieron los jugadores y los hinchas. Cada uno hizo su trabajo. Los profesionales de la pelota se esforzaron y lograron un triunfo claro y consistente. Los que miran desde afuera no pararon de alentar ni siquiera cuando el frío parecía querer acallar las voces.

    El fútbol volvió a ser una fiesta. Esta vez la alegría se vio tatuada en la cara de los de Boca pero lo más importante es que la violencia no tuvo lugar. Un logro importante en épocas donde a la pelota se le caen varias lágrimas. 


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