Cuando Kiyoko Matsumoto se lanzó al cráter de un volcán en 1933, no imaginaba que con su salto al vacío estaba iniciando una fatal tendencia que luego imitarían cientos de jóvenes. El suicidio de la estudiante japonesa de 21 años se convirtió en una sensación mediática y Matsumoto instantáneamente se volvió un símbolo de identidad nacional, la precursora de una ola de “haraquiris” que superó los cientos de muertes y otros miles de intentos fallidos.
En la década de 1920, el cráter volcánico del monte Mihara en la isla de Izu Oshima, ya era un conocido sitio entre los amantes suicidas; pero el plus de popularidad lo ganó con la historia de la joven. Todo parece indicar que Matsumoto se sintió atraída por su compañera de estudios Masako Tomita, y se lo declaró en una conmovedora carta donde también confesaba: “Ya no puedo soportar esta tensión. ¿Qué debo hacer? Quisiera lanzarme a un volcán”. Lo que pudo haber sido una apasionada metáfora se convirtió en una obsesión… y Tomita conocía el
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